Cultura

El San José primaveral de marzo  

Los robles sabana, los corteza amarilla y los jacaranda, entre otras especies, convierten a la capital en una explosión de flores entre febrero y marzo, cuando resurge de entre las sombras esa ciudad ecológica que tantas veces pasamos por alto.  

Con las primeras lluvias de abril, el San José primaveral de febrero y marzo da paso al invierno, pero antes revela una ciudad que está ahí entre las sombras y que responde a una idea que buscaba armonizar el crecimiento urbano con una visión ecológica.

La mayoría de los árboles como los roble sabana, corteza amarilla, jacaranda y una larga lista de ornamentales tienen más de tres décadas de sembrados, lo que da una primera pista de que esa fue una preocupación válida en la capital, la que, no obstante, cada vez cede más espacio al cemento y al crecimiento vertical.

Aquella ciudad que a finales del siglo XIX y comienzos del XX quería ser París y que luego dio paso a un crecimiento urbano que botó gran parte de lo que la distinguía en cuanto a tendencias arquitectónicas, que en Costa Rica en muchos casos respondían a un eclecticismo, hoy conserva solo rasgos, pero el progreso le ha ido ganando casi todas las batallas.

La influencia de los cambios climáticos del norte del continente influye en que en la capital costarricense se viva una “primavera” entre febrero y comienzos de abril. (Foto: Katya Alvarado).

Quien se haya tomado el tiempo de recorrer entre febrero,  marzo y comienzos de abril algunos tramos del San José más urbano, se ha visto sorprendido por la belleza de sus árboles ornamentales, que no son un dato marginal, sino que más bien son testigos de que entre el cemento y la convivencia humana pueden existir puntos intermedios, para que los habitantes tengan descansos visuales y aunque sea brevemente se puedan reconciliar con esta capital que ha sufrido numerosas transformaciones en el último medio siglo.

Los árboles que más abundan son los roble sabana, diseminados por todo el casco principal, desde el Parque Central hasta Sabana Sur y pasando por otros vecindarios josefinos. Cuando han estado en floración, como ocurrió hace tan solo unas pocas semanas, le daban al mundo josefino un matiz distinto, más cercano a la naturaleza que esa ciudad a veces desordenada, sucia y envuelta en infinidad de contradicciones, situaciones propias de una urbe que ha seguido adelante en medio de políticas urbanísticas disímiles.

Entre febrero, marzo e inicios de abril gran parte de San José, aunque el fenómeno se extiende también por la General Cañas y abarca a zonas hasta Curridabat, inclusive, se disfraza de una falsa primavera, que no deja indiferente a los miles de costarricenses que a diario se desplazan para ir a trabajar.

Se estima que a San José ingresan a diario un millón de personas. La cifra corresponde a datos previos a la pandemia del coronavirus, que por razones de logística ha fomentado el teletrabajo en instituciones públicas y privadas.

A Ciudad de México se le conoce como la ciudad de los jacarandas, un trabajo que se le debe al paisajista japonés Tatsugoro Matsumoto.

BELLEZA Y CONTINUIDAD

Para Guillermo Barzuna, excatedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR) e investigador de la cultura popular, hay varios aspectos que se deben considerar a la hora de analizar el valor que aportan los árboles al paisaje urbano.

En primer lugar se puede ver desde un punto de vista biológico, dado que ello explica cierta continuidad entre lo que sucede en Costa Rica entre enero, febrero y marzo lo que ocurre en en el norte.

“Estamos en el hemisferio norte, así que probablemente hay afinidad genética entre las especies norteñas que pierden follaje durante su invierno y se visten de flores para esta misma época (su primavera), por una parte, y las especies tropicales como las que tenemos en Costa Rica y usamos para ornamentar campos y ciudades, por la otra. Sin embargo, una de estas especies es el jacaranda, que es sudamericana”.

Desde ese mismo punto de partida, también intervienen elementos que contribuyen a que se dé el fenómeno en este período.

El fenómeno floral no solo se vive en San José, sino que es extensivo a todo el gran Valle Central, como este corteza amarilla que se suele apreciar en San Joaquín de Flores. (Foto: Internet).

“La época seca es cuando los polinizadores están más activos, entonces al árbol le conviene florecer en ese momento y además botar las hojas para que sus flores sean más atractivas para los polinizadores.  Se puede notar al respecto que es muy común que una especie de árboles florezca durante una temporada específica del año; estas especies, en particular, lo hacen en coincidencia con la pérdida de las hojas, que es estratétigica para sobrellevar la sequía”.

Y si este San José primaveral se vislumbra desde una óptica cultural, también se pueden obtener importantes datos.

“La belleza de un solo árbol cubierto de flores no requiere explicación, es algo que alegra la vida de cualquiera y que se multiplica cuando son muchos los árboles que manifiestan este mismo fenómeno simultáneamente o en rápida sucesión”.

Y pese a que en la capital se da esa concentración de árboles en floración, más allá de la zona urbana es posible apreciar dicha tendencia.

“Esto vale no solo para los ambientes urbanos, porque en zonas rurales vemos muchos de estos árboles que han sido plantados por la gente con el mismo propósito. Pero es aún más valioso en una zona urbana, donde ya la presencia de vegetación y de colorido es escasa”.

Además de lo ornamental, la irrupción de las flores viene a marcar el cambio de estación, con todas las implicaciones económicas, sociales y particulares que ello conlleva.

“En un ambiente tropical tenemos una continuidad que es incluso aburrida, si la comparamos con los fuertes contrastes que experimentan los habitantes de latitudes más elevadas. La «eterna primavera» difícilmente es una ventaja si la comparamos con un lugar donde uno puede esquiar en un momento del año y broncearse y nadar apenas unos meses después. Entonces, los árboles en cuestión son elementos del paisaje (urbano, rural y silvestre) que, más allá de las lluvias y la sequía, marcan el paso del año y sus estaciones; le dan un ritmo a la vida”.

CONSERVAR

 Para la arquitecta Ofelia Sanou, quien siempre ha manifestado una clara preocupación por la conservación del patrimonio cultural del país, es imprescindible conservar las distintas especies que hoy se aprecian en el sector urbano y en el rural, por encima de que sean nativas o no.

De acuerdo con Sanou, se han dado casos en que cuando se impulsan renovaciones de espacios públicos, los paisajistas que asumen parte de que si una especie no es nativa del lugar lo mejor es eliminarla y con ello se destruye lo que representó un momento histórico para una comunidad, un cantón o una provincia.

Lamentó, por ejemplo, que muchos de los árboles del parque central de Puntarenas fueran derribados cuando hubo una remodelación en dicho espacio, y esos árboles servían de sombra a los pescadores que ahí se juntaban a trabajar.

Una situación similar ocurrió, dijo, en algunos sectores del campus universitario Rodrigo Facio, en el que se eliminaron algunos árboles ornamentales de gran valor debido a que se consideró que no eran especies nativas.

En su visión, los árboles de un lugar llegan a compenetrarse tanto con el paisaje que acaban por darle identidad, sean propios o no de ese sitio.

Por lo tanto, sostiene Sanou, lo primero que debe observarse es el aporte que hacen las distintas especies al paisaje que conforman, y después ha de entrarse en segundas consideraciones.

La Sabana, citó, por muchos años sirvió como un espacio lleno de naturaleza, que más allá del entorno, le permitía al sector oeste de la capital contar con un lugar para el esparcimiento visual y para que los pobladores hicieran un equilibrio.

Parque en Sabana Sur repleto de flores en una expresión de la riqueza natural que también posee la ciudad capital. (Foto: Marietta Ortiz).

LA EXPERIENCIA DE MÉXICO

Tatsugoro Matsumoto, paisajista japonés, tenía a comienzos del siglo XX la tarea de llenar de cerezos de su país al entonces Distrito Federal, pero al tomar conciencia de que aquellos árboles no reunían las condiciones idóneas para adaptarse a la urbe mexicana, optó por llenar de jacarandas el paisaje de la capital azteca y ello lo inmortalizó.

Antes de recibir tan importante encargo, Matsumoto había tenido la responsabilidad de trabajar los jardines del Castillo de Chapultepec, lo que ya para entonces lo vinculaba con la élite mexicana, y desde ese sitio privilegiado logró dotar al Distrito Federal, hoy Ciudad de México, de una seña de identidad indiscutible.

Ciudad de México recibe cada primavera vestida de los colores lila del jacaranda, que se adaptó de una manera envidiable a las condiciones climáticas mexicanas.

Y Matsumoto cuidó sus jacarandas por muchos años, hasta que la vejez lo venció y se dejó morir convencido de que pasaría a la posteridad no por los cerezos japoneses sino más bien por los árboles que le habían enviado desde Brasil y que él los adaptó de tal manera al hábitat mexicano, que muchos han llegado a pensar que es una especie nativa de los aztecas.

El paisajista del jacaranda y de la alta clase mexicana, recogió las semillas de los primeros jacarandas y las fue diseminando por toda esa monstruosa urbe llamada hoy Ciudad de México y gracias a esa visión, la capital azteca se distingue de muchas por esta particularidad.

Como sucede en innumerables urbes del continente, la explosión de las flores significa la llegada de la primavera  y donde no existe dicha estación, como el caso de San José, es simplemente una fiesta multicolor que se apodera por un corto período del ruido, las contradicciones y el lenguaje propio de una ciudad que se aferra a sus bellezas y a sus particularidades para resaltar sus señas de identidad.

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