Ha muerto el crítico literario más influyente del mundo

El 14 de octubre, a sus 89 años, murió Harold Bloom, quien se saltaba modas y semióticas, y ponderaba la calidad estética del texto por encima de cualquier consideración fácil y truculenta

Harold Bloom llegó a creer que Shakespeare era Dios. De esta manera, Bloom admiraba al dramaturgo por encima del género humano al completo. En esa atalaya solo podía ubicarse a su lado Miguel de Cervantes Saavedra. Todos los demás grandes de la literatura estaban un peldaño más abajo.

Su muerte, el 14 de octubre de 2019, a los 89 años dejará un vacío inmenso en la crítica literaria. Ningún crítico alcanzó, en el último medio siglo, cuotas de profundidad, estética y compromiso como lo hizo él. En Yale, donde enseñó literatura por 50 años, quedan sus discípulos, pero su estatura para desentrañar la belleza y la hondura humana del texto pocos podrán alcanzarla.

Las verdades de Bloom eran contundentes, hiperbólicas y sin matices. No temía a las críticas, más bien las respondía con uno de los recursos claves en la literatura desde tiempos inmemoriales: con ironía.

Era un lector voraz desde que aprendió a leer a los cinco años. Recomendaba que la gran poesía había que aprendérsela de memoria y recitarla en voz alta. Sus libros eran incendiarios porque, por lo general, iban contracorriente. En El canon occidental dejó por fuera a grandes escritores e incluyó a los que más conocía y amaba, y despertó un sinnúmero de polémicas alrededor de la lista elegida.

William Shakespeare era la medida de todas las cosas para Bloom. (Internet).

En ese libro arremetió contra el multiculturalismo, feminismo, neoconservadurismo, marxismo, neohistoricismo y lo políticamente correcto. A todos ellos los juntó en el concepto “la Escuela del Resentimiento”, así que al libro le aparecieron detractores por doquier, pero Bloom se quedó muy campante con Tolstoi, Montaigne, Cervantes, Shakespeare, V. Woolf, Milton, Dante, Beckkett y otros tantos hasta llegar a 26 autores analizados en su libro.

El canon occidental es un volumen controversial como lo era su autor, que no temía llamar a las cosas por su nombre -probablemente ello le venía de su insaciable amor por la poesía-, por eso decía que era imposible rescatar a los estudiantes universitarios que llegaban a las aulas con la televisión como ente formador de sus conciencias.

Ante la “Escuela del Resentimiento”, Bloom apela como medio para la crítica literaria, al camino que le habían trazado sus dos grandes maestros: William Hazlitt y Samuel Johnson.

En Cómo leer y por qué, un libro espléndido, que debería de ser un texto de cabecera de todo aquel que ame la literatura, sin que ello signifique estar de acuerdo con todo lo que el autor plantea, Bloom desgrana las claves que lo guiaron como lector y crítico a lo largo de su vida.

En el propio comienzo del libro, hace una confesión capital para comprender todo su hacer como profesor y crítico. “Según he llegado a entenderla, la crítica literaria no debe de ser teórica, sino empírica y pragmática. Los críticos que considero mis maestros –en particular Samuel Johnson y William Hazlitt- practican su arte a fin de hacer delicadamente explícito lo que en un libro hay de implícito”.

Ahí está la declaración como una catedral: demoledora y contundente. Se desprende, también, una primera razón para entender el porqué los semióticos lo detestaban.

A Bloom le interesaba la crítica literaria como una forma de enriquecer el libro, de ampliarle horizontes, para darle al lector pistas que pudiera seguir o rebatir. No practicaba la crítica literaria para crear metalenguajes e intrincados discursos que ni sus mismos autores entendían.

Y la cita explica, por sí misma, por qué Bloom, pese a su desbordante erudición, nunca buscó impresionar a nadie con su conocimiento de la literatura. Al contrario, creía que leer era un acto enteramente personal y solitario, incapaz de mejorar a nadie que no fuera la propia persona que dedicaba sus horas más preciadas a la lectura.

La tentación del salón literario, del lobby para ganar premios y reconocimiento social le iba de lejos. Huía del dandismo que buscaba la fama antes que la estética pura del texto.

Encontrarse, por lo tanto, con alguien como Bloom, quien de un solo plumazo echaba abajo todo el andamiaje semiótico, multiculturalista y parafernalio, en el que la estética del texto era relegada a un segundo plano, era toparse con un crítico irreverente, que además cuando hablaba parecía que lo hacía desde la atalaya del absoluto saber, lo cual era una evidente provocación, una esgrima, más que por el conocimiento, en pro de la sabiduría.

Y la lectura a la que dedicó tantas horas y el mayor tiempo de su vida debe ser un ejercicio individual y nunca colectivo, como dictaron las modas posteriormente. “Importa, para que los individuos tengan la capacidad de juzgar y opinar por sí mismos, que lean por su cuenta. Lo que lean, o que lo hagan bien o mal, no puede depender totalmente de ellos, pero deben hacerlo por su propio interés y en interés propio”, dijo en Cómo leer y por qué, libro al que es ineludible volver para escuchar esa voz única y que tenía ecos enciclopédicos, lo cual a su vez lo convertía en una rara avis en el mundo universitario, que con el paso de los años ha ido desplazándose hacia la barbarie del especialismo.

Muchos de sus libros se convirtieron en bestsellers, algo impensable, por lo general, para un crítico literario. (Internet)

 “En definitiva, leemos -algo en lo que concuerdan Bacon, Johnson y Emerson- para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son sus auténticos intereses”.

Con esa idea de la lectura y la crítica literaria, publicó más de 20 libros salidos de su puño y letra y realizó muchas antologías en las que incluyó a los que para él era los mejores escritores, tanto en prosa como en poesía.

Ese niño que estudió en el Colegio de Ciencia del Bronx, en Nueva York, dio muestras desde muy joven de tener una pasión y un entendimiento por encima de la media. Eso lo llevó a estudiar en las universidades de Cambridge, Cornell y Yale. En esta última fue profesor en el departamento de inglés de 1955 a 2019. Su pasión por la literatura hizo que nunca dejara de enseñar. De hecho, como se resaltó con motivo de su muerte, cuatro días antes de partir dio su última clase.

El viejo profesor era un león solitario, porque creía en el elitismo de la cultura, es decir, que si la búsqueda era motivada por modas y normas sociales, el ejercicio de la literatura terminaba truncado.

Consideraba, por ejemplo, que la enajenación de la televisión -que ahora puede extenderse a Internet-, solo conducía a la inmadurez intelectual, tan de moda después de los años setentas, y tan vigente en la actualidad.

“La niñez pasada en gran medida mirando la televisión se proyecta en una adolescencia frente al ordenador, y la universidad recibe a un estudiante difícilmente capaz de acoger la sugerencia de que debemos soportar  tanto el haber nacido como el tenernos que morir; es decir, de madurar”.

En definitiva, la profundidad que Bloom encontraba en la literatura y que proyectaba en sus críticas literarias pasaba por tres elementos a su juicio esenciales: “A lo que leo y enseño solo le aplico tres criterios: esplendor estético, fuerza intelectual y sabiduría”, confesaba en ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, un tomo en el que dedica su estudio a la literatura sapiencial.

“Las presiones sociales y las modas periodísticas pueden llegar a oscurecer estos criterios durante un tiempo, pero las obras con fecha de caducidad no perduran. La mente siempre retorna a su necesidad de belleza, verdad, discernimiento. La mortalidad acecha, y todos aprendemos que el tiempo siempre triunfa. Disponemos de un intervalo y luego nuestro lugar ya no nos reconoce”, precisaba.

Sobre el discernimiento, Mario Benedetti insistía mucho, y así lo plasmó en su amplia labor como crítico literario, una de los tantos oficios que desarrolló el poeta uruguayo a lo largo de su vida.

“¿De qué sirve la sabiduría si solo puede alcanzarse en soledad, reflexionando sobre lo que hemos leído? Casi todos nosotros sabemos que la sabiduría se va de inmediato al garete cuando estamos en crisis”, asegura Bloom en el citado libro.

Escuchemos a Bloom

 “Cuando yo era muy joven, la libertad me llamaba a través de los poetas que primero amé: Hart Crane, William Blake, Percy Bysshe Shelley, Wallace Stevens, Walt Whitman, William Butler Yeats, John Milton y, por encima de todos, William Shakespeare en Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra. La sensación de libertad que conferían me sumía en el interior de una exuberancia primordial. Si los hombres y las mujeres inicialmente se hicieron poetas mediante un segundo nacimiento, mi propia sensación de haber nacido dos veces me convirtió en un crítico incipiente.

“No recuerdo haber leído crítica literaria cuando estudiaba en la universidad, pero sí biografías de escritores. A los 17 años me compré el estudio de Northrop Frye sobre William Blake, Fearful Symmetry, poco después de su publicación. Lo que Hart Crane significó para mí cuando tenía 10 años, lo fue Frye a los 17: una experiencia abrumadora. La influencia de Frye perduró durante 20 años, pero concluyó bruscamente en mi 37 cumpleaños, el 11 de julio de 1967, cuando desperté de una pesadilla y me pasé el día entero componiendo un ditirambo: “El querubín protector; o la influencia poética”. Seis años más tarde se había convertido en La ansiedad de la influencia, un libro que Frye rechazó de plano desde su posición de platónico cristiano.”

“Ahora, a mis 80 años, no tendría paciencia para releer a Frye, pero me sé casi todo Hart Crane de memoria, lo recito abundantemente cada día, y continúo enseñándolo en clase. He llegado a valorar a otros críticos contemporáneos –sobre todo a William Empson y Kenneth Burke–, pero ahora también prescindo de ellos. A Samuel Johnson, William Hazlitt, Walter Pater, Ralp Waldo Emerson y Oscar Wilde los sigo leyendo igual que leo a los poetas.”

Bloom en la biblioteca pública de Nueva York en 2004. (Internet)

“La crítica literaria, tal como yo pretendo practicarla, es en primer lugar literaria, es decir, personal y apasionada. No es filosofía, política ni religión institucionalizada. En sus autores poderosos Johnson, Hazlitt, Charles Augustin Sainte-Beuve y Paul Valéry, entre otros, se trata de un tipo de literatura sapiencial y, por tanto, de una meditación sobre la vida; es en sí misma la forma de la vida, esta no tiene ninguna otra forma.

“Este libro me devuelve a la cuestión de la influencia. De niño, me abrumaba la inmediatez de los poetas que primero amé. A los 10 o 12 años, al leer buscaba el lustre, en expresión de Emerson. Y este lustre se ha ido memorizando en mí. Han seguido muchísimos poetas, y el placer de poseerlos de memoria me ha ayudado a vivir durante muchas décadas.

“Si llevas contigo a los grandes poetas ingleses y norteamericanos porque los has interiorizado, después de algunos años las complejas relaciones que mantienen comienzan a formar enigmáticas pautas”, escribió en las páginas 17 y 18 de Anatomía de la influencia. La literatura como modo de vida.

La invención de lo humano

Para Bloom, que recibió la Medalla de Oro como crítico literario por parte de la Academia Americana de Artes y Letras, todo comenzaba y terminaba en Shakespeare.

Por eso el autor de Ensayistas y profetas decía que la literatura tiene un brusco antes y después de Shakespeare.

“Antes de Shakespeare, el personaje literario cambia poco, se representa a las mujeres y a los hombres envejeciendo y muriendo, pero no cambiando porque su relación consigo mismos, más que con los dioses o con Dios, haya cambiado. En Shakespeare, los personajes se desarrollan más que se despliegan y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos. A veces esto sucede porque se escuchan hablar a sí mismos o mutuamente. Espiarse a sí mismos hablando es su camino real hacia la individuación, y ningún otro escritor, antes o después de Shakespeare, ha logrado tan bien el casi milagro de crear voces extremadamente diferentes aunque coherentes consigo mismas para sus ciento y pico de personajes principales y varios cientos de personajes menores claramente distinguibles”, expresó en su monumental estudio Shakespeare. La invención de lo humano.

 Este crítico literario, que como bien lo aceptaba se movía entre la literatura inglesa y la estadounidense, por lo tanto, no sabía mucho ni dio cuenta de la literatura latinoamericana, destacaba su admiración suprema por Shakespeare y lo proclamaba en voz alta para que le escucharan sus seguidores y sus numerosos detractores.

“La bardolatría, la adoración de Shakespeare, debería ser una religión secular más aún de lo que ya es. Las obras de teatro siguen siendo el límite exterior del logro humano: estéticamente, cognitivamente, en cierto modo moralmente, incluso espiritualmente. Se ciernen más allá del alcance humano, no podemos ponernos a su altura. Shakespeare seguirá explicándonos”.

Si alguien pensó que aquí se podría acabar ese retrato que Bloom hace en Shakespeare. La invención de lo humano, se equivoca, porque va mucho más allá, hasta el punto de que su prosa estremece al más frío de sus lectores.

“…Comparto la tradición johnsoniana al alegar, casi cuatro siglos después de Shakespeare, que fue más allá de todo precedente (incluso de Chaucer) e inventó lo humano tal como  seguimos conociéndolo”.

Los personajes de Shekespeare son tan potentes desde el punto de vista de la personalidad, que muchas veces trascienden el ámbito de sus propias obras para insertarse en la vida y rivalizan, también, con grandes creaciones.

“Un número sustancial de norteamericanos que creen adorar a Dios adoran en realidad a tres principales personajes literarios: el Yahweh del Escritor J (el más antiguo autor del Génesis, Éxodo, Números), el Jesús del Evangelio de Marcos, y el Alá del Corán.

No sugiero que los sustituyamos por la adoración de Hamlet, pero Hamlet es el único rival secular de sus más grandes precursores en personalidad su efecto total sobre la cultura mundial es incalculable. Después de Jesús, Hamlet es la figura más citada en la conciencia occidental; nadie le reza, pero tampoco nadie lo rehúye mucho tiempo”.

Falstaff, Rosalinda, Yago, Lear, Macbeth, Cleopatra y desde luego Hamlet son analizados en Shakespeare. La invención de lo humano, un libro con un afán de abarcar lo inabarcable: a Shakespeare. Este es el amor puro que Bloom le proclamaba a Shakespeare en tantas y tantas páginas que le dedicó.

Doble muerte

 A diez días de su muerte, no tardaron en aparecer los detractores de Bloom, quienes, una vez más, cuestionaban la validez de un canon y, por ende, de su canon literario, que aunque había incluido a mujeres, lo consideraban, cuando menos, discriminatorio.

Y aprovechaban para plantear la idea de si los tiempos que corren no son más propicios para una igualdad, incluso, si fuera necesario, más allá de los criterios estéticos con que se aborde el texto.

En una nota del 24 de octubre, intitulada “Muerto Bloom, se acabó el canon”, los periodistas Andrea Aguilar y Carlos Geli, de El País de España, hacen una breve indagación sobre el tema, con el fin de  determinar si lo realizado por Bloom prevalecerá o será un material de pronta hoguera.

No obstante, en la propia noticia, el célebre editor Jorge Herralde, fundador de la editorial Anagrama, afirmaba: “Quizá se equivocó y dejó cosas fuera, pero su libro es literariamente indiscutible”. Se refería a El canon occidental. Y agregaba: “Su labor fue sencillamente brutal y discutirlo es, como poco, curioso; su capacidad de indagación y síntesis es inusual”.

Y el profesor de literatura Jordi Llovet, en ese mismo escrito, puntualizaba: “Ha sido uno de esos intelectuales norteamericanos que no ha tenido reparos en subrayar lo que han afirmado todas las poéticas y estéticas del hecho literario: con independencia del color de la piel o del sexo, de que uno sea ciego o vidente, borracho o abstemio, negacionista o activista contra el cambio climático, lo que debe primar en la consideración de una obra literaria es su calidad, no quién lo ha escrito”.

Harold Bloom pensaba que Shakespeare era Dios. Al menos era su dios. Y para él, la estética en el hecho literario debía estar por encima de las modas y las semióticas, porque en ella estaba la belleza y la verdad en una redundancia infinita por los siglos de los siglos…


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