La geografía literaria de Daniel Mordzinski

Exposición fotográfica de Daniel Mordzinski descubre los rostros de la escritura iberoamericana, en el Museo Calderón Guardia.

El argentino Daniel Mordzinski (1960) tiene el don de narrar historias, ya sea con sus fotografías o su  conversación elocuente y parsimoniosa, aun cuando él asegura, en entrevista con UNIVERSIDAD, que no es bueno para hablar.

A lo largo de la ruta por su exposición antológica, el artista revela sin prisa y como buen letraherido (así se autodenomina), las circunstancias en las que retrató a escritores de las más variadas coordenadas en América Latina y Europa.

Cada foto es un universo, y todas juntas una saga a lo Mario Conde o Maqroll el Gaviero, un pueblo como Macondo o una ciudad como París, La Habana y Gijón; un Aleph donde habita la grandeza de Jorge Luis Borges, mito fundacional del artista conocido como “el fotógrafo de los escritores”.

Aurora Bernárdez en el centro, María Kodama a la derecha y Silvia Barón Supervielle a la izquierda. (Argentina)

Ese título que le hace honor es literal. Desde los 18 años, Mordzinski ha retratado a cientos de autores iberoamericanos, tantos que no los quiere contar, porque el número es solo eso: un número, un dato que no representa la vida de sus fotografiados ni la suya propia.

Precisamente, una selección de estos retratos se muestra en Objetivo Mordzinski: un viaje al corazón de la literatura hispanoamericana, exhibición que permanecerá en el Museo Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, en Barrio Escalante, hasta el 15 de setiembre.

La exposición es auspiciada por el Centro Cultural de España, Acción Cultural Española-Gobierno de España, la Embajada de España y el Museo Calderón Guardia.

Mordzinski ha ido construyendo el mapa de la literatura iberoamericana con un profundo sentido de la paciencia y la intuición, del respeto y la empatía por el otro detrás de la cámara, con obsesión lúdica y apasionada de coleccionista.

En el caso de la muestra detenida en San José, el fotógrafo comparte los rostros de 200 autores que van desde el argentino Jorge Luis Borges hasta la nicaragüense Gioconda Belli, pasando por algunos costarricense como Daniel Quirós y Ana Istarú.

La culpa de esta geografía Mordzinskiana la tuvo Borges y El Aleph. En épocas de dictadura, el fotógrafo estudiaba cine en la Escuela Panamericana de Arte en Buenos Aires, y su profesor, el premiado director Ricardo Wullicher, burló la censura y le invitó a hacer la claqueta de un proyecto fílmico sobre Borges.

“Varias semanas después me dieron cita en la Biblioteca Nacional y cuando entré a la sala vi al gran poeta ciego; yo tenía 18 años”, susurra el fotógrafo.

Juan Gelman (Argentina)

En una pausa del rodaje, Mordzinski se acercó al escritor y le dijo que estaba muy emocionado y que había leído sus cuentos y poemas.  “La conversación extrañamente me hizo sentir como que el erudito era yo y el joven de 18 años era él”.

Ese día, Mordzinski cuenta que no solo hizo su primer retrato de un escritor, sino que aprendió una gran lección; “Borges me enseñó que la humildad y el respeto son rasgos muy importantes del artista. En el fondo me estaba dando este tiempo porque yo me acerqué a preguntarle si lo podía retratar, cuando no necesitás pedir permiso porque la fotografía de un ciego la podés tomar sin que él se dé cuenta. Él me lo dijo”.

La imagen icónica del escritor en la pared del museo, es la prueba irrefutable del rito iniciático de Mordzinski como fotógrafo.

Bernárdez y Kodama juntas

Sin duda, el cronopio mayor de la rayuela fotográfica de Mordzinski es el argentino Julio Cortázar, quien fue la inspiración del joven para viajar a Francia y radicar en la ciudad de las luces hasta hace poco.

En el recorrido por la exposición, el fotógrafo señala una imagen que, sin embargo, no es del autor de Historias de cronopios y de famas.

Más bien es un retrato de la escritora argentina y viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, quien hundida en un sillón, interactúa con la esposa de Borges, María Kodama, y la poeta Silvia Barón Supervielle.

Ana Istarú (Costa Rica)

Mordzinski repasa despacio cómo fueron los detalles de la improvisada pero certera e histórica sesión fotográfica. “Yo quería mucho a Aurora, que vivía en el 5 Général Beuret, donde Julio escribió Rayuela”.

El fotógrafo la visitaba mucho y una noche, como era usual, salieron a cenar al restaurante de siempre, pues cada vez, Bernárdez le preguntaba “qué prefieres, Danielito, hindú o libanés”, y él siempre prefería libanés.

Al día siguiente Mordzinski presentaba su libro Cronopios. Retratos de escritores argentinos, en el marco de la inauguración del Salón del Libro de París, ese año dedicado a Argentina y cuyo Pabellón estaba dedicado a Cortázar en su centenario.

Él la había invitado al homenaje, pero Aurora no quiso ir. “No quería que le hicieran preguntas”, recuerda Mordzinski, quien preparándose para la presentación del libro la vio entrar. “Me acerco, le agradezco y le digo que después vamos a visitar el Pabellón, y me dice: no Daniel, después me acompañás a tomar un taxi”.

Aurora tenía 91 años y llegó sola. “De repente veo a una persona que viene corriendo y que alguien le cede el asiento a la par de ella: era María Kodama, la otra viuda de la literatura”.

El drama de Mordzinski era que tenía la cámara en el vestuario y se dijo: “me estoy perdiendo la foto de la literatura argentina: Kodama y Bernárdez juntas. Terminé rápido mi presentación, y me las llevé a una salita VIP para que otra gente no las retratara, porque mi miedo no era hacerlo yo sino que otro lo hiciera”.

De acuerdo con Mordzinski, la fotografía sirve para eternizar un instante, para rescatar trozos de vida, para consumar un rito social que le ha permitido fundar amistades y afectos entrañables con muchos de los escritores retratados.

Daniel Quirós (Costa Rica)

Este vínculo sucede con el argentino Juan Gelman, quien también guarda un lugar especial en la geografía literaria del fotógrafo. “Cuando miro a Gelman y recuerdo sus poemas y la vida durísima que tuvo con el episodio de la muerte de sus seres queridos, así quiero recordarlo, sonriendo”, expresa al plantarse frente a la fotografía.

En la imagen, el poeta sonríe, se le ve feliz tocando el bandoneón que no sabía tocar. “Pasábamos por una tienda de acordeones en París y le dije: Juan tocate un tango y él, en vez de decirme estás loco Daniel, la música no es lo mío, lo agarró y se puso en actitud tanguera y por supuesto se mataba de risa porque pensaba en lo absurdo de la imagen”.

Los retratos de Mordzinski capturan un paréntesis, un impasse en la vida de aquellos que crean vida con la palabra escrita; son artificio y verdad, luz y sombra, color y contraste, el clic que da vida a los personajes de su geografía literaria y que nosotros, voyeristas, tenemos el privilegio y el placer de experimentar.

 

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