Fabio Herrera, pintor del agua lúcida

Hasta el 29 de diciembre, la Galería Nacional del Museo de los Niños presenta la exposición del artista visual Fabio Herrera, con 200 acuarelas que abarcan 52 años de su trayectoria.

Estaban guardadas sin ver la luz, aunque están hechas de luz. Se trata de 200 pinturas que Fabio Herrera, el maestro costarricense de la acuarela, tenía archivadas producto de su febril y apasionado ejercicio artístico de larga data.

Las decenas de cuadros son expresión de su arte desde que tenía 16 o 17 años cuando en Pérez Zeledón, su pueblo natal, empezó a pintar paisajes diáfanamente rurales y atardeceres de un intenso color fuego.

Descubrir ese tesoro fue para su pareja y también artista visual, Mario Maffioli, como una epifanía.

1987, «Buscando el cielo en Manzanillo», 55x75cm.

La revelación lo llevó a plantearse la posibilidad de realizar una exposición con las acuarelas de Herrera y rendirle homenaje al maestro, último expositor de la escuela nacionalista costarricense que compartió con Margarita Bertheau, Teodorico Quirós y Francisco “Paco” Amighetti.

Así inició Maffioli el comprometido camino de seducir instituciones como la Municipalidad de San José y la Galería Nacional del Centro Costarricense de Ciencia y Cultura (Museo de los Niños) con el fin de que patrocinaran la muestra.

No tuvo que conjurar demasiado, pues rápidamente ambas instancias acuerparon el proyecto, logrando el cometido de que las pinturas pudieran ser disfrutadas por un público amplio.

En la actualidad, la exposición La luz permanece abierta hasta el 29 de diciembre en las dos plantas de la Galería Nacional, con entrada libre, de martes a viernes de 9 a.m. a 4 p.m. y los sábados y domingos de 8:30 a.m. a 5 p.m.

Secar el tiempo

Herrera dedica sus horas pictóricas, que suelen iniciar en las madrugadas, a desarrollar el tema de la luz que para él es la “no sombra” y el pigmento con agua. “La luz está en el papel”, revela.

Pinta los paisajes donde camina con sus amigos pintores que han formado parte de su trayectoria, para plasmar la soledad, los temores, alguna fantasía, la añoranza, la nostalgia y la esperanza.

Las acuarelas no son un invento ni vienen de imágenes fotográficas; los lugares existieron, existen y Herrera los pinta directamente en el lugar.

“Todo es vivo, y es la luz la razón por la que pinto, porque lo que trato de encontrar es la luz en esos ojos que me miran, donde queda reservado ese papel blanco para destacar la luz, lo demás es pigmento que voy poniendo”.

Hay acuarelas que son una letrina frente al mar, un privado en el estero o una lancha abandonada en una playa “lejísimos”, que Herrera captura, traza e “imprime” antes de que se seque el agua pigmentada en el papel.

En eso consiste la magia de la técnica milenaria: jugar con el agua, la transparencia del pigmento y el tiempo casi instantáneo de secado. Es una captura sin ningún artificio ni intervención, más que el objeto, la visión, la mano con sus pinceles y el aire.

1975, «Cantero en Coronado», 47x62cm.

Para Herrera, los temas que pinta son sencillos, como las tres acuarelas tituladas Casa del pescador.

“Son tres casas diferentes que en algún momento dije que me hubiera gustado vivir en una de ellas”.

Nunca conoció a sus pobladores, por eso las pintó, porque estaban en total soledad. “Los hombres que habitaban ahí estaban en el mar: una solamente tenía una cama, sin colchón y sin almohada, la otra tenía solamente una mesa con un plato vacío y la otra no tenía nada. Tal vez me hubiera metido de precarista en esa, y ahí estaría viviendo”, se ríe.

Herrera hace trazos que son puro sentimiento, según expresa, cosas por las cuales valió la pena llegar tan lejos como ha ido y que le ha permitido recorrer todo el país.

Incluso llegar hasta donde el autobús ya no seguía, y a partir de ahí continuar por una montaña hasta la cumbre de un cerro, en donde se detenía para ver desde lo alto los techos de un caserío barranco abajo.

De esta forma, ha interiorizado el paisaje y la luz de Costa Rica desde su infancia en Pérez Zeledón, cuando lo sorprendía el amanecer, cuando el sol salía al otro lado del Chirripó con sus 4000 “y pico” metros de alto.

Esa luz de repente se asomaba por encima de los cerros vecinos y sobre el valle. “Iluminaba y empapaban el calor y el vaho por la temperatura tropical del lugar donde he crecido”.

“Me decían que era un puerto sin mar y esa frase me llamaba muchísimo la atención hasta que conocí el mar, cuando mi abuelo me llevó en un pick up e íbamos manejando serpientes”.

Esa impresión profunda hizo que su pintura girara alrededor del mar, de la vida de los pescadores, de los pequeños caseríos, las lanchas, la arena, las palmeras, los zopilotes, las nasas.

1988, «Jarra de Guaitil», 73x54cm.

Acuarela antigua

Cuando Herrera habla sobre la acuarela, la describe con la delicadeza misma de la técnica.

Con detalle explica sobre su antigüedad y procedencia china, y cómo surge pariente de la caligrafía, realizada con un palito de bambú que a su vez tenía pegado otras fibras de bambú o sedas para formar un pincel.

“Los chinos son gentes de bambú porque son fuertes y débiles”, afirma Herrera, “así como el bambú, que es flexible y fuerte a la vez. La escritura china es así, va desde lo más delicado hasta lo más fuerte”.

Herrera explica que esos dibujos (ideogramas) son el nacimiento de la escritura y de la pintura, la primera hecha con tinta tomada del carbón u otros tintes naturales, y la segunda con pigmentos salidos de piedras azules, flores y de orines de caballo que tenían un color verdoso, mezclados con cera de abeja.

“Me gusta usar todo tipo de pinceles. En esta exposición tengo una acuarela que fue pintada con una pluma de una gallina de guinea, y aunque la idea era que pintara un gallo, la pluma era mágica y pintó una gallina de guinea porque de ahí provenía esa esencia”.

Siendo parte de la generación nacionalista con Teodorico Quirós, Fausto Pacheco y Margarita Bertheau, Herrera recuerda con placer haber sido alumno de Bertheau los tres últimos años de su vida.

Asimismo, haber compartido con Amighetti que se había retirado de profesor, hacía xilografía y paralelamente pintaba acuarela. “En 1987 y 1988 tuve la dicha de ser su asistente en las xilografías y en algunos momentos me invitó a que saliéramos a pintar juntos acuarela también”.

1985, «Casa de pescador», 48x65cm.

Herrera estudió en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Costa Rica de donde se egresó.

Gracias a la escritora Carmen Naranjo, consiguió una beca a Barcelona por tres años para estudiar en la Escola Massana. “Estudié en la sala del hospital donde murió (Antonio) Gaudí, que después convirtieron en la escuela de diseño gráfico”, contó.

Al tercer año se retiró de la carrera y anduvo con sus tablas de acuarelas por Cataluña. “Me costó adaptarme en ese sistema; el franquismo acababa y empezaba una liberación de Cataluña que como país todavía no consigue”.

Cuando decidió volver a Costa Rica, guardó en un baúl 68 libretas con escritos, notas y dibujos, lo lanzó al mar y luego lo recogió en Limón.

Al contar la anécdota, Herrera se ríe travieso como un niño. Es una metáfora como lo son las 200 acuarelas exhibidas en la Galería Nacional.

Metáfora del tiempo que se seca, del agua lúcida y los pigmentos, de la luz en un intersticio de un papel que no se pinta para que ilumine las sombras y los colores.


Intersticios de luz

La exposición La luz del maestro Fabio Herrera consta de 200 acuarelas y tres videos, que abarcan 52 años de su trayectoria como artista visual.

La muestra forma parte del programa San José Vive de la Municipalidad de San José, que patrocinó las exposiciones de los escultores Edgar Zúñiga y Jorge Jiménez Deheredia.

Se inauguró el 7 de noviembre y estará abierta en la Galería Nacional del Museo de los Niños hasta el 29 de diciembre, de martes a viernes de 9 a.m. a 4 p.m., y sábados y domingos de 8:30 a.m. a 5 p.m.


 


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