Entrevista a Rodolfo González, cuentacuentos

La cuentería es un guiño de identidad con fisga

Para reflexionar sobre la vida y la muerte,Rodolfo González incursiona en la dramaturgia con El zarpe, en cartelera en el Teatro El Juglar en Alajuela

Rodolfo González es alajuelense, cuentero, periodista y realizó una maestría en historia centroamericana, en ese orden afectivo. Las  cuatro vocaciones tienen algo en común, un hilo conductor que él identifica como la narrativa intrínseca en cada una.

La comedia ácida El zarpe nace de una idea original de Rodolfo González y Juan Madrigal y se presenta en el Teatro El Juglar en Alajuela hasta el 28 de mayo.

Sin embargo, para González solo la cuentería desamarra la tiesura del discurso histórico y arraiga la actualidad e inmediatez de la noticia periodística, permitiéndole humanizar con humor esos relatos que conforman su repertorio de cuentacuentos, compartidos con círculos de gente desde el 2005 cuando atravesó literalmente una puerta.

En mayo, González hizo un switch de género y en vez de pararse en el escenario a contar cuentos incursiona por segunda vez en la dramaturgia y crea El zarpe, comedia ácida basada en una idea original propia y de su colega y coterráneo Juan Madrigal, quien además dirige el montaje.

“Surgió porque teníamos ideas y preguntas debido a la muerte de su padre y porque mi  papá está muy enfermo; porque uno va acumulando mucha vida pero también pequeñas muertes o despedidas. Entonces pensábamos que es un buen momento para que, no desde el punto de vista de la cuentería sino de un texto dramático, reflexionar sobre el sentido de la vida”, detalló González.

En la obra, que se presenta en el Teatro El Juglar en Alajuela hasta el  domingo 28 de mayo, intervienen tres personajes: un bartender (Juan Madrigal), un cliente (Rodolfo González) y un percusionista (Marvin Rodríguez) , quien a modo de banda sonora, expresa sus opiniones y emociones a través de una batería.

De acuerdo con González, El zarpe aprovecha la idea juguetona del título que probablemente el público asocie a cuentos de cantina, para en realidad enfrentarlo a un argumento en el que un empresario visita un bar tras salir un momento de una vela para tomarse un trago y experimenta una situación inusual.

En la conversación con el cantinero repasa preguntas fundamentales sobre la vida y la muerte, hasta que se entera de que su interlocutor tiene mucha información sobre su persona, y sus intenciones podrían ser oscuras.

Palabras, palabras, palabras

La culpa de que González estudiara historia -y a la postre que se hiciera cuentacuentos- fue de Florencia Ramírez, profesora de ojos verdes y voz nasal, que daba clases con una profunda pasión en el colegio Marista de Alajuela.

Ese gusanillo lo hizo crecer ella, pues aunque era muy rigurosa e infundía miedo, les exigía a los estudiantes no aprenderse la historia de memoria sino a pensarla, “causa y consecuencias y con las propias palabra explicar los procesos”, recuerda González.

Cuando usaba la técnica narrativa pedía que limpiaran el pupitre y que no anotaran nada, y desde su escritorio contaba las historias de una manera muy descriptiva  e histriónica.

Al narrar la guerra del 1856 decía: “Es el 11 de abril de 1856 -hablaba así con la nariz y se agarraba un collar de pucas, -imita González-;  son las 8:30 de la mañana y el sol hace rebotar sobre las piedras y sobre las casas encaladas el calor. Los soldados son sorprendidos por la llegada repentina del ejército de William Walker que a gritos y pólvora empieza a disparar. Y todos íbamos sintiendo el calor y el sol, y así narraba el resto. ¿A quién se le iba a olvidar la batalla de Rivas contada de esa forma?”, ríe el exalumno.

En el 2005 a González le cambió la vida cuando una exnovia le sugirió asistir a un grupo de cuentacuentos, propuesta que rechazó por no tener tiempo. Coincidió ese momento con que junto a unos compañeros hicieron y grabaron en un estudio unas parodias que denominaron Azufre Entertainment.

Sin salir al aire, las grabaciones fueron distribuidas en Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica, hasta que el capítulo La pasión de Óscar Arias -político que promovía su reelección- llegó a manos y oídos de Juan Madrigal, quien le pidió a González le ayudara a escribir un monólogo.

“Pero no me invitó al grupo de cuenteros que tenía”, rememora. No obstante, atendiendo la insistencia de un amigo, un lunes que llovía, se envalentonó y se fue a la reunión de los  narradores bajo la dirección de Madrigal.

Rodolfo González interpreta al cliente de un bar que tiene una conversación con el cantinero, actuado por Juan Madrigal, alrededor del sentido de la vida y la muerte.

“En el segundo piso de la casa de la cultura, donde ahora hace sesiones el consejo municipal, vi la puerta que tenía una perilla blanca. Lo dudé porque pensé: vengo de paracaidista, y casi bajo las gradas; en lo que abro la puerta los veo reunidos con una gran sonrisa; estaban planeando el primer festival de cuenteros de Alajuela”, destaca con emoción el cuentacuentos.

Mientras González relata esta historia iniciática en la entrevista con UNIVERSIDAD, se le llenan los ojos de lágrimas un poco avergonzado. “Me emocioné, es que es simbólica esa puerta, porque es el momento en que yo entré a la cuentería; yo no sabía que esto se me iba a quedar porque era un hobby, una travesura”.

Has escrito muchos relatos (para la cuentería). ¿De dónde te agarrás, de recuerdos,  es autobiográfico?

De repente un día pienso que es este desorden: periodismo, historia, contar cuentos. ¿Estoy disparando para todo lado o hay un hilo que atraviesa esto? Y sí, es la narrativa, es contar historias. ¿Por qué los temas históricos, por qué esta necesidad de agarrarme del pasado, de la raíz? Hay un gusto por no perder el hilo de dónde estoy, siempre me he preguntado mucho de dónde vengo, necesito ver hacia atrás y arraigarme. A veces la gente me dice que leyó un cuento en mi Facebook y yo le digo: no es un cuento, es una anécdota, me pasó en serio. Son pequeños guiños de identidad con fisga.

¿Has logrado crear un universo a partir de estos elementos identitarios? 

Uno tiene una edad y experiencias como para tener algunas preguntas y respuestas de quién es uno. Ese es un tema que me inquieta. Uno hace y después reflexiona -sin ánimos de ponerme en diván-: todos lo personajes de mis relatos históricos tienen, aunque sean adultos, una mirada de niño. Yo me pregunté por qué me pasa eso, porque a final de cuentas contar historias es echar mano del material que a uno lo remueve. Yo creo que a mí la capacidad de asombro de chiquitillo no se me quitó, me gusta mucho ver la humanidad cuando se manifiesta con sentido de humor, con una especie de poesía. Una vez leí de un cuentero que contar cuentos es vencer a la muerte y yo no lo entendía y después de cinco años dije y si cuento a mis abuelos que yo no los conocí -solo por el relato de mis padres-, es una manera de vencer a la muerte porque los puedo volver a tener aquí.

Sos alajuelense. ¿Eso te define? ¿La gente de Alajuela tiene, por ejemplo, un humor distinto?

Algunos dicen que es un sello alajuelense. Soy un poquito perspicaz como para tratar de ser tan contundente para decir los de Alajuela somos así, los de Cartago somos así, los de Costa Rica somos así . Pero sí he notado que aquí el sentido del humor es como un recordatorio de que la vida está llena de contradicciones. Sería como el serrucho convertido en virtud, porque una cosa es el choteo y otra cosa es serrucho para bajarle el piso a través del humor agresivo. El humor al servicio de desinflar la soberbia sí me gusta.

La función de contar cuentos para vencer la muerte, la función de la transmisión oral. ¿Es el trabajo que vos hacés?

No es solo traer a mis abuelos a la vida, sino traer cosas que a mí me emocionan aunque suenen ingenuas; la faceta de historiador es la que me trae a tierra para ser crítico ante la historia del país, pero la historia del cuentero si bien pellizca conocimientos del historiador tiene una necesidad de poblarme o visitar esa Costa Rica imaginaria en la que yo me siento o me gustaría sentirme a gusto, que me hace sentirme arropado; hay algo de raíz en esa Costa Rica imaginaria, tal vez fue que me faltó el abrazo de un abuelo, o que se me fueron muy rápido las abuelas, entonces cuando cuento me da sabor a eso: a tertulia, a leña, a aguadulce. Reconozco que se me salen todos los estereotipos.

Bueno, dejan de ser estereotipos cuando los llenás de significación. La nuevas generaciones se han descolgado de algunas tradiciones, que supongo es normal por la globalización, el Internet, que las van distanciando de esa Costa Rica que uno pone en un pedestalito.

A mí, por ejemplo, me asusta el snapchat, que es momentáneo. Es decir, sí, cambiemos algunas cosas, pero hay un hilo atrás, recordemos que esto no se diluye como una foto de snapchat.

¿La cuentería cobró fuerza acompañada de la migración colombiana?

En San José sí con Fernando Franco, que es uno de los más entusiastas en replicar la experiencia que se dio en Colombia en las universidades, gran punto de resistencia al miedo en la época de Pablo Escobar en los ochentas. San José tiene el Festival San José Puro Cuento, en Alajuela, el trabajo de Juan Madrigal con el Festival Alajuela Ciudad Palabra, y sí creo que hay una época de auge de la cuentería en este momento.

¿Cómo lo recibe la gente?

Me sorprende gratamente que el público adolescente está aceptando muy bien la cuentería, para contar y para escuchar; esto es muy bonito porque es la misma gente que todo el mundo dice que pierde muchas horas pantalla, pero en los festivales está oyendo a una persona narrar. Hay una contradicción, pues es la palabra a la antigua sin mayor efecto que apela muchísimo a esta población.

¿Para qué sirve la cuentería?

Sirve para reunir a las personas, es un círculo, y para empoderarlas. Para mí no es solo como cuentero tener un público, es despertar en las personas la posibilidad de decir: “eso que está haciendo usted yo lo puedo hacer”. La cuentería es una manera de recrear el imaginario y el mundo. Por eso me gusta trabajar la historia y ciertos temas como el de género, porque es un discurso ante el cual la gente no entra a la defensiva; tampoco le impongo una verdad, sino que a través de los personajes el público decide si se identifica o no.

El percusionista Marvin Rodríguez expresa, a modo de banda sonora, sus opiniones y emociones a través de una batería en la obra El zarpe

Es como un espejo, y hace empatía o no…

La cuentería se da o se necesita como un diálogo, que aunque las personas que están escuchando no están participando en el cuento -porque hay algunos que sí son participativos-, la atención y la reacción de las personas en ese círculo van modificando la historia de los personajes, van modificando al cuentero.  A mí la cuentería me devolvió algo que sentí que en el periodismo se me estaba gastando que era la devolución del rostro, del interlocutor. A veces uno cree que el mundo de las fuentes que uno consulta es la realidad y pierde conexión, porque las mismas fuentes son como burbujas.

 

 



¿El último trago?

Qué: El Zarpe, de Rodolfo González

Dirección: Juan Madrigal
Dónde: Teatro El Juglar en Alajuela
Cuándo y hora: sábados, 7 p.m.; domingos, 6 p.m. hasta el 28 de mayo
Precio de la entrada: ¢4.000 general y ¢3.000 estudiantes con carné
Reservaciones: telfs. 8835-5998 y 2441-0001



 


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