Humor e ironía en la prensa costarricense de antaño

Semanarios y revistas a finales del XIX y comienzos del XX retrataron la realidad con fisga y sátira, pero hoy ese tipo de medios desaparecieron por completo en un entorno dominado por lo digital.

Uno de los valores extraordinarios que tuvo la prensa costarricense de finales del siglo XIX y hasta mediados del XX fue la proliferación de periódicos satíricos y humorísticos, en los que se reflejaba la idiosincracia, la política y una serie de comportamientos particulares que conformaban al ser costarricense.

Con el paso del tiempo,no obstante, y al darse la concentración de medios, fenómeno que se agudizó después de los años 80 de la centuria pasada, los periódicos dedicados al humor y la crítica socarrona fueron desapareciendo y en el mejor de los casos quedaron espacios reducidos a una página diaria o semanal en los medios de mayor tradición en el país.

La crítica era mordaz, sin cortapisas, como lo muestra La Broma de mayo de 1914. (Foto: José Eduardo Mora).

Un vistazo a aquellos medios permite confirmar la riqueza con que los antepasados asumían la realidad y la cotidianidad, y cómo la plasmaban, en muchos casos, con una fineza sin igual.

Un recorrido por los medios agrupados por la Biblioteca Nacional en su archivo digital lleva al interesado a descubrir verdaderos tesoros, que recogen con singularidad aquellos pasajes de la historia patria.

Si se empieza dicho recorrido por los nombres, se vislumbra una serie de hallazgos que definen el carácter, el enfoque e incluso los antecedentes de esas publicaciones.

De esta forma, se topará, entre otros, con periódicos como Sancho Pancha; Don Quijote; Quijote; Rigoleto; La Linterna; Fray Serafín; El Cachiflín; El Saltón; El Látigo; El latiguillo; El Grillo; El Huracán; El huevo; El Gato; El Diablo; El Chapulín; El Choteo; El Bombo; La Zemana; Bocaccio; Don Lunes y El Cadejos.

Por su parte, entre las revistas figuran títulos que remiten a El Cometa, Bohemia, El Relincho, Caricatura y La Mueca.

Las citadas publicaciones, así como otras que existieron pero no dejaron mucho rastro, dado que se perdieron en el camino, evidencian ese rasgo esencial del costarricense, dado al humor, la ironía, la sátira y el choteo. Este último término es más a la tica, y de esa forma se da cuenta de una forma del ser nacional.

Ana Cecilia Sánchez Molina, exprofesora de la Universidad de Costa Rica (UCR) y autora del libro Caricatura y Prensa Nacional, explicaba así el humor en el artículo “El humor nuestro de cada día”.

“Aferrado a las culturas y sus valores (o disvalores), el humor parte de la realidad para expresar la visión del mundo de aquellos grupos. Popular y universal, varía de un espacio a otro (en una misma sociedad o en sociedades distintas) y de un tiempo a otro. A menudo externa –a veces sin conciencia– mitos, prejuicios, estereotipos y falsedades en cualquier campo: racismo, machismo, clasismo, xenofobia, homofobia”.

La caricatura costarricense alcanzó su mayor cumbre con Hugo Díaz, el mejor exponente de este género en el país. (Foto: José Eduardo Mora).

SIN CORTAPISAS

Si se evalúan con detenimiento las publicaciones citadas, se cae en la cuenta de que esos primeros años del XIX los editores de esos periódicos y revistas no se andaban por las ramas a la hora de realizar una crítica mordaz, ya fuera mediante el recurso escrito, el gráfico o, como sucedía la mayoría de las veces, por medio de una combinación de ambos.

Algunos textos, pese a que tienen más de dos siglos de haber sido publicados, mantienen una poderosa vigencia que no deja de llamar la atención.

De esta manera, quien mire el siguiente texto, a todas luces ficticio, publicado en el número uno de El Cadejos del 23 de febrero de 1894 , intitulado Diálogo entre un ratón y un cadejos”, se percatará de que no habría razón para desconfiar si pasado mañana apareciera en la prensa actual.

El Quijote de enero de 1909, dirigido por Antolín S. Chinchilla, arremetía así contra quienes detentaban el poder. (Foto: José Eduardo Mora).

Ratón.—Ave María Purísima. ¡Qué es lo que aquí veo! De parte de Dios ¿quién eres?

Cadejos.—Yo soy el GRAN DEMONIO, á quien tanto terror le tiene el género humano; de solo pasar por cualquier parte no queda vieja en la puerta, ganapán en la calle, ni político en discusión, todas las puertas las cierran, los perros ahullan; sin embargo, yo soy muy buen amigo, pues si al menos no hago bien no hago mal tampoco a nadie; mientras no se me haga daño.

Ratón.—Pues a mí me pasa casi lo mismo, con la diferencia de que a mí se me ponen trampas en las que por lo general vengo a caer, cuando menos pienso. Salgo cuando no hay gente, y por eso es que casi nunca se me ve.

Cadejos.—Hay tanto animal, que ya nuestra sociedad está hastiada de ver tanto bicho de mal agüero. En estos últimos tiempos han reventado más animales que habitantes hay en esta tierra, y sino ve: “El zancudo”, “El ratón”, “El duende”, etc., etc.; así es que ya el periodismo es calamidad y media. Hay muchos aficionados a periódicos que piensan que el periodismo es un gran negocio, y después se ven desengañados, después de gastar tanto en papel, en cajistas, en derecho de imprenta, no hacen ni para los cigarros.

Ratón.—Es tan cierto eso, como tres y dos son cinco, pues no es este el país de la buena cultura, porque: o hay gente aquí muy tacaña entre los gamonales, o les gusta leer de balde, o hay aquí gente de poca cultura, o hay aquí gente que todo lo quiere merecer y todo lo quiere saber. Esto es todo.

Cadejos.—Yo, como espíritu malo, quiero aparecer de día, pues siempre salgo de noche, para ver si por medio del horror que causo a la humanidad hago ahuyentar a tanto animal, y adivinar, como espíritu malo que soy, todas las buenas o malas acciones de cada prójimo.

Como se desprende del diálogo anterior entre el Cadejos y el ratón, ya para entonces, la prensa era un problema, porque andaba por la libre, que cada cual se apañara como mejor pudiera para publicar su periódico, sin que mediaran mínimas condiciones. Y eso que en la Costa Rica de entonces no existía la Sala Constitucional. De haber existido, como se infiere del texto, al diablo no le hubiese quedado más remedio que retirarse con el rabo entre las patas, como habría escrito Emilio Granados, “autor responsable” de El Cadejos.

Los semanarios humorísticos no tenían piedad con el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno, quien a pocos meses de dejar su cargo, es acosado por “tres sombras”, según constata Ecos del 7 de junio de 1913. (Foto: José Eduardo Mora).

GRAN VITRINA

En la Costa Rica de entonces —finales del XIX y comienzos del XX— este tipo de semanarios cumplían una gran función social, pues no solo convocaban a esos espíritus irónicos y que gustaban de las paradojas, sino que también eran una forma de contrapeso para los poderes del Estado y para las figuras descollantes, que mediante las sátiras se veían retratadas y no siempre salían bien paradas de la mordacidad de los autores.

El humor viene a llenar una serie de vacíos y a complementar la visión de una sociedad determinada. Además, fomenta una especie de diálogo con el destinatario, pues en la mayoría de las ocasiones exige una participación activa de quien contempla la publicación.

Al respecto, Sánchez definía así una de las funciones del humor en su citado artículo: “Incisivo, a veces el humor es intelectual y no solo exige conocimientos más allá de la vivencia cotidiana o de la cultura popular, sino habilidades: saber leer entre líneas. En el juego irónico, el lector colabora en la construcción del sentido de la propuesta al develar la crítica oculta”.

Es así como, por ejemplo, quien abriera El Chapulín, en su edición de diciembre de 1914, se iba a topar con invocaciones que le requerían como lector activo.

“Ojo, Ojo”.

“De este semanario, el de menor circulación en el país, se imprimen dos ejemplares: uno para ud y otra para el editor”, rezaba en la parte superior izquierda.

En la parte superior derecha y basada en el titular “Advertencia”, hacía la siguiente anotación: “Diríjase toda correspondencia a Casal & Chaverri, quienes devolverán originales, siempre y cuando los remitentes no resulten reos del delito de plagio”.

Una de sus principales notas se refería a las elecciones de ese año, 1936, y parodiaba mediante una caricatura el interés que tenían personajes de relevancia en ella, como era el caso de Ricardo Jiménez, Cleto González y Julio Acosta.

Más abajo, luego de tirar de suficiente ironía, el periódico daba cuenta de que incluso “los muertos votan en Costa Rica”.

La Sátira, por su lado, el 11 de setiembre de 1915 alude a un tema que se ha venido extendiendo a lo largo de dos siglos sin que todavía se haya corregido del todo, el cual consiste en la facilidad con que las autoridades de turno crean leyes y promulgan decretos. Una viñeta alude con ironía a esa maquinaria de la “decretomanía”.

Y Sancho Panza, que salió a la luz pública por primera vez un 20 de noviembre de 1897, anunciaba desde el comienzo de su andar por su tierra, que como aquel del que toma su nombre viene a ser escudero y a ayudar a desfacer” entuertos.

“Sale hoy a la palestra Sancho Panza, con la sonrisa en los labios, dispuesto, como el legendario, a servir de escudero de las buenas causas y a reírse de los malos pasos de los Quijotes que tanto abundan en esta bendita tierra”.

Remata esa presentación el periódico dirigido por Rafael Alpízar, de esta manera: “Es un Sancho Panza patriota que, como único fin, perseguirá el bienestar de la Ínsula Costarricense, contándose, como se dijo, no como Gobernador, sino como el último de sus hijos”.

Quienes impulsaban esos semanarios de humor y sátira estaban al corriente de lo que sucedía en el mundo, a pesar de las dificultades que para entonces se acarreaba en relación con la comunicación.

La Semana Cómica da fe de ello en su número del 18 de abril de 1936, al incluir en uno de sus apartados una serie de greguerías de Ramón Gómez de la Serna.

“El sueño nos invita a crímenes y cacerías”. “Un caballo sin cola es un caballo calvo”. “El salero debe ser siempre el pisa – papel del mantel”. “Las camisetas encogen como si volviéramos a la infancia”. “El yo no miento nunca’ es la mayor mentira de los hombres”. “La larga cola de la novia es la vereda que conduce hasta ella al novio desorientado”. “Un puesto de flores en la calle parece la tumba del transeúnte desconocido”. El padre de la greguería en España fue Gómez de la Serna y ya tenía eco en la Costa Rica liberal que se construía.

CONTINUIDAD LIMITADA

A partir de la segunda mitad del siglo XX hubo presencia del humor en la prensa nacional mediante caricatura diarias o semanales con exponentes de distintas visiones y calidad en sus trabajos. Tal fue el caso, entre otros, del maestro Hugo Díaz, Fernando Zeledón, Arcadio Esquivel, Allan Fernández Núñez (Nano) y de más reciente aparición Luis Demetrio Calvo (Mecho), quien se inició en su labor en las páginas del Semanario UNIVERSIDAD.

Los medios dedicados de forma exclusiva al humor y la sátira prácticamente desaparecieron. Aunque hubo algunos intentos esporádicos, como La Piapia, impulsada por Alberto Cañas en 1961, pero como él mismo lo dijo, tuvo una corta vida. Diez años después de su desaparición, La Piapia se transformó en una página que por años apareció en La Prensa Libre. Otra página que se mantuvo durante un largo período fue La Machaca, de Miguel Agüero, la cual se publicaba a diario en La República.

El Semanario UNIVERSIDAD mantuvo, también, durante años una sección llamada El Zapallo de Lata, ácido y de humor negro, y de cuyo autoría se sospechaba pero nunca se confirmaría quién o quiénes estaban detrás de aquellos punzones a los políticos de turno.

La línea crítica que manejaban estos espacios, por su naturaleza, permitía a los lectores un punto de vista distinto de la realidad que le contaban en otras secciones, y ello conllevaba a un equilibrio informativo.

REDES Y VACÍO

En el entorno actual, el costarricense continúa con su vertiente de humor que le caracteriza y muchas de las frustraciones aparecen ahora por medio de los denominados “memes”, que hacen eco en las redes sociales.

Estas manifestaciones, que han de ser de interés para sociólogos, carecen, sin embargo, de una línea artística, aunque algunos alcanzan cuotas, y desencadenan en la chabacanería y en repetición sin mayores sentidos.

Pese a ello, al tener un entorno digital favorable, los ciudadanos han encontrado en ese mecanismo una manera para el desahogo, para alzar la voz ante las muchas contradicciones que observa en el país en diferentes campos.

Los medios digitales, que son los que han emergido con fuerza en los últimos años, ofrecen pocas alternativas de humor y sátira realizada con una mayor vocación de profundidad.

La sistematización del humor y la sátira que ofrecían los semanarios y revistas que aparecieron en la Costa Rica de finales del XIX y comienzos del XX han desaparecido de los medios.

La pregunta que flota y que deberían de responder los investigadores sociales es: ¿por qué en un país tan convulso como el actual el humor de altura ha sido desterrado casi por completo de los medios de comunicación?

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