Cultura

La casa donde nació la radio costarricense ya no existe

Heredia y Costa Rica desaprovecharon la posibilidad de erigir un monumento imperecedero en el lugar donde nació la radio costarricense en 1922

La casa donde nació la radio costarricense ya no existe, pues se la llevó el vendaval del olvido.

El derribo sucedió entre el lunes 19 y el martes 20 de julio de 2021. En ella vivió desde los años 20 hasta su muerte, Amando Céspedes Marín, personaje inclasificable que fue fotógrafo, cineasta, periodista, comerciante, pionero, inventor y soñador.

La vivienda, ubicada 50 metros al este de la Escuela Braulio Morales, avenida 8, entre la calle central y la primera, en Heredia, hoy es territorio desolado por el alzheimer cultural, como lo llama un amante anónimo de la historia y del patrimonio nacional, a lo que de manera sistemática ocurre en el país con algunas edificaciones que tienen valor histórico, arquitectónico o cultural.

Amando Céspedes Marín nació un 1 de agosto de 1881 y falleció un 17 de mayo de 1976, a los 95 años, fue pionero de la radiodifusión, el cine y la fotografía en el país. (Foto: Internet).

Una vez fallecido el pionero de la radio costarricense, la casa pasó a ser propiedad de uno de sus hijos, pero al morir este primer familiar, la vivienda quedó en manos de la tercera generación, la cual optó por venderla.

Se desconoce el destino que tuvieron los objetos de radiodifusión, fotografías y otros documentos que se conservaban en dicho inmueble y que en algún momento pertenecieron a Céspedes, ese hombre inquieto que tras el traslado de su familia a Limón dio clases de inglés, el cual perfeccionó cuando se marchó a Estados Unidos a los 12 años, donde después, en una segunda estancia, obtuvo un diploma del Illinois, College, de Chicago, en el que estudió fotografía.

La forma en cómo se contactó en 1923 con el almirante estadounidense Richard Evelyn Byrd, por medio de la onda corta, es digna de una historia de cine de varios capítulos.

En una entrevista con la periodista Norma Loaiza, en 1966 en el diario La Nación, Céspedes, en ese momento de 85 años, contó de viva voz la experiencia de las transmisiones que hizo desde su casa en Heredia y que lo contactaron con grandes ciudades en el mundo. Venía de trabajar varios años en el Teatro Apolo en Cartago.

En la casa en la que alguna vez se instaló una placa por parte de la Cámara Nacional de Radio, en la que se reconocía que ahí había nacido la radio costarricense, Céspedes desarrolló numerosas iniciativas…”

“Dejé el teatro porque se vendió y no me dejaron ensayar transmisión de radio (sic), que entonces estudiaba de periódicos yanquis. Y fue cuando me vine a Heredia, la ciudad de las flores y del café, que me puse en el mapa del mundo con mis transmisiones”.

Céspedes continúa su historia y en un momento mágico de esa entrevista, porque era importante que, una vez más, sus palabras quedaran registradas con su acento, sus inflexiones, su ritmo, y de esa manera se resguardara para las generaciones presentes y futuras aquel instante en que sus ondas radiofónicas rompieron fronteras para encontrar oyentes en el espacio indeterminado de la geografía mundial y humana.

“Fue la primera estación radiofónica de Costa Rica, en onda larga, que me oían los amigos que me compraban los receptores, pues hasta eso tuve que hacer. Vendí ochenta aparatos, el primero a don Jaime Rojas, importante banquero de San José, también le vendí a don Adrián Collado que un día al visitarme, se encontró con el almirante Byrd, que había llegado de incógnito para ver mi famosa estación NRH, que él había captado durante quince días en el lejano Polo Sur. Fue la única persona que aún puede atestiguar lo que digo”.

En esa casa hoy inexistente, derribada por las brumas del tiempo y del olvido, Céspedes se encontró un día con la visita del almirante que años antes había captado a miles de kilómetros sus ondas radiofónicas en un extraordinario milagro de la comunicación. La visita se dio en 1957.

Esta era la casa completa de Céspedes, con la antena que le regalaron radiodifusores estadounidenses en los años 30. (Foto: Roberto Pacheco).

El almirante ya no existe. Céspedes ya no existe, pues murió el 17 de mayo de 1976 a los 95 años. La casa ya no existe. Ahora solo queda la nada y la leyenda. La ciudad de Heredia y Costa Rica desperdiciaron la inmejorable posibilidad de erigir en ese lugar un monumento a la perseverancia, a la invención, a la creatividad y a ese mundo mágico e inagotable de la radio. En su lugar, como se pudo constatar, solo quedaron astillas de lo que fue aquella casa.

La modernidad acabó con la vivienda en que sucedió ese hito de la radiodifusión nacional que alcanzó a cruzar fronteras inimaginables en aquel momento. En ese momento la radio daba sus primeros pasos, y Céspedes se convirtió en el primer hombre, de hispanoamérica, en conseguir crear una modesta, pero trascendente, estación de radio.

Tal fue el impacto de Byrd, quien quiso conocer al “genio” que había hecho posible aquel hito y se encontró con un hombre sencillo, que hablaba bien el inglés porque lo había aprendido en el Liceo de Costa Rica con Mr. Scott y luego lo había perfeccionado en sus estancias en Estados Unidos.

Si Stefan Wzeig hubiera conocido la historia de Céspedes, es posible que hubiese incluido en su legendario libro Momentos estelares de la humanidad, al lado de narraciones como La conquista de Bizancio, La resurrección de Händel, El genio de una noche y Las primeras palabras a través del océano, entre otras historias.

Parte que quedaba recientemente de la vivienda del impulsor de la radio nacional. (Foto: Álvaro Campos).

En la entrevista citada, Céspedes habla de su emisora de 1928, pero en realidad hace alusión a su segundo emprendimiento y no al que en onda corta contactó con Byrd.

Es, de nuevo, el propio Céspedes el que fija la fecha y da sus explicaciones, las que se mueven casi en el ámbito literario, cuando da a conocer las respuestas que le llegan del mundo entero.

“Tengo que decirle que el 4 de mayo de 1928 la estrené y que en días el correo aéreo me trajo mensajes de Panamá, Guayaquil, La Habana, México y de Filadelfia en Estados Unidos. En 15 días más tenía mensajes de Londres, Roma, Moscú, Argentina y Australia. Ponía una corneta a tocar con sones de la armada yanqui, y esa corneta la oían en todas partes con más potencia que Londres o Pitsburgo (sic)”.

Para reafirmar el impacto de la RNH, Céspedes amplía algunos logros y la forma en cómo a través de ella se difundió lo que era Costa Rica y en particular Heredia, dado que su emisora transmitía desde un cuarto de la casa que hoy ya no existe, debido a que fue botada. “La estación KDKA de Pittsburg oficial de la Westinghouse la dio a conocer cablegráficamente en periódico y la intituló la hermana menor de la KDKA. En cuestión de dos años, Costa Rica era conocida por sus productos en el mundo entero y Heredia por sus mujeres, su café y su clima, no se quedó atrás durante 15 años consecutivos de transmitir esa propaganda a mi país”.

DESAZÓN

 El periodista Roberto García, quien por muchos años laboró en el Centro de Producción Cinematográfica, no ocultó su desazón al darse cuenta de que la casa, ese último bastión simbólico que quedaba de Amando Céspedes Marín, había perdido la batalla contra el tiempo y la concepción de la historia que prevalece en Costa Rica.

García, quien presentó por muchos años Lunes de Cinemateca en el universitario Canal 15, recordó los valiosos aportes de Céspedes en el campo audiovisual, al pasar los primeros noticieros de la época en el Cine Variedades, así como otras labores pioneras.

“Fue uno de los grandes pioneros del cine en el país, y por eso el Premio Nacional Audiovisual lleva su nombre. El cine fue inventado por los hermanos Lumiere en 1895 y ya para 1912 don Amando Céspedes Marín hacía su noticiero, contratado por los dueños del Cine Variedades”, dijo.

El Céspedes-Journal, por ejemplo, era un noticiero que recogía de manera semanal situaciones que se habían dado en el país, en un hacer, de nuevo pionero, de ese espíritu inquieto, que había frecuentado las ideas masonas y que tenía en su ser la necesidad del progreso y la invención como ejes de su vida.

Destacó que Céspedes, Manuel Gómez Miralles y Walter Bolandi, fueron tres pioneros del cine y de la fotografía en el país, con esfuerzos extraordinarios y de gran avanzada entre la primera y la tercera década del siglo XX.

Entre las numerosas actividades que ya para entonces, después de 1912, desempeñaba Céspedes, hay que recalcar que había grabado un congreso eucarístico que le dio un auge a su quehacer y le abrió las puertas para presentar, antes de las películas, sus noticieros.

Bolandi, Gómez Miralles y Céspedes eran los tres mosqueteros del cine en aquella época, e incluían en sus informaciones historias relacionadas con el presidente de la República, imágenes del parque central y acontecimientos de interés para quienes iban al Variedades o al Teatro Moderno.

Para García, los tres tienen un gran valor en el desarrollo del cine. Por eso, cuando se enteró de que había desaparecido la casa en la que Céspedes tenía instalada su pequeña emisora RNH, con la que contactó con las más variadas partes del mundo, se vio tentado a tomar pluma y papel para alzar la voz, por lo que el periodista y escritor considera una falta de sensibilidad cultural.

“Me acuerdo, también, de que la casa de Max Jiménez desapareció. Un día simplemente no amaneció la casa, porque alguien la destruyó el día anterior”.

Para García, incluso, hay que poner atención a qué va a pasar con el Cine Variedades, que es de las pocas edificaciones que quedan de aquel San José erigido antes de 1950 y que alguna vez quiso ser París.

Luego de la destrucción de edificios y casas que se produjo a partir de la década de 1950, que incluye el haber botado la Biblioteca Nacional —convertida hoy en un parqueo y de la que solo queda una parte de muro— el comunicador teme que un día surja la noticia de que el Cine Variedades simplemente desapareció.

En Costa Rica existe la ley 7555 de octubre de 1995, la cual ampara la protección de los bienes culturales. No obstante, para muchos expertos no solo está obsoleta, sino que siempre careció de los incentivos y las pautas necesarias para salvaguardar, en la dimensión requerida, los sitios de interés histórico, arquitectónico o que cumplen con ambos elementos a la vez.

SÍMBOLO

 Aunque Céspedes nació un 1° de agosto de 1881 en San José —cerca de donde hoy está la boletería del Teatro Nacional, según refiere en su dossier sobre Céspedes, Manrique Álvarez—, fue en Heredia donde cultivó sus mayores sueños, crecieron sus hijos, y convirtió su emisora en la quinta del mundo en emitir en esas frecuencias milagrosas de entonces.

En la casa en la que alguna vez se instaló una placa por parte de la Cámara Nacional de Radio, en la que se reconocía que ahí había nacido la radio costarricense, Céspedes desarrolló numerosas iniciativas, siempre al calor de un espíritu inquieto, inquebrantable, indagador y dispuesto a desfacer entuertos como en su tiempo lo hizo el propio Don Quijote.

Durante muchos años de su vida, fue el editor y alma de la revista Cenith, que luego en sus últimos años pasó a llamarse Cenit porque había perdido el patrocinio, pese a lo cual nunca renunció a publicarla.

Entre el 19 y el 20 de julio de 2021 botaron lo que quedaba de la casa —centro de la imagen— de Amando Céspedes Marín. (Foto: Katya Alvarado).

Gestor de periódicos como el Filatélico Comercial, por ser él mismo dado a la filatelia y editor, junto a su padre Agapito de El Progreso de Limón, Céspedes siempre estuvo vinculado a elementos que lo enlazaran con la comunicación.

Así lo certifican el cine, la fotografía, las revistas, los periódicos, la radio, las tipografías: su vida siempre miraba hacia la idea de cruzar fronteras, fronteras culturales, como muchos años después vino a decir el periodista polaco Riszard Kapucinski de lo que era para él, a finales del siglo XX, la verdadera labor del periodista.

Por su vocación comunicativa y propensión a las artes, a Céspedes le impresionó cuando en La Prensa Libre, a la que ya él estaba vinculado, se topó con el periodista, poeta y revolucionario cubano José Martí.

En ese cruzar fronteras, contaba Céspedes, se embarcó a los 12 años rumbo a Nueva York, desde donde se desplazó a varios lugares de Estados Unidos. En la patria de Lincoln estaría seis años y a su regreso traería una imprenta para publicar El Progreso de Limón, del que llegó a sostener que alcanzó los 3000 ejemplares mensuales, lo que en su época representaba toda una proeza.

El último bastión de la memoria de ese hombre inquieto, que siempre siguió la carta esférica de sus sueños y que un día enlazó con un general aventurero en la Antártida, ha caído.

La casa desde la que logró conectar con Roma, Buenos Aires, Moscú, Filadelfia, La Habana y un sin fin de lugares más en el mundo, fue derribada por la desidia del tiempo y la desmemoria.

Sobre la figura de Céspedes, pese a su benemeritazgo, permea una nueva sombra y las partículas del olvido empiezan a moverse con sigilo por su nombre resplandeciente en tiempos idos, los cuales en esta Costa Rica solo convocan al olvido.

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