Cultura Premio Magón 2020

Juan Luis Rodríguez: fuerza de la naturaleza y diablo provocador

Por su legado como maestro y artista visual, el Premio Magón 2020 está en las manos grabadas del octogenario Juan Luis Rodríguez

Dicen que el diablo está en los detalles. Quizá para Juan Luis Rodríguez, Premio Nacional de Cultura Magón 2020, está en el detalle de las líneas marcadas sobre las placas de metal de los grabados creados desde su juventud.

Sin duda, también está en los surcos grabados en sus manos octogenarias.

En las líneas de ese diablo -que él mismo dice que es- tal vez fue sacando la materia existencial para ser y pensar como el “artista total” en que se constituyó, según lo define su amigo entrañable y curador Klaus Steinmetz, responsable de presentar la postulación para el Premio Nacional de Cultura Magón 2020 otorgado por el Ministerio de Cultura y Juventud.

Hace una semana se anunció el galardón que reconoce la trayectoria y vida del artista, a quien amigos, discípulos y esposa, consultados por este Semanario, describen amorosamente como honesta, apasionada, innovadora, cándida, precursora, pensante, entre otros muchos adjetivos que ponen en valor su legado.

“Juan Luis es una fuerza de la naturaleza”, dice en pocas palabras Steinmetz.

Eso es Rodríguez, una fuerza de la naturaleza, de la cual se apropia para transformarla en grabados, instalaciones, murales, acuarelas, pinturas al óleo, y demás obras de una diversidad y ductilidad atrevida y -a veces- efímeramente matérica.

“Es un sol que calienta y quema, así de intenso”, señala Diana Mosheim, pareja de Rodríguez, con quien procreó un hijo. “Podría hacerle las vacaciones al diablo”, agrega con humor agudo.

 

“Él tiene una manera de ver las cosas en un ángulo que es el que a uno no le han enseñado, y si uno se pone en ese ángulo, logra reconocer lo que él está viendo”. Diana Mosheim.

Con ese espíritu provocador aflojó las estructuras de la enseñanza artística formal cuando fue profesor de los talleres de Grabado en la Universidad de Costa Rica (UCR) y la Universidad Nacional (UNA), en donde promovía la libertad de expresión de los estudiantes, con el acento puesto en la experimentación y la innovación.

Rodríguez es un experimentador por excelencia, un disruptor y precursor, intuitivo y arrojado, de técnicas en aquellos materiales mediante los cuales crea y que abrasa apasionadamente.

Piedras, madera, arena, granito, metal, conchas, hielo, colores; cualquier elemento ha sido susceptible de convertirse en arte para Rodríguez, si está cargado de su historia viva y personal, y de sus afectos.

Desde jovencito, su camino como artista plástico y visual inició por la necesidad intuitiva de dibujar. Luego esta volición creadora comenzaría a formarse en 1950 en la Casa del Artista, bajo la dirección de María Esquivel y el pintor Luccio Ranucci.

En 1960, viajó a París con una beca que le permitió estudiar en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París.

Radicó en Europa hasta 1972, años durante los cuales fue testigo de primera mano de la revolución estudiantil conocida como Mayo del 68, y en los que profundizó en su trabajo experimental con sentido matérico.

El grabado Soleil, ubicado en el frente de la Biblioteca Nacional, es obra de Juan Luis Rodríguez. (Foto: Rafael León Herrera)

Se instaló en París en 1963 y contrajo matrimonio con Régine Steichen, una socióloga nacida en Luxemburgo, con quien tiene una hija.

Con el apoyo de la Unesco, en 1961 estudió en la Academia de las Artes Libres de la Haya, y en 1969 representó a Francia en la Bienal de París con su instalación emblemática El combate, obra que emuló un ring de boxeo cercado con alambres de púas para recordar los potreros en donde había crecido, según ha contado el artista en varias entrevistas.

En el interior del ring, Rodríguez esculpió en hielo con tinta roja las figuras imprecisas de los boxeadores, en honor a su padre que vendía granizados los fines de semana cuando Rodríguez era un niño. La instalación también incluyó música y diálogos de pugilistas veteranos.

Esta obra pionera del arte conceptual de un artista costarricense se expuso en el Museo de Arte Moderno de París.

Rodríguez vive junto a Diana Mosheim, en su casa en Los Anonos en el distrito de San Rafael de Escazú. Hay colgados aproximadamente 500 cuadros de su autoría en las paredes (incluso en las paredes de las escaleras).

La noticia del Premio Magón la recibió con su actitud siempre cándida y pícara a la vez aunque Universidad no pudo conversar con él.

En un lugar con un diablo así, más de uno pagaría vacaciones.


Con la instalación emblemática El combate, Juan Luis Rodríguez representó a Francia en la Bienal de París de 1969 y expuso en el Museo de Arte Moderno de París. (Fotograma del video El combate)

Sol que alumbra y quema

Diana Mosheim, médico y esposa de Juan Luis Rodríguez

“Juan Luis hacía que los alumnos buscaran sus propios métodos para expresarse, para llegar más allá de ciertos estereotipos de lo que se tiene que hacer con tal material o tal técnica. “Usted tiene algo que decir, ¿qué es lo que tiene que decir?, busque cuál es su manera de decirlo”. Es un innovador. Él venía de Francia, de todos esos movimientos de prohibido prohibir, y de la influencia e impacto de la Segunda Guerra Mundial en que la gente se preguntó si las formas en que se venían haciendo las cosas estaba bien, y que había que buscar nuevos métodos para humanizar el quehacer. Esa vivencia la transmitió con pasión a sus alumnos.

De las primeras cosas que me impresionó cuando me enseñó un trabajo fue lo permanente que puede ser, por ser un soporte duradero. Él ve cosas que uno no ve, debido a que las ve diferentes, tiene una manera de ver las cosas en un ángulo que es el que a uno no le han enseñado, y si uno se pone en ese ángulo, logra reconocer lo que él está viendo. Por ejemplo, hay una obra que está a mano derecha de donde yo duermo, es un cuadro matérico: una luna partida a la mitad por una nube. Una a veces ve la naturaleza muy apacible, y puede ser muy violenta, ese trabajo es un recordatorio de que todo se ve pacífico pero en el fondo también tiene una gran fuerza.

También hay cosas muy dulces de los indígenas, sus facciones. Él y yo fuimos a trabajar a la zona indígena de Chirripó cuando fue el terremoto en Limón en 1991. En esos trabajos él logra captar la expresión de la gente, lo que deja la violencia de la naturaleza.

¿Qué ve en él?

_Es un sol que calienta y quema, así de intenso. Lo puede a uno confrontar y lo puede quemar. Vivir con un artista innovador no es fácil.

Él dice que es como el diablo…

_Le puede hacer las vacaciones

Ileana Moya, artista visual, graduada en grabado de la UCR.

_“Me acuerdo de Juan Luis diciéndole a un estudiante: “¿Eso en esa placa qué es? -Un tigre de Bengala; “¿Usted tiene en su casa un tigre de Bengala, los conoce? Y ¿qué me cuenta del puma, el jaguar y los manigordos, usted sabe de esos animales? Es que aquí tenemos familia de los tigres, pero nuestros. Así aterrizaba a los muchachos sobre la realidad nacional.

Juan Luis era muy rebelde con todo lo que fuera atarse, derecha o izquierda, aunque tiene una gran sensibilidad social. La vida de él fue muy azarosa. Fue asistente de Gabriel Dengo en la exploración del petróleo en Talamanca. Le dio paludismo en la montaña. Fue boxeador. Tiene un origen humilde, no niega sus raíces y hablaba con todo orgullo de su papá.

El taller de grabado era como un centro de conversaciones. Era integral con la parte técnica y la humana sobre situaciones que se estaban dando en el país.

Se merece el premio Magón porque hizo esa labor con las uñas, porque acá estaba la xilografía muy bien representada por (Francisco) Amighetti, pero el grabado en metal estaba ausente.

Juan Luis promovía que uno investigara, nos daba el acicate. Hizo fotograbado, sentía una pasión enorme por las esculturas precolombinas. Andaba siempre buscando la esencia del costarricense, no soportaba poses: nada de mercado, tenía la concepción romántica del artista que se muere de hambre, porque la obra no había que véndersela a nadie. Para mí el grabado es un medio de expresión, yo tengo una gran libertad con el grabado, eso lo aprendí de él.

Es un maestro porque nos enseñó sobre muchas facetas vinculadas con el quehacer, no solo con la técnica en sí, sino la actitud”.

Carolina Córdoba, artista visual, bailarina y orfebre

“A Juan lo conocí en los alrededores de la soda de la Escuela de Bellas Artes. Era un encantador, irradiaba felicidad. Yo estaba muy joven y descubriendo muchas cosas, venía muy maleada de cómo se debe dibujar. El dibujo perfecto no necesariamente es el académico, pero la gente dice que eso es lo bueno.

Recuerdo ver esos grabados de Juan Luis sobre los indígenas de la comunidad cabécar, en los cuales vos ves el carácter de cada personaje, es casi un garabato, maravilloso, con una gran fuerza. Entonces me dije, “entiendo ahora de qué se trata, podés ser un gran dibujante pero no necesariamente lo que vayás a hacer como arte tenga que tener esa carga académica”.

Con Juan Luis la relación fue de amistad. Vos te sentás a hablar con él y tal vez de lo último que te habla es de arte. Le encanta conversar sobre su vida, el boxeo y de su intento frustrado de ser bailarín. Su mente es muy inquieta y es un contador de anécdotas.

Se fue con la beca a París y regresó en 1972 con mucho material: una prensa (para grabado en metal) donada, láminas de cobre, tintas, rodillos, y las entregó a la Escuela de Bellas Artes. Se dice que la constitución del CREAGRAF fue un hito para el grabado en metal, le duele mucho porque antes del CREAGRAF, él ya estaba enseñando aquí, le duele mucho que se diga que ahí inició la enseñanza del grabado.

Ahora él dice que se desligó del grabado y que para él es muy importante el mural. Tiene un montón de bocetos en miniatura. Es una persona que se entrega a sus obras y a las personas, es un apasionado de la vida. Debería ser inmortal. Es una escuela, es lo más honesto que he visto en mi vida, precisamente porque no le han interesado mucho las reglas. Para él es más importante lo expresado si viene del corazón, que siente que respira. Ve arte en cualquier cosa que se encuentre, por ejemplo en un conjunto con conchas o de piedras.

Todavía es una caja de Pandora para mí. Es una persona que me ha dado seguridad en querer seguir expresando de la manera en cómo me vaya llegando la inspiración, y no tener que especializarme”.

Klaus Steinmetz, curador

“A Juan Luis lo conozco hace 35 años. Yo venía de estudiar Historia del Arte en Alemania, y como no me gradué, me matriculé en la carrera en la Universidad de Costa Rica. Venía con inquietudes intelectuales que requerían de interlocutores con cierta profundidad y mundo, con roce internacional, como lo tenía Juan por haber vivido en el 68 en París. Juan Luis es un hombre del hacer más que del pensar teórico, tiene ideas muy claras, aunque conceptos un poco ingenuos. Es un educador sin duda alguna, y lo que me apasiona de él es el primer requisito intelectual que uno le pone a cualquiera que pretenda un diálogo a ese nivel: una coherencia y un compromiso con lo que hace.

Coincidimos en la necesidad de algo muy elemental en la Escuela de Bellas Artes: educar a las personas, no solamente en el quehacer sino en el pensar. En la Escuela de Bellas Artes había una disputa, por un lado, quienes veían las artes como artes aplicadas, que cumplían una función práctica mensurable y cuantitativa -como las artes gráficas-; y del otro lado, las artes per se, siempre arrinconadas o amenazadas, a las que no se les puede exigir que tengan un rendimiento mensurable y práctico tangible. Ganó la visión de la funcionalidad contra los que no podíamos demostrar la importancia de nuestro trabajo con números.

Éramos varias las personas que coincidimos en esas ideas, formamos un grupo muy divertido. Juan Luis era el profesor que se autodenominaba “el diablo”; es decir, el rebelde, irreverente, iconoclasta, rompedor de esquemas y el que decía lo incorrecto, pero era un diablo benévolo, sardónico.

En Juan Luis hay elementos conceptuales muy fuertes pero muy arraigados a lo que yo llamaría el arte povera, esa idea de que no existen materiales nobles frente a materiales pobres; no hay un academicismo, al contrario, cualquier cosa puede ser importante. En parte, eso fue lo que me atrajo hacia él.

Para mí es fundamental la coherencia entre los materiales y la forma de ver y entender, la vida; es como una raigambre, es entenderse en el contexto, y darle una esencia, darle a los materiales el peso que han tenido en tu vida.

La consecuencia de Juan Luis como educador es muy importante: lo que significó para varias generaciones como rompedor de esquemas, y por supuesto por el hecho de haber traído el grabado en metal a Costa Rica, las primeras prensas, crear el taller en la UNA. Pero su figura es más importante como guía de la forma correcta de afrontar el hecho de ser artista.

No es ser artista cuando estás en el estudio con unos pinceles y un lienzo, sino en cada momento de tu vida, y eso es Juan Luis, un artista todos los días, hasta cuando pela una naranja. Es un artista total.  Es una forza di natura (fuerza de la naturaleza). Es un diablillo”.


Materia y arte

Juan Luis Rodríguez Sibaja nace en San José en 1934. En el año 1950 se inicia en la Casa del Artista de San José. En 1960 estudia grabado en metal en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Luego, en 1961 estudia en la Academia Libre de La Haya, Holanda y en 1969, representa a título extranjero a Francia con la obra El Combate, en la IX Bienal de París, Museo de Arte Moderno de París. Con el apoyo de la UNESCO en 1972, se traslada al país para instalar y coordinar el Taller de Grabado, en Universidad de Costa Rica, hasta 1990. En 1973 obtiene la Medalla de Oro en el I Salón Anual de Artes Plásticas del Museo Nacional de Costa Rica. En 1975 el Premio ¨Aquileo J. Echeverría¨ (grabado) y Premio Ancora del Periódico La Nación.  En 1978, organiza el Taller de Grabado, Escuela de Artes Plásticas (hoy Escuela de Arte y Comunicación Visual). Ha expuesto su obra en diferentes espacios como la I Bienal de La Habana, Cuba, 1984; en IFA Galerie, Instituto fur Auslandsbeziehungen, Bonn, Alemania, 1990: «Grafik aus Costa Rica». Sprengel Museum, Hannover, Alemania, 1992: «Kunst aus Costa Rica». Espacio Cultural de Lorient, Bretaña, 1994: Primera Bienal de Grabado Europeo. VI Bienal L & S de Pintura Costarricense, Premio Único Salón de Maestros. Premio ¨Aquileo J. Echeverría¨ 1996, en el área de grabado. Representa a Costa Rica en la XXIII Bienal de São Paulo, Brasil, 1996, con la obra «La Pirámide».


 

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