Cuarenta años de bailar

Escuela y casa para Danza U

Dos de los mayores retos de Danza Universitaria son abrir la carrera en la UCR y contar con un edificio que los albergue.

Imaginarse a Danza Universitaria (Danza U) de la Universidad de Costa Rica (UCR) es pensar en una agrupación propositiva que mueve los cuerpos y las mentes para irrumpir con creatividad el escenario de una sala de teatro, el seno de una comunidad y el entorno académico universitario.

Hazel González, directora de Danza U, confirma el aporte que en distintos ámbitos realiza la institución emblemática desde su fundación en 1978, cuando autoridades de la UCR vieron una coreografía que presentó el grupo independiente Danzacor bajo la dirección del maestro Rogelio López.

Ese momento se convirtió en un hecho que marcó la historia de la danza nacional, pues de ahí surgió Danza U, que, de acuerdo con González, impresionó con su potente discurso y calidad artística a la Vicerretoría de Acción Social de la UCR, que lo reclutó como uno de sus grupos de extensión cultural hace 40 años.

Danza U nace como una compañía profesional que dio el espacio propicio, los salarios y la estabilidad laboral a un grupo de bailarines cuyo deseo era crear obras y experimentar con gran pasión y mística.

Danza Universitaria está conformada por intérpretes comprometidos con la función social y creativa de la profesión.

En esa época, el Estado costarricense dio un apoyo decisivo a las artes en general con la creación del Ministerio de Cultura y Juventud, y a la danza, en particular, con la fundación de la Compañía Nacional de Danza y la Compañía de Cámara de la Universidad Nacional (UNA).

Pensar en Danza Universitaria también es imaginarse a Rogelio López, a quien González describe como una persona “tremendamente carismática, talentosa, inquieta, y que amaba bailar”.

“Creció en un contexto donde era muy importante bailar: Puntarenas. Estaba interesado en los bailes de salón, en los movimientos de la danza afro, de las danzas autóctonas; había estudiado en el Conservatorio Castella y fue influenciado por la expresividad del teatro de la época”, mencionó González.

López dejó su trabajo de archivista en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) para dedicarse a la danza y apostó por eso, según puntualiza González. Los frutos de esa ruta artística son 200 obras coreográficas puestas en escena por la agrupación y decenas de bailarines que se formaron y siguen formándose en su seno.

Esta trayectoria de 40 años de Danza U se decantó en la elaboración de un proyecto para crear el Departamento de Danza como parte de la Escuela de Artes Musicales, que actualmente se encuentra en el Consejo Universitario para ser ratificado y cuyo máximo requerimiento es la aprobación de su presupuesto y la construcción de un edificio que albergue a la unidad académica.

Para hacer una retrospectiva de la labor de la institución y puntualizar algunos de los retos y desafíos que se proyectan, UNIVERSIDAD conversó con González.

¿Cuáles fueron las líneas estéticas y temáticas de Danza U bajo la dirección de Rogelio López?

—Hay que hacer una diferencia, porque en los primeros 28 años de Danza U el coreógrafo más importante fue Rogelio, que entra con un gran deseo de crear, de moverse, de generar obras. Esos primeros años son de mucha exploración con influencia de Cristina Gigirey, que fue maestra y coreógrafa y que les dio un nivel técnico a los bailarines. Después vino el maestro alemán Hans Züllig, que catapultó técnicamente a la compañía. Rogelio experimentaba con todas esas influencias, con inquietudes en una línea lírica, teatral y de experimentación del baile popular. Rogelio generó obras que estuvieron a la vanguardia, que rompieron con el canon estético de la época. Cuando cumple 40 años, hace la obra 40 veces un año, que fue una obra muy cuestionada por el elenco –yo venía llegando a la compañía– y eso generó rupturas. Viéndolo ahora me parece una obra contemporánea, él quería un cambio.

Cuando te pregunté por las temáticas, pensé también en que bailaban obras muy políticas, interpretadas con mucha fuerza y potencia.

—Recordemos que estábamos inmersos en una Centroamérica muy convulsa, veníamos saliendo de la revolución en Nicaragua y de todos los acontecimientos dolorosísimos que se vivían. Eso nos afectaba cotidianamente. La obra Meditaciones en tiempos de guerra tiene relación con eso. Claro que había un compromiso político. En los años noventa, Rogelio logra consolidar un estilo en su abordaje, en su movimiento, en su proceso artístico; hay una hibridación donde no veo fronteras. La fuerza y potencia tiene que ver con la dinámica que Rogelio fomentaba, que permitió mucho la participación, escuchaba a los bailarines. Tal vez no trabajaba con la improvisación como la trabajamos en este momento, pero sí había un espacio para que el bailarín aportara y siempre fomentó la crítica, conversar y hablar sobre lo que pensábamos. Todo eso se traducía en la escena.

¿Por qué se Rogelio deja Danza U?

—Yo lo atribuyo a dos cosas: al crecimiento y maduración de los intérpretes y a la diversidad de pensamiento. Él también había generado articulaciones con universidades en México y Perú y viajaba mucho.  Rogelio estaba a punto de pensionarse, tenía su grupo de aspirantes de Danza U y estaba alejado de la compañía misma. Entonces, los integrantes de la compañía se encaminaron hacia una búsqueda de un cambio de un proyecto universitario donde hubiera una diversidad de propuestas, un acercamiento a las artes, a las otras ciencias, un diálogo y una articulación dentro de la institución, que desde mi perspectiva había quedado soslayado. Rogelio asume el proyecto de Danza Abierta, en la modalidad de educación continua, que graduó a tres generaciones –que se cerró el año pasado y estamos por abrirlo ahora en el segundo semestre–. La compañía queda en manos de Luis Piedra hasta el 2011.

El maestro y exdirector de Danza U, Rogelio López, inició el proyecto con el objetivo de crear obras y experimentar con el lenguaje contemporáneo.

A partir de ese momento, ¿se concretaron estas inquietudes que estás señalando?

—Luis había escuchado muy bien esas demandas del grupo de gente ya madura que pasábamos los 30 años. Ese cambio se gestó por esta generación que elaboramos un documento presentado a la Vicerrectoría de Acción Social, en el que solicitamos trabajo con otros artistas, espacio para hacer nuestros trabajos; teníamos un incipiente aparato de producción que ya no se podía manejar de forma tan precaria. Después, se da un cambio a lo largo de estos años que se acelera cuando llega Luis, que luego se queda con Danza Abierta y yo asumo la dirección.

¿Cuál es la dirección que le estás imprimiendo vos?

—Ya habíamos hecho ese documento base en la que demandábamos recursos administrativos, de producción, presupuesto para no continuar con esa precariedad, transparencia en la presentación de los proyectos, con criterios más claros, ávidos de trabajar con más artistas nacionales y extranjeros, y entrarle de otra forma a la internacionalización. Todo eso decanta en el documento de la carrera, porque empezamos a conversar con las autoridades de la universidad. En la administración de Yamileth González por primera vez se escribe el proyecto. De eso se da cuenta Rocío Fernández como directora de Extensión Social; ella es muy importante para Danza U. Las cosas vinieron ordenándose de ahí en adelante. El nuevo siglo implica el inicio de los protagonismos de otras personalidades de Danza U y después del 2010 el hallazgo es vincular o mirar a la danza más allá del acontecimiento escénico, que no deja de ser muy importante, pero toma en cuenta las articulaciones que pueden generar conocimiento, investigación, formación, teorización, sistematización, relación con la comunidad. La danza es eso también. La danza tiene que ver con todo.

¿Qué significó construir la sala Teatro Montes de Oca?

—Aunque no es una sala con todas las condiciones, significó que nosotros podíamos ensayar en el espacio donde íbamos a presentar nuestras obras, colaborar con otros grupos independientes y de la Universidad que no tenían dónde presentarse, y contar con una plataforma un poco más profesional: luces, linóleo, equipo de sonido. Lastimosamente, el espacio no ha sido atendido y en este momento se cerró para préstamo y presentaciones.

Es muy importante construir pensamiento propio, si bien ha habido una tendencia en el pasado de ver hacia Europa y Estados Unidos. ¿Cómo desarrollar un pensamiento y un movimiento propio?

—Desde los inicios Rogelio fue defensor de nuestras raíces y ha habido una hibridación. Para generar pensamiento y postura propios, es importante lo global y lo local; es un diálogo. Podríamos ser mucho más rigurosos y nos estamos llamando la atención sobre esto. Dentro de la búsqueda de ese pensamiento propio, está esa reflexión constante, esta problematización, donde no das nada por sentado y es importante mirar de dónde venimos y hacia dónde vamos, cómo miramos a otras latitudes, cómo articulamos con África de la misma forma como aprovechamos que se abrió una cátedra de estudios de Corea y del este asiático y llegamos a Asia. Mirar el mundo, no solo Occidente.

¿Han logrado llegar a un terreno base?

—Hay claridad hacia dónde vamos; lo digo por ese documento que es el resultado de cinco años de reflexión, pero una reflexión que comienza de mirar a Danzacor y el contexto nacional e internacional. Es complejo y una de las mayores cualidades que tiene este equipo es que estamos conscientes de esa complejidad. Es el momento de aportarle al movimiento de la danza costarricense un perfil de artista y profesional que pueda moverse y mirar desde esa complejidad.

¿Qué pasa con el público? ¿Hay una retracción?

—Es un tema complejo y multifactorial; yo a veces no concuerdo cuando se dice que ya las obras no gustan tanto como antes. Los tiempos van cambiando y las condiciones son otras. Hace muchos años teníamos poca oferta y éramos pocas compañías, no había mucha oferta del sector independiente, no teníamos un proyecto como Danza Abierta, no habíamos tenido el Conservatorio El barco o Danza Joven de la UNA. Costa Rica tampoco tenía la cantidad de oferta cultural que tiene ni estaba tan bombardeada como ahora, no teníamos internet y, claro, el público escoge. Hemos crecido mucho como medio y hay que competir.

¿Cuál es la estrategia para acercar al público?

—Hemos hecho encuestas para saber cuáles son los públicos. Tenemos un público de entre los 25 y 40 años de edad que nos sigue, con un nivel de escolaridad más alto. Además, hemos trabajado con las unidades académicas a través de conversatorios y descubrimos que hay un nicho de público en la universidad. Hay una limitación para manejar públicos masivos porque hay que invertir en publicidad. No estamos en la época de que todo el mundo nos venga a ver porque somos fantásticos. Además, los públicos no son solo esas personas que van al teatro, es la comunidad, es gente que está cerca, que valora nuestro trabajo. ¿El éxito es ese teatro lleno? Nos interesa generar comunidad con las familias de nuestros proyectos y con los universitarios. No podemos trabajar solos, debemos hacer trabajo interinstitucional, con las comunidades con la sociedad civil, es fundamental.

Entonces, todo este cúmulo se vierte en la propuesta de la carrera de Danza. ¿En qué estado se encuentra?

—Lo más duro y complejo era generar una propuesta robusta, orgánica, innovadora, y logramos articular investigación, docencia y acción social, con un eje transversal de género, discapacidad y ambiente, pero nosotros no podemos abrir una carrera sin tener los espacios adecuados. El rector (Henning Jensen) ha dicho que nos apoya. La solicitud para crear un departamento de Danza en la Escuela de Artes Musicales está en el Consejo Universitario. Requerimos el apoyo efectivo de la administración para la parte presupuestaria y el edificio. Hace dos años se rindió un informe de salud ocupacional diciendo que el edificio está prácticamente para cerrar, es insalubre, con el agravante de que ellos (los bailarines) están descalzos y en el suelo todo el día. Es un reto no solo de nosotros, sino de la Universidad. Son 40 años de 77 que tiene la institución, más de la mitad, con una compañía de danza que es algo más que una compañía, con trabajos que ha hecho en acción social. El empujón lo tienen que dar las autoridades que puedan decir: invertimos en esto.


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