En el oasis del escultor

Un recorrido por el jardín de esculturas y una conversación con el Premio Magón José Sancho, permiten adentrarse en la intimidad del artista, refugiado en el universo que empezó a gestarse hace 40 años en Escazú.  

La vocación de toda una vida de José Sancho, Premio Magón 2018, ha sido la de carpintero. Durante más de 40 años hizo de economista y aprendió a realizar análisis de factibilidad y mediciones que estaban lejos, muy lejos, de lo que realmente lo iba a definir como ser humano: su facilidad para elaborar objetos con sus manos, habilidad que con entrega, disciplina, empeño y fidelidad a esa voz interior que lo llamaba constantemente, lo llevaron a convertirse en un escultor a tiempo completo.

En el jardín de esculturas se puede apreciar un rasgo que ha caracterizado a una parte de sus obras: la monumentalidad.

El salto de una vida de oficina a otra en la que iba a lidiar con la chatarra, la madera, el mármol y la piedra no le fue fácil, porque la vida estable le abría la puerta al arte que en menesteres de sobrevivencia tiene sus propios códigos y bemoles, y la ecuación se complica si detrás hay una familia a la que atender.

Motivado por el pintor y escultor Rafa Fernández, a cuyo taller acudía, y después de ser consultor internacional en economía, Sancho (18 de abril de 1935) se lanzó con timidez, al principio, y luego con dedicación exclusiva, a elaborar sus primeras figuras en chatarra allá por el año de 1974 y fue cuando reafirmó su entera vocación de carpintero.

“Yo nací para ser carpintero”, afirma en su rincón de Escazú, donde otrora vivir era un verdadero oasis, con la naturaleza, esa que ha sido tan decisiva en su escultura, como telón de fondo. Y preocupado porque no se le pueda entender la afirmación, aclara: “Desde niño supe que tenía habilidad para trabajar con las manos”.

En su taller Sancho trabaja a diario entre cuatro y cinco horas.

Hoy la creciente urbanidad ha roto aquella paz perpetua y de vez en cuanto el mundanal ruido interfiere en la conversación, en la que irrumpen la voz de “huevos, huevos, huevos, a buen precio” de un vendedor anónimo que pasa por la calle o el agresivo sonido de una cortadora de zacate eléctrica en la propiedad de al lado.

Mientras caminamos por el jardín de esculturas, que ha de contar, la cifra no la tiene clara Sancho, con unas 80 piezas, reafirma su deuda con Fernández, quien ganara, como él ahora, el Premio Magón en 2002: “Rafa Fernández es importantísimo en mi trayectoria. Él fue el que me impulsó a ser escultor. Me dio un gran impulso. Gracias a él, yo soy escultor”.

La frase no solo es contundente y clara, sino que también evidencia un rasgo del artista: no es de muchas palabras; al contrario, es concreto en sus afirmaciones. Su lenguaje está en sus manos. Con él ha trascendido sus propias expectativas a través de su búsqueda por medio de las figuras animales, femeninas y en varios casos por medio de la escultura monumental que tanto le gusta y que le fuera inspirada por el rumano Constantin Brâncusi.

En su jardín de esculturas —que él espera se mantenga intacto una vez que no esté, para que los jóvenes puedan visitarlo y acercarse al arte, como ya sucede— se respira un aire fresco gracias a los muchos árboles que rodean a sus creaciones y se percibe una paz y tranquilidad que solo de vez en cuando son interrumpidas por el entorno propio de un lugar semiurbano.

SIMBOSIS EN VERDE Y ROJO

En el oasis en que vive no solo están las esculturas que evidencian su evolución como artista, sino que poco a poco se ha ido dando una especie de simbiosis entre ellas y las plantas que las rodean, y ello le parece a Sancho fascinante, porque reitera que su inspiración le viene de la naturaleza, desde el rojo encendido de las heliconias que están en una esquina del jardín, hasta el rojo que tiene su casa.

En el jardín escultórico hay piezas de los años setentas, o sea, de sus inicios, y en él es fácil percibir cómo su gusto por la animalística lo ha acompañado desde siempre. Ahí está, por ejemplo, un conjunto de esculturas en piedra que ha denominado el serpentario, cuyo tema no ha sido fruto del azar, sino de esa atracción por lo mítico y lo natural

“La serpiente ha sido muy importante en la historia de la humanidad. Desde la serpiente egipcia hasta la serpiente de los aztecas”.

A esas serpientes se unen los colibríes rojos en hierro que están en la esquina sur del jardín, las tortugas en piedra, el elefante en hierro y los peces también en ese material. Igualmente, está un pelícano en hierro con las alas extendidas.

Para acercarse a Sancho nada mejor que un recorrido, ojalá en solitario, por sus esculturas, para ir observando uno a uno sus motivos, sus trazos y su técnica.

En su jardín de esculturas se puede percibir el alma de su creación. Como cada artista, Sancho tiene su librillo. En su caso, cuando se lanza a la conquista de la piedra, el mármol, el granito, la madera o el hierro, ya antes ha pasado por un proceso de pulimiento mental de lo que quiere plasmar. De forma que cuando empieza a trabajar ya tiene totalmente clara la figura que pretende moldear. Sin ese proceso, dice, nunca empieza.

Otros artistas, en otros ámbitos, por ejemplo, emplean el método contrario. Así Haruki Murakami, el escritor japonés, que ha sido candidato al Premio Nobel de Literatura, confesaba en El País Semanal del 1° de febrero de 2019: “…escribo por la mañana, cuatro o cinco horas, la misma cantidad de páginas, y cuando me levanto de la silla, solo quiero saber adónde me llevará la historia. Por eso vuelvo al día siguiente”.

Es decir, es sobre la marcha que va definiendo a dónde le llevará la historia. Sancho no acomete la tarea hasta que la pareja, los osos, el reptil, el cisne o las hachas, no hayan sido previamente concebidas y esculpidas en su mente.

Lo femenino es otro rasgo constante en sus piezas y está presente en su jardín.

NO A LAS GALERÍAS

Aunque viene del mundo de la economía y Sancho conocía las formas de mercadeo en otros ámbitos, en el caso de su obra a él no le gusta exponer en galerías y por eso asegura que los interesados en su arte tienen que ir a su taller para ver sus creaciones.

Sostiene que no es que se oponga a la práctica de mercadear y difundir una pieza por medio de galerías, sino que ese no es su estilo. Él prefiere que todo ocurra en su oasis, el que empezó a construir cuando hizo los planos para su casa y su taller, y tuvo que eliminar una parcela de cafetal que existía entonces. En este, su espacio, le parece que su arte está en concordancia con la naturaleza a la que tanto venera.

“Está bien que otros lo hagan, pero el que quiera comprar una obra mía tiene que venir aquí. Entiendo que muchos han hecho fortunas con su arte”.

Mientras se desarrolla la conversación y a pesar de que ya hace cinco días que le anunciaron como ganador del Magón, las llamadas siguen sonando y Sancho las atiende con amabilidad para minutos después explicarles que está en una entrevista, y que además tiene a dos amigos esperando en su casa a que termine la cita periodística.

La naturaleza siempre presente en su obra, aquí tiende a la simbiosis.

El artista está por completo entregado a la escultura y no está muy al tanto de lo que ocurre en otros ámbitos, porque esa es la mejor forma de estar en la vida.

“Uno va madurando el trabajo y lo va consolidando. Es una lucha entre mi esfuerzo y el material. Aquí vivo en una semiruralidad”, afirma, mientras está sentado en una banca de cedro que, desde luego, hizo como parte de esa necesidad de estar siempre en acción, de no quedarse nunca quieto, porque su vacación es labrar las cosas, darles formas, incluso cuando no se trate, necesariamente, de una tarea artística y sea más bien artesanal, como en el caso de hacer muebles, práctica que ha desarrollado también a lo largo de su vida.

Tras la llamada que le evocó el Premio Magón, insiste en que está agradecido, pero que su empeño es la del artista que busca sin cesar convertir en obra las ideas que pule con determinación y disciplina en su mente.

“Cuando empecé a hacer ensamblajes con chatarra nunca me imaginé que podría llegar a ser escultor y cuando me hice escultor nunca me imaginé que podía llegar a obtener esos reconocimientos. En todo caso, no trabajo para ello, pero sí lo agradezco mucho. Y me alegra”.

Afirma que le alegra porque hacer arte en Costa Rica es una actividad difícil de mantener vigente a lo largo del tiempo.

“Hay que trabajar plenamente, con mucha intensidad y seriedad, buscando la excelencia y que sea el trabajo el que se defienda por sí solo, porque ese es mi lenguaje. Son las obras que hablan por sí solas”.

A Sancho no le gusta pensar, ni por un instante, que el Magón sea el punto final de su trayectoria, porque a sus casi 83 años se siente con fuerza, entusiasmo y compromiso para continuar con el desafío de seguir esculpiendo las figuras que le surgen producto de su contacto con la naturaleza y su necesidad de estar en contacto permanente con la creación.

“Sigo ilusionado por seguir trabajando, lejos de ser una culminación, el Premio Magón es un hecho en el camino. Sigo caminando como escultor. No significa que esto sea un punto final. Todo lo contrario, se reafirma mi voluntad por seguir adelante”.

Fiel a su estilo. A Sancho no le gusta filosofar ni hacer interpretaciones de sus propias obras. Esa tarea, en todo caso, le corresponde al observador. Lo suyo es, cada día, dedicar entre cuatro o cinco horas a labrar sus piezas.

El otro arte con el que mantiene una relación constante es con la música clásica: Johannes Brahms, Frédérich Chopin, Franz Joseph Haydn y Piotr Ilich Chaikovski, entre muchos otros con los que “convive” en su casa.

En cuanto a lecturas, el escultor es muy selectivo. Cuenta que ahora está entusiasmado con un libro de cuentos de Ernest Hemingway y está con otro texto de José Saramago, mientras Umberto Eco se encuentra en lista de espera.

El mundo de Sancho gira y se desarrolla a partir del oasis que se ha forjado en su terreno en Escazú, en el que casa, taller y jardín de esculturas se armonizan, lo cual se complementa con las plantas y los árboles, y sobre ese conjunto erigió su mundo, en el que irrumpen los vendedores ambulantes con sus “cánticos” y anuncios, pero que cuando está entregado a su tarea creativa son incapaces de sacarlo de su abstracción y de la forja de su universo.


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