Cultura

España opaca el esplendor del castellano

El texto de la llamada Ley Celaá, aprobado en comisión para ser discutido en el Congreso, desbanca al castellano como lengua oficial de España, le quita la condición de “lengua vehicular” de la enseñanza.

Cuenta la historia que Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, aprendió castellano para leer en la lengua original a Don Quijote de la Mancha, la primera gran novela moderna, y que más tarde se convertiría en la novela de novelas y le daría al español una difusión sin precedentes en la historia de la literatura.

El psicoanalista mexicano Carlos Chávez Macías, autor del ensayo Don Quijote, primer sicoanalizado de la historia: la probable influencia de Miguel de Cervantes en Sigmund Freud (editado en Porrúa Print), resaltaba en una entrevista la admiración que Freud le profesó al texto cervantino, al aprender el idioma en que fue escrito el Quijote.

El padre del psicoanálisis Sigmund Freud aprendió español para leer en lengua original al Quijote. (Foto: Internet).

La alusión viene porque mientras en el mundo entero crece el interés y la admiración por el castello, las discrepancias políticas internas, las luchas ideológicas y las disputas entre las distintas comunidades autónomas, han llevado a la presentación de la Ley Celaá, que entre otros asuntos desbanca al castellano como lengua oficial de España y le quita la condición de “lengua vehicular”.

Aunque suene a paradoja, el país en el que se escribió la obra magna de la literatura castellana y universal, le quita a su idioma la supremacía y lo relega a un segundo plano en algunos contextos, a tal punto que en muchas comunidades autónomas los alumnos de primaria y secundaria tendrán que recibir su educación en otra lengua.

La Ley Celaá lleva este nombre porque fue propuesta por la actual Ministra de Educación Isabel Celaá, y ha despertado inquietudes dentro y fuera de España, porque al amparo de concesiones ideológicas y políticas arrastra en sí al castellano, considerado la gran patria de más de 25 naciones entre España y el bloque de América Latina.

De esta manera, la política interna española, enzarzada en una lucha sin cuartel por una serie de situaciones de carácter ideológico, de paso deja las secuelas para su lengua, que se ha convertido en la segunda en relevancia en el mundo.

De acuerdo con el anuario del Instituto Cervantes, en 2019, un total de 580 millones de personas hablaban castellano. Lo que representa un 7,6% de la población mundial.

De esa cifra, 483 son hablantes nativos y el resto de naciones en las que el español ha llamado mucho la atención, tanto que dejó rezagado al francés, que a comienzos del siglo XX era la lengua por excelencia de la intelectualidad.

Además de los países hispanohablantes reunidos en América Latina, sobre todo, el idioma de Cervantes se habla en 110 naciones.

Como lengua materna, el español es la segunda más hablada del mundo, solo superada por el chino mandarín por las razones obvias, dado que China posee 1.400 millones de habitantes. De ellos, 950 millones hablan el mandarín.

Datos del Instituto Cervantes apuntaban que en la actualidad al español lo estudian 22 millones de personas en 110 países.

“El español es el idioma de todos y cada uno de los españoles, la base de nuestra cultura, diversa y plural, la principal garantía de la unidad cuya capacidad vehicular nos enriquece…”, César Antonio Molina.

En Brasil, por ejemplo, el español es una materia obligada en secundaria, al considerar esa nación que es una de las lenguas con más proyección en el mundo.

En Estados Unidos el interés por el castellano es innegable. Tiene una gran presencia en colegios, pero ante todo en universidades. Incluso, al haber una gran inmigración de latinoamericanos, se estima que en 2.050 habrá más hispanohablantes en este país que en naciones como México. Incluso, existe la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), la cual fue constituida desde 1973. Debió llamarse la Academia Estadounidense de la Lengua, pero las autoridades de Nueva York, donde se constituyó, no aceptaron la denominación “estadounidense” porque podría confundirse con un ente gubernamental, según alegaron en aquel momento.

Para entender el aporte de esta academia, basta con leer las palabras que el Secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) le dedica a la Academia Norteamericana: “He dicho en más de una oportunidad que la ANLE es una de las academias más importantes de la Asale, no solo por la productividad y buen trato con la lengua, sino por la inmensa responsabilidad que tiene y tendrá cada vez más, en consonancia con el pasmoso crecimiento del español en los Estados Unidos. Nuestra lengua está llamada a mejores tiempos y, también, los está llamando”.

Además del creciente interés en Estados Unidos por el español, en Italia 687.00 personas lo estudian; en Alemania, 554.000; mientras que en Reino Unido, 519.000 y en Costa de Marfil, 566.000, según el Instituto Cervantes.

Andrés Bello escribió en 1847 La Gramática de la Lengua Castellana para darle unidad al español de América.  (Foto Internet).

INEXPLICABLE

El escritor Arturo Pérez Reverte, el autor español más leído en el mundo en la actualidad, explicaba en sus redes sociales que ante la medida de marginar al español era difícil entender cómo un gobierno era capaz de llegar a tal límite.

Y entonces tiraba de sus afiladas ironías para ver pasar la procesión: “Últimamente, mi máxima aspiración es conseguir tomarme todo esto como se lo tomaría un inglés que viviera en Marruecos. Es difícil, lo sé; pero creo que se puede”.

Pérez Reverte, quien recientemente publicó Línea de fuego, una novela sobre la Guerra Civil española que en los primeros días se ubicó como la número uno en la lista de las más vendidas, es miembro de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), y un defensor del idioma en que Cervantes, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, Jorge Guillén y José Ortega y Gasset expresaron sus ideas y contaron sus historias.

Como lo dijo en otro contexto, Pérez Reverte es del criterio de que “los políticos no se mandan pistoleros porque no pueden”.

En medio de la discusión por el hecho de relegar el español a un segundo plano, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) aduce que la Ley Celaá lo que busca es fomentar la pluralidad cultural y lingüística.

Otra de las voces reconocidas en España que se sumó a la protesta por las medidas fue la del escritor y exministro de Cultura César Antonio Molina, que junto con un amplio grupo de exmiembros del PSOE respalda un manifiesto a favor del castellano como lengua oficial y vehicular de España.

La llegada de Cristóbal Colón a América desencadenó un saqueo brutal por parte de la corona de las riquezas del continente “descubierto”. Quedo, sin embargo, el idioma español como legado. (Foto Internet).

Molina se desempeñó como Ministro de Cultura entre 2007 y 2009. Antes del 2004 al 2007 fue director del Instituto Cervantes, que tiene como misión fomentar y difundir el castellano en el mundo.

“El español es el idioma de todos y cada uno de los españoles, la base de nuestra cultura, diversa y plural, la principal garantía de la unidad cuya capacidad vehicular nos enriquece. […] El acervo literario y lingüístico pertenece a todos los españoles y a seiscientos millones de hispanoparlantes, cuyas raíces comparten el orgullo de hablar y escribir la lengua de Cervantes”, reza parte del texto subido a la plafatorma Change.org, que contaba con más de 130.000 firmas de apoyo luego de cinco días de publicado el texto.

HUELLA EN AMÉRICA

Con todo lo que significó la conquista española en América, iniciada el 12 de octubre de 1492 cuando Cristóbal Colón desembarcó en la isla de Guanahaní, conocida hoy como isla Waitling, en Las Bahamas, se desató no solo una brutal explotación y saqueo de todo lo que encontró a su paso, sino que como corolario de esa travesía en busca de recursos para fortalecer las finanzas de la corona española, el castellano —como legado— sería uno de los pocos elementos perdurables de aquellos años aciagos para las culturas autóctonas.

Muchos años después de ese hallazgo así lo iba a reconocer de manera implícita el intelectual venezolano, más tarde chileno por naturalización, Andrés Bello, quien en 1847 presentara La Gramática de la Lengua Castellana.

Este texto procuraba varios objetivos, entre ellos destaca la idea de que ese conjunto de normas y descripciones permitiera la unidad de los pueblos de Hispanoamérica a través del castellano como vehículo principal.

“No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispanoamérica. Juzgo importante la conservación de la lengua de nuestros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes. Pero no es purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifiestamente innecesaria, o cuando no descubre la afectación y mal gusto de los que piensan engalanar así lo que escriben”.

Esto escribía Bello en el prólogo de su gramática, en la que manifiesta esa preocupación porque en Hispanoamérica se aprovechen las ventajas “inapreciables de una lengua común”.

Aunque en la práctica el castellano no va a desaparecer en el conjunto de la enseñanza española, lo que llama la atención y que invita a pensar en ese realismo mágico que encontrara en América Latina tantos referentes diarios como para multiplicarse de forma exponencial, es el hecho de que el país que más debe darle esplendor al español, en reconocimiento de lo que ha sido su aporte a la cultura y a las artes, lo arrincona por fines estrictamente ideológicos.

Si Bello fue capaz de ver la grandeza de aquel idioma que habían legado, sin querer quizá, pero dado al fin, cómo hoy en siglo XXI no lo ven los políticos de turno.

Y Bello advertía, con una claridad asombrosa, de que no se trataba de excluir ni de marginar otras lenguas u otras alocuciones, sino de fomentar la unidad que podría propiciar todo el ulterior desarrollo material y espiritural de estos pueblos americanos.

“No se crea que recomendando la conservación del castellano no sea mi ánimo tachar de vicioso y espurio todo lo que es peculiar a los americanos. Hay locuciones castizas que en la Península pasan hoy por anticuadas, y que subsisten tradicionalmente en Hispanoamérica; ¿por qué proscribiarlas?

Detrás de lo que estaba Bello, como ya se ha estudiado a profundidad a lo largo de la historia, era de dotar a su América de una gramática que contribuyera a la unión de los hispanohablantes, sin exclusiones de ningún tipo.

“Si según la práctica general de los americanos es más analógica la conjugación de algún verbo, ¿por qué razón hemos de preferir la que caprichosamente haya prevalecido en Castilla? Si de raíces castellanas hemos formado vocablos nuevos, según los procederes ordinarios de derivación que el castellano reconoce , y  de que se ha servido y se sirve continuamente para aumentar su caudal, ¿qué motivos hay para que nos avergoncemos de usarlos? Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía…”.

UN GIRO FAVORABLE

Los integrantes de la Real Academia Española (RAE) se dieron cuenta de que la fortaleza de su lengua estaba en América Latina y a partir de ese despertar comprendieron que en una región con más de 450 millones de hablantes estaba el futuro de su idioma.

Por tal motivo, empezaron por cambiar el nombre al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE), el cual pasó a denominarse Diccionario de la Lengua Española (DLE). Aquí hay influencia de Internet y su afán universalizador, pero el espíritu de cooperación antecedió a este apartado.

En 2001, por ejemplo, la RAE y Asale crearon la Escuela de Lexicografía Hispánica, con el fin de formar especialistas provenientes de los países de habla hispana que contribuyan desde el ámbito académico y centros de investigación con el fortalecimiento del español.

Esa visión panhispánica comenzó con gestos simbólicos a mediados del siglo XIX, pero el verdadero reparto de responsabilidades y competencias data de manera constante y fuerte desde hace 20 años.

Uno de esos primeros guiños que hizo la RAE fue justamente cuando incorporó a Bello como miembro honorario.

El comienzo de la colaboración institucional entre España y los países de América sobre la lengua compartida por todos ellos (en la actualidad, casi seiscientos millones de hispanohablantes) se remonta a mediados del siglo XIX.

Posteriormente, en 1951 impulsados por las academias de Filipinas, Guinea Ecuatoriana, Colombia y México, se creó la Asale.

El giro real en el guion se dio en 1999, con la publicación de la Ortografía de la Lengua Española, la cual había sido por primera vez revisada por todas las academias. En la actualidad la Asale está integrada por 23 academias.

A ello le siguieron obras como el Diccionario panhispánico de dudas; la Nueva gramática de la lengua española; el Diccionario de americanismos, el Diccionario del estudianteEl buen uso del español y el Diccionario de la lengua española.

Dichas poblaciones, a diferencia de lo que sucedió durante casi tres siglos, ya tuvieron un marcado acento panhispánico.

España le quita el rango de idioma oficial al castellano, el idioma en el que se escribió la novela de novelas: Don Quijote de la Mancha. (Foto: Internet).

TERRITORIO DE LA IMAGINACIÓN

Desde el Quijote, pasando por grandes firmas del siglo de oro español como Pedro Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Antonio de Nebrija —autor de la primera Gramática Castellana— hasta Luis de Góngora, el español ha sido un idioma enriquecido por la capacidad de sus artistas y en especial de sus escritores y poetas.

Así es como se explica, también, que América Latina viviera su gran momento de gloria con la explosión del boom, con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, José Donoso, Mario Vargas LLosa y con los antecesores gloriosos como Alejo Carpentier y Augusto Roa Bastos.

Ya antes se había producido un remezón que llegó incluso a España, cuando Rubén Darío culminó y le puso el tinte final al modernismo, a tal punto que la generación del 98, compuesta entre otros por Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, Manuel Machado, Antonio Machado, Pío Baroja, Azorín y Valle-Inclán le reconocieron su gran aporte al citado movimiento, que renovaba la lengua española.

Ese vasto territorio de la imaginación que ha sido la lengua castellana ha unido a Hispanoamérica, tierra de grandes ensayistas como José Martí, Pedro Enriquez Ureña, Mariano Picón Salas y Ezequiel Martínez Estrada, entre otros.

Todo este continente del pensamiento ha sido unido por el castellano y por un Don Quijote que se fue a desfacer entuertos arropado por el idioma que le daría grandeza a él y a sus descendientes a ambos lados del Atlántico, aunque la España política hoy reniegue de la lengua que se abre paso por el mundo con una fuerza imparable.

¿Qué diría Sigmund Freud de una medida así?

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