Feria del Libro Costa Rica 2018

La Feria es un oasis en el desierto del libro en Costa Rica

Los escritores independientes y las pequeñas editoriales hacen malabares para subsistir en un país en el que la ausencia de una política nacional del libro es cada vez más evidente.

Cada vez que se realiza la Feria Internacional del Libro de Costa Rica (FILCR), librerías, editoriales y autores independientes, cada cual a su modo, renuevan ilusiones y salen al ruedo a la conquista de ese lector ideal que anda por ahí afuera huérfano y extraviado en el mar de informaciones que hoy circulan en la era de Internet y de la cultura audiovisual.

En los diez días que por lo general dura cada Feria es notorio el esfuerzo que hacen, sobre todo, las pequeñas editoriales y los escritores por ganar visibilidad a golpe de empeño durante esas escasas dos semanas de actividad.

La Feria del Libro, que en 2018 registra su versión XIX, no es necesariamente un escaparate para vender libros, sino más bien un espacio para el intercambio de contactos, para que los visitantes se informen de las opciones en el mercado del libro así como de la proliferación de nuevos textos, gracias a las facilidades que ofrecen las modernas tecnologías de impresión.

Sabrina Vargas es una escritora independiente que tiene su espacio en la Casa del Cuño y se propuso la meta de vender 100 ejemplares, 50 de cada libro suyo, durante la Feria.

Con cifras que indican que el 56,8% de los costarricenses en 2016 no leyó ni siquiera un libro impreso, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Cultura, los desafíos del sector son gigantescos, dado que los tirajes de las editoriales independientes y de las vinculadas al Estado y a las universidades públicas cada vez son más reducidos. Actualmente oscilan entre los 300 y los 500 ejemplares.

En este marco, las editoriales estatales y las librerías más fuertes desde el punto de vista económico, como, por ejemplo, Librería Internacional y Lehmann, son las que pueden invertir en amplios espacios en el área principal de la Antigua Aduana.

Los escritores nacionales tienen su lugar, por condiciones económicas, en la Casa del Cuño, donde deben pagar ¢150.000 por estand. Como dicha cifra para algunos escritores resulta excesiva, lo que predomina, por lo general, son las alianzas y entonces cuatro o cinco creadores se unen para promocionar sus relatos, novelas o ensayos.

En un recorrido realizado por la Feria el 24 de agosto, día de la apertura, el SEMANARIO pudo comprobar dicha situación.

En medio de todo, la Feria es un escaparate con sus presentaciones de novedades, charlas, encuentros y promociones, las cuales oscilan entre un 20% y un 25%, según sea la casa vendedora.

El problema, entonces, no radica en la Feria en sí, aunque algunos consideran que debería tener una mayor proyección y traer en cada edición al menos a una gran figura de las letras internacionales.

En 2018 los invitados “estrella” son los mexicanos Jorge Volpi y Eloy Urroz. El primero es el más destacado de la llamada generación del crack, que planteaba una ruptura con la literatura que había seguido tras la estela del boom latinoamericano, que marcó una época de oro en la literatura de la región con Gabriel García Márquez como su máximo exponente.

Las grandes casas editoriales están en el edificio de la Antigua Aduana, en el que pagan amplios espacios.

POCO EN EL HORIZONTE

Con el fin de traer a los lectores, sobre todo del Valle Central del país, la Feria eliminó el cobro de ¢1.000 por persona, en el entendido de que así convocaría a más interesados en buscar libros.

El objetivo se ha cumplido con el paso de los años y la visitación aumentó de forma significativa. Según el presidente de la Cámara del Libro, Luis Bernal Montes de Oca, en 2017 se registraron más de 66.000 visitas. La vitrina de la Feria funciona, aunque no está exenta de requerir ajustes para mejorarla en algunos campos.

El desafío surge una vez que se acaba, porque en adelante lo que hay son esfuerzos aislados de las partes involucradas en la promoción del libro en Costa Rica.

Por un lado, están las librerías más fuertes que disponen de su propia capacidad para promocionar sus productos, por otro las editoriales estatales y en un tercer grupo los escritores independientes.

Como cada cual va por su lado y no hay una política nacional del libro, una vez finalizada la Feria se abre un vacío enorme en torno a la cultura de la lectura. Por ese motivo, tanto los escritores por su cuenta como la Cámara Costarricense del Libro le reclaman a los últimos gobiernos una política clara en ese sentido; no obstante, las peticiones han caído en oídos sordos.

Ni el gobierno de Laura Chinchilla ni el de Luis Guillermo Solís procuraron fomentar, de manera sistemática, la cultura del libro en los diferentes estratos de la población.

De forma tal que hoy lo que existe es una lista de buenas intenciones proveniente de las  partes involucradas, que sube la temperatura cuando se acerca y se realiza la Feria, pero que vuelve al horizonte sin rumbo una vez que acaba.

Orlando Ramírez Castro es un administrador pensionado, que escribe, edita y compra y vende libros de segunda: todo por una pasión.

SIN ARTICULACIONES

Aunque a partir de 2014 se impulsó por medio del Ministerio de Educación Pública un cambio significativo en la enseñanza del español, de modo que el viejo modelo quedara relegado para dar paso a una mayor actividad en el aula, con el afán de que los niños se familiarizan más y mejor con el arte de escribir y leer, los resultados de estos esfuerzos son lentos.

Uno de los factores que lo provoca es que no solo se debe echar mano de un programa formal, sino que quienes lo ejecutan deben estar capacitados y no todos los educadores del país, de una cifra en el orden de los 32.000 relacionados con la enseñanza del castellano, están preparados para asumir, entender y proyectar ese cambio tan urgente.

Y es urgente porque las pruebas del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) indican en las mediciones de 2012 y 2015 que los educandos nacionales evaluados tenían serias dificultades en la comprensión lectora.

Es decir, que muchos técnicamente saben descifrar una palabra o una oración, pero no son capaces de entenderla en toda su dimensión. Los efectos de tal situación alcanzan, incluso, a estudiantes universitarios.

Lo anterior evidencia que las articulaciones entre el MEP, Cultura y el sector del libro hoy prácticamente son nulas y que las partes se necesitan si los objetivos apuntan a forjar una cultura de lectores en tiempos de Internet, cuando las nuevas tecnologías y las series televisivas y de streaming ocupan espacios estratégicos en cuanto al consumo del tiempo de ocio.

Con base en este panorama es que la Cámara del Libro ha estado esperando, incluso, una ley del libro que impulse la lectura en el país. El hoy exdiputado Oliver Jiménez, quien representara al Partido Liberación Nacional (PLN), tenía entre manos un texto en esa dirección, así como su entonces colega del PAC, Javier Cambronero.

Del invitado principal de la Feria, el escritor mexicano Jorge Volpi, los lectores pueden encontrar la mayoría de obras en excelentes ediciones.

EN EL CONGRESO

Montes de Oca confirmó que tras la Feria no hay nada en firme para seguir incentivando la cultura de la lectura en el país, pero adelantó que ya fue convocado a la Asamblea Legislativa para el 6 de septiembre, con el fin de que se pronuncie en relación con los proyectos de Jiménez y Cambronero.

Uno de estas iniciativas insiste en la necesidad de que exista una política nacional del libro y un ente que articule a todo el sector. Por ahora lo llaman el Consejo Nacional del Libro, una figura que ni el gobierno de Chinchilla ni el de Solís quisieron activar ante la fragmentación del sector.

“Es importante continuar haciendo esfuerzos después de la Feria del Libro para fomentar la lectura en el país. El 6 de septiembre tendremos una cita en la Asamblea Legislativa para hablar de los proyectos de ley que fueron presentados en febrero de este año. Hay interés del diputado Mario Castillo de darles seguimiento”, dijo Montes de Oca.

El presidente de la Cámara del Libro reconoce la necesidad de llevar la promoción del libro a las diferentes ámbitos del territorio nacional. En esa dirección, en marzo de 2018, hubo una feria en Pérez Zeledón.

“Una de las propuestas es fortalecer el Consejo Nacional del Libro y otra más difícil de lograr es el establecer un trato preferencial para el libro costarricense”.

En la actualidad, el panorama para comercializar libros es un desafío mayor para un escritor. Si uno de ellos, por ejemplo, pretende colocar su libro en las principales cadenas del país, tiene que pagar entre un 30 y un 40 por ciento de comisión. Y los plazos de pago en muchas ocasiones sobrepasan los tres meses.

ENTUSIASMO VERSUS REALIDAD

Quien se dé una vuelta por la Casa del Cuño durante la Feria podrá comprobar in situ el entusiasmo y la entrega con que los autores independientes se entregan para promocionar sus textos y hacer nuevas conexiones.

Es el caso de Orlando Ramírez Castro, un veterano ya de las letras independientes, pues tiene 18 años de asistir a la FILCR y de llevar textos propios que él escribe, edita y publica. También comercializa textos usados para ofrecerlos a precios asequibles.

Aunque no se queja, Campos comenta que los organizadores deberían considerar la posibilidad de no cobrar la cuota de ¢150.000 a los escritores y a las editoriales independientes, dado que no solo tienen que desembolsar esa cantidad de dinero, sino que a ello han de añadirle transporte, alimentación y el pago de al menos una persona que ayude en las labores de venta.

“Yo soy pensionado desde hace 16 años. Soy egresado de administración de la Universidad de Costa Rica. Hago esto de los libros porque para mí es una diversión y un placer, no lo hago por dinero en realidad, porque es muy duro y difícil vender libros en este país”. Con textos para niños y para adultos, Campos presenta una propuesta que supera los 15 títulos.

En otra área de la Casa del Cuño está la entusiasta escritora Sabrina Vargas, quien dice que aprovecha la mayoría de las actividades culturales para ir a promocionar sus libros.

“Yo voy porque los lectores quieren un autógrafo y he preguntado y me han dicho que nadie bota un libro autografiado, porque tiene un valor especial. Igual sucede con los selfies. A los lectores hay que darles un trato especial y uno tiene que saber mercadear sus libros. Todo el mundo puede escribir un libro, pero no todos están dispuestos a promocionarlo”.

Con esa idea, Vargas se ha impuesto estar todos los días de la Feria con entusiasmo y entrega, porque tiene la meta de vender 50 ejemplares de Decisiones indeseadas y 50 de Vivir, viajar e Buon Appetito.

De mi primer novela, libro a libro, ya he vendido 700, lo cual para mí es un triunfo, porque no tengo la exposición que tienen otras escritoras”.

A diferencia de otros exponentes en la Casa del Cuño, Vargas considera que está bien el pago de esos ¢150.000 que exige la organización. “En mi caso nos unimos cinco escritores y cada uno aporta ¢30.000”.

Con un afiche hecho de materiales reciclados y el entusiasmo a flor de piel, Vargas retrata el valor que tiene para un escritor el poder compartir con sus lectores.

Lamenta que solo sea una Feria al año, porque de esa forma, por ejemplo, no se aprovechan las distintas estaciones: “Debería de haber una feria en el verano y otra como en estas fechas de agosto”.

El gran tema del libro en Costa Rica y en el mundo gira en torno a su promoción: quienes no gozan de los aparatajes de mercadeo como sucede con firmas como Dan Brown y Paulo Coelho deben practicar el arte de la paciencia.

La realidad que vivieron autores como Gabriel García Márquez o Truman Capote, cuyas obras agotaban existencias en días, es muy distinta a la que experimentan hoy los escritores independientes de un país como Costa Rica, en el que el magno espacio para la promoción es la Feria, pero tras ella se vuelve a ese espiral que de tanto repetirse parece infinito: el vacío de políticas sistemáticas que fomenten la lectura.

La expresión de Vargas de ir “libro a libro” define muy bien el panorama de la promoción de los textos en Costa Rica, solo que en sí la frase anuncia y arrastra un significado más profundo: es una tarea agotadora y desgastante, porque es una travesía por el desierto, en la que no todos los escritores estarán en condiciones de ver el sol al día siguiente.


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