“Yo soy un escritor, no un disidente”

Eran las diez de la mañana cuando a paso lento nos fuimos acercando a la terraza del hotel que tiene por vista el lago Managua

Eran las diez de la mañana cuando a paso lento nos fuimos acercando a la terraza del hotel que tiene por vista el lago de Managua; en la mesa él puso el paquete de cigarros de tabaco negro y yo pedí una botella de agua para llevar el calor usual de esta ciudad.

-No es muy distinto al de La Habana-. Me dice Padura, quien visitaba Nicaragua por primera vez en el marco del festival literario Centroamérica Cuenta 2017.

 Estuve leyendo su discurso de recepción del Premio Princesa de Asturias y lo que más me llamó la atención fue la dedicatoria que le hizo a Mario Conde. Es mucho lo que usted le debe a él.

-Mira, yo creo que haber podido crear un personaje como Mario Conde y que me acompañe desde hace 27 años es una de esas fortunas que uno no se imagina. Es una piedra en bruto que cuando uno empieza a limpiarla, descubre que es un diamante. Mario Conde en la primera novela era un personaje utilitario  porque me servía para reflejar una realidad desde una perspectiva de alguien que está dentro de un cuerpo policial -representa orden- aunque en sí mismo él es un desorden. Pero su función era tener una capacidad de percepción de la realidad, sensibilidad, inteligencia y sentido de lo ético muy importante. A partir de la segunda novela, Mario Conde adquiere una fisionomía definitiva. Vientos de Cuaresma es fundamentalmente una historia de amor, más que una historia policíaca. Ahí yo creo que el carácter de Mario Conde se redondea. Él me ha servido a lo largo de todos estos años para poder acercarme a lo que ha sido la vida cubana, y explicar los conflictos de la sociedad cubana contemporánea, así como los del pasado. Ha ido evolucionando conmigo en su pensamiento y también ha ido envejeciendo conmigo.

Mario Conde es una generación.

-Mario Conde es el comandante de una generación. Yo soy un escritor muy generacional. Explico los conflictos de mi generación en la literatura, el cine, el ensayo y el periodismo que he hecho. Yo creo que Mario Conde está en el centro de esa perspectiva. Desde la literatura, Mario Conde ha sido esencial para revelar ese carácter y los conflictos de una generación. No por gusto Mario Conde nunca está solo sino que siempre está acompañado por ese grupo de amigos que va envejeciendo junto a él y que van sintiendo que se convierten en una especie de tiranosaurios. Esos que están en vías de extinción, arrinconados en un sector del mundo y que son los últimos representantes de una especie.

Hay un fenómeno que aparece en su novela Adiós, Hemingway, y es la nostalgia por los amigos que se fueron, las cartas que se envían a los que viven afuera.

 El hecho de que Cuba haya sido un país en el cual la emigración y el destierro hayan formado parte de la historia social del país y muy específicamente de la historia de su literatura, es un elemento que para mí es fundamental, porque también lo he vivido de manera muy cercana. Una parte importante de mi familia –sobre todo la paterna- se fue a los Estados Unidos desde los años 60, y el drama del exilio lo viví muy de cerca. Tenía un tío que era con el que yo iba al béisbol y en el año 68 se fue de Cuba; para mí fue una pérdida tremenda. En aquella época los que se iban de Cuba se iban para siempre, pues no podían regresar. Y todo eso fue creándome una consciencia de hasta qué punto la dispersión de la familia después de mi generación me iba marcando, y hasta qué punto había marcado toda la historia de Cuba.

Lo he oído decir que un escritor no es de un país sino de una ciudad y que usted es de La Habana.

-Yo creo que un narrador o novelista entiende todos los códigos de una obra a la que trata de darle forma. A veces son ciudades imaginarias, a veces son ciudades reales. En mi caso es una ciudad muy real, La Habana, y que está presente en toda mi literatura. Es un espacio geográfico pero también es un espacio espiritual, una cultura, una forma de ser. Ocurre algo, y es que la cercanía y la pertenencia están muy relacionadas con el hecho de que la ciudad cambia a una velocidad -incluso en Cuba- en la que uno empieza a perder los puntos de referencia. Los lugares, las costumbres, los encuentros y las esquinas que pudieron ser significativas empiezan a desaparecer y con el tiempo es inevitable que ocurra. Eso hace que con el tiempo uno termine construyendo una ciudad de sueños, una ciudad que se va volviendo extraña en la realidad, pero sin la cual no puedo colocar ni desarrollar a los personajes. Por eso La Habana es tan importante para mí, porque es el espacio vital de mis personajes.

Una de sus novelas mejor logradas es La novela de mi vida, que trata, en parte, del poeta José María Heredia. En ella, un elemento importante es lo masónico. Entiendo que su papá era masón. ¿Hasta dónde esa perspectiva, la filosofía de los masones, ha influido en su vida y en su literatura?

-Está muy evidente en la La novela de mi vida

Ahí hasta aparecen algunos de los rituales masónicos.

-Toda una historia masónica, rituales de iniciación, comportamientos éticos, antecedentes históricos de la masonería en Cuba y otros. Pero creo que hay algo que es más profundo y es la cercanía con la filosofía masónica porque me crie entre personas que pertenecen a esa fraternidad. Mi padre era masón antes de que yo naciera; por mi casa pasaban todos los días -y aún siguen pasando a pesar de que mi padre ya murió- hermanos masones. Todo ese concepto de la fraternidad tiene un elemento muy especial que fue esencial desde mi niñez para mi entendimiento de la vida. Estos hombres que podían tener orígenes sociales, características étnicas y niveles culturales diferentes, cuando llegaban y se reunían entre ellos se trataban como hermanos. Esa relación de fraternidad yo creo que la aprendí desde esa época y la he aplicado en el resto de mi vida con las personas que me rodean. El objetivo fundamental de pertenencia a la masonería es la superación y el mejoramiento del individuo. Y creo que eso en mí ha sido muy importante. He tratado de ser -en la medida de lo posible- un hombre bueno y sincero; y te puedo decir que, de manera consciente, nunca he hecho nada para dañar a otra persona. A lo mejor de manera inconsciente, uno no sabe si ha hecho algo que resulta desagradable para otra persona. Pero ese principio de que en el fondo son hermanos y de que uno tiene que ser cada vez mejor, lo aprendí desde mi niñez y lo he practicado toda mi vida.

Los dos géneros que usted más ha trabajado (la falsa novela policíaca y la novela histórica)  son dos formas de contar lo mismo; la ciudad de La Habana, los conflictos sociales que usted tiene a la vista.

 -Mira, la novela policíaca me permite una mirada social directa a una circunstancia y la novela histórica me permite una mirada de carácter sesgado de esa realidad contemporánea apoyado en lo que significa el proceso histórico; lo que aprendemos o no aprendemos de la historia. Yo utilizo la historia para entender el presente. Utilizando uno u otro género mi objetivo es reflejar el presente y entender el presente.

¿Qué otros escritores cubanos además de Alejo Carpentier o de Guillermo Cabrera Infante han influido en sus novelas?

-Hay una tendencia narrativa muy fuerte en la literatura cubana de la que yo participo, de la que aprendí y que practico. Escritores como Lino Novás Calvo, escritores que a veces son menos conocidos porque no tuvieron la fortuna de generaciones anteriores de ser revitalizados o rescatados por el boom. Y después, ya estos últimos años, a esa literatura le cuesta hacerse un espacio en el mercado, pero es una literatura que existe. Escritores como Pablo de la Torriente Brau, Enrique Serpa, Lisandro Otero, Jesús Díaz y mis contemporáneos. Usted decía ahorita que yo era un escritor muy generacional y es así, yo creo que los escritores de mi generación somos muy generacionales: Arturo Arango, Senel Paz, Abilio Estévez.

¿Reinaldo Arenas está cerca de su generación?

-Reinaldo Arenas es de una generación anterior, intermedia, porque él empieza a publicar a finales de los 60, después como que desaparece del panorama de la literatura cubana. Todos los años 70 está sin publicar y reaparece hasta a finales de los 80 con los libros que publica ya fuera de Cuba.

¿Si tuviéramos que definir la percepción de Cuba y la percepción de la literatura que tiene su generación, qué diríamos?

-Que en los 80 fue una literatura de descubrimiento e iniciación y a partir de los 90 fue una literatura de desencanto. Descubrimos el mundo en los 80 y nos desencantamos de él en los 90.

Una condición social importantísima para su literatura, fue el período especial de los años 90 en Cuba. Después de la dependencia que se creó con la Unión Soviética, la caída de eso fue realmente difícil.

-Sí, porque durante varios años se vivió en un estado con una cierta normalidad, que era una normalidad por supuesto artificial porque dependía de los presupuestos o ayudas soviéticas. Y de pronto vivimos un período de una crisis profundísima. Yo creo que en los momentos de crisis y en los momentos difíciles de una sociedad, se revelan mejor las características de la condición humana. Lo bueno y lo malo de los individuos se hacen más presentes e influyen más en cada acto cotidiano. Yo estuve en Angola un año, trabajando como periodista, y ahí conocí lo mejor y lo peor del ser humano. Fue una escuela acelerada de aprendizaje vital y espiritual. Después los años del período especial también fueron años en los que esas condiciones tan difíciles me llevaron a entender muy rápidamente la supervivencia del individuo, la lucha diaria por mantenerse a flote, la búsqueda de alternativas; todas esas cosas me ayudaron a entender mucho mejor los comportamientos humanos.

El periodismo es una de las fuentes de su literatura.

-Yo hice mucho periodismo en los años 80. Trabajé fundamentalmente como periodista y viví profesionalmente como periodista hasta el año 1995. Yo me gradué de la universidad en el 80, empecé a trabajar en una revista, luego pasé a un periódico, después fui jefe de redacción de una revista y en 1995 dejé de ser profesionalmente periodista pero nunca dejé de ser periodista. La mirada del periodista sobre la realidad me permitió entender una historia de Cuba que no estaba contada en los libros, una historia no oficial, que tuve que investigar de la manera más rocambolesca. Mis crónicas y reportajes dejan un análisis sincrónico de lo que ha sido la vida cubana en estos años; y eso a la vez me ha servido mucho para mi trabajo como escritor.

¿Cómo piensa usted hoy, todo el proceso revolucionario cubano y en lo que este derivó?

-Yo no soy un participante de la vida política y no me interesa serlo. Tampoco me interesa escribir literatura abiertamente política, porque pienso que al final los políticos pueden utilizar al escritor para sus funciones, y como yo no soy un político, pues sería utilizado. Mi postura sobre la vida cubana está en mis novelas. En ellas hay una declaración de principios que no es nada difícil de entender. Creo que Cuba es un país que realizó una revolución que cambió la vida del país. Cuba es un país diferente de lo que fue. La revolución aceleró muchos procesos sociales, económicos y políticos en Cuba. Y creo que en estos momentos se está revisando el resultado de todo ese proyecto revolucionario desde una perspectiva más pragmática, porque lo que tenía que haber sido el principio que hubiera permitido la consolidación de todos los proyectos revolucionarios, era -y el marxismo me da toda la razón- la eficiencia económica. Sin una economía que te permita sustentar un proyecto social no puedes conseguirlo. El propio Raúl Castro ha dicho que la economía es la “asignatura pendiente de la Revolución Cubana”. Creo que la revolución cubana ha fracasado como proyecto económico, y ese fracaso pone en riesgo muchos de los intentos o realizaciones de carácter social que se han puesto en práctica. Los cambios actuales son necesarios, pienso que hay que resolver el problema económico, y para resolver el problema económico no basta con pararse en el espigón del Mariel y decir ¡vengan, inviertan! ¡Vengan, inviertan! Hay que tener una verdadera voluntad política para que el capital extranjero venga a Cuba e invierta y desarrolle una infraestructura que se ha envejecido y que ya casi es obsoleta. Tampoco puede ser que el cambio económico se haga con cafeterías y restaurantes privados. Pienso que hay que hacer algo mucho más profundo en el plano económico para que esa eficiencia permita que la vida de los cubanos sea mejor.

Usted ha demostrado que en Cuba se puede ser crítico con el sistema político, seguir viviendo ahí y seguir escribiendo desde ahí.

 -Mira, ha sido un avance progresivo de libro en libro, de ir ganando espacios de expresión y de ir profundizando en los análisis de la realidad, a veces de manera consciente y otras de manera inconsciente. La percepción del riesgo de lo que puede significar tener una postura crítica en un país como Cuba es alta pero uno decide enfrentarlo o no enfrentarlo. Yo decidí enfrentar el riesgo. Y eso a pesar de que soy un escritor que ha tenido todo el reconocimiento oficial. Sin embargo, creo que en los últimos años se ha dado un cierre de los espacios de debate, de reflexión y de crítica. Eso ha significado para mí el ser cada vez menos visible en Cuba. Menos visible hasta el punto de, a veces, sentir que soy invisible. No salgo en la televisión, prácticamente no me entrevistan en ninguna radio, no salgo en los periódicos cubanos; sin embargo, vengo a este festival y tengo una entrevista tras otra. Así es en todas partes.

Usted es el escritor cubano más reconocido a nivel internacional en estos momentos. ¿Cómo vive esa dualidad?

Habría que preguntarles a las autoridades culturales cubanas, para saber cómo entienden el tener un escritor como yo, que es representativo de la cultura de su país y que no es un enemigo; yo no soy un disidente, yo no soy un incendiario. Yo solamente soy un escritor, una persona que hace su trabajo en su casa, escribe sus libros, su periodismo y trata de decir la verdad. Yo no utilizo la sociedad cubana para valerme de ella, sino para reflexionar sobre ella. Y creo que, primero, esa es mi función como escritor y segundo, es mi derecho como ciudadano que vive y ha vivido todos estos años en ese país.

¿Finalmente, Leonardo, está trabajando en algo nuevo en este momento?

-Estoy terminando una novela que se publicará en enero del año próximo en España, con mi editorial de siempre. Se va a llamar La transparencia del tiempo, recupero al personaje de Mario Conde y tengo una línea histórica un poco diferente a las que he utilizado hasta ahora. Al final se va a descubrir que tiene un carácter histórico muy peculiar que no te lo voy a revelar ahora y lo tendrás que descubrir cuando llegues al final de la novela.


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