El muralista que Costa Rica no conoce

El artista costarricense Antonio Chinchilla, radicado en México, ha desarrollado una importante obra muralística en ese país, al que llegó en 1976.

Por tierras mexicanas ha andado un artista costarricense de nombre Antonio Chinchilla, nacido en Puntarenas, quien con el paso del tiempo y de forma silenciosa se convirtió en un muralista que ha recogido la historia de ese país en diversos murales ubicados en distintos municipios, así como en la Ciudad de México. En la capital realizó una importante obra en Cuajimalpa por un periodo de 16 años.

El 1 de diciembre de 2018, Chinchilla inauguró un amplio mural en el municipio de Jesús María, del Estado de Aguascalientes, a 600 kilómetros del Distrito Federal, con el cual ese ayuntamiento celebraba su 317 aniversario de fundación.

El pintor y escultor costarricense, radicado en México, Antonio Chinchilla, ante un fragmento de su mural “Morismos”, inaugurado el 1 de diciembre en el municipio de Jesús María.

Aunque nació en Puntarenas y ahí cursó tres años de secundaria, las verdaderas raíces de Chinchilla hay que ir a buscarlas a Acosta, donde creció y empezó, desde que tiene memoria, a hacer figuras con arcilla, lo que ya presagiaba su vocación de escultor y pintor, a lo que ha dedicado su vida entera.

En México ya cumplió 42 años de residir, desde que llegó a estudiar a la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1976.

Desde un principio los mexicanos le reconocieron sus dones artísticos y así lo prueban los recortes de prensa que el artista guarda de esa época. Arribó a México con 27 años y ya con una formación efectuada en la Casa del Artista, en San José, en la que pudo estudiar cuando ahí daban clases maestros como Rafa Fernández, Teodorico Quirós, Manuel de la Cruz González y Francisco Amighetti, según contó Chinchilla en una entrevista sostenida en el Hotel Las Trojes, en Aguascalientes, en diciembre pasado.

El boticario de ascendencia alemana José Pepe Haug, quien tenía una botica en Acosta y a la vez era pintor y un mecenas del arte, fue el primero que lo deslumbró con sus cuadros y sus relieves, y quien lo empezó a interesar en lo que marcaría toda su vida: la pintura.

Hoy, a sus 67 años, Chinchilla, quien estuviera casado con Guadalupe Hidalgo, una mexicana que ha colaborado en algunas de sus obras, sigue en México, pero con una memoria relacionada con su infancia, tan viva que parece que fue ayer que se marchó al país del norte.

Hace año y medio, en una estancia en Costa Rica, no resistió la tentación de hacer un mural que recogiera la historia de Tarbaca de Aserrí, y con el patrocinio de la familia Morales logró una significativa obra que está pendiente de inaugurarse y que, por ahora, junto con un pequeño mural de tres metros en la catedral de Nicoya, es de las pocas piezas que tiene en este país.

La primera escultura de Juana Pereira, la indígena que según la historia descubrió la imagen de la Virgen de Los Ángeles, es obra de Chinchilla y fue inaugurada en 2009.

Dos de sus murales de mayor tamaño y ambición artística fueron pintados entre 1987 y 1988 en la Iglesia de Acosta, los cuales relataban el bautismo de Jesús y la oración en el huerto, pero luego fueron borrados con pintura por determinación del entonces cura párroco William Quirós, ya fallecido.

La historia del porqué ambos murales fueron borrados, pese al valor artístico y económico, nunca se precisó, pero algunas de las razones que se han esgrimido por el propio Chinchilla es que al sector conservador del catolicismo local no le gustó su propuesta artística atrevida.

“Fue una lástima que borraran esos murales porque invertí mucho dinero y trabajo en ellos. Eran un legado que, con mucho cariño, pretendía dejar a mi comunidad, y la razón por la que los combatieron fue esa: una reacción de las familias conservadoras que tenían mucho poder y empujaron al cura a tomar una decisión de esa magnitud”, expresó.

Este mural, relacionado con Tarbaca de Aserrí y Costa Rica, todavía no ha sido inaugurado. (Foto Cortesía familia Morales)

EL MURALISMO

El muralismo mexicano, como bien se sabe, tiene una larga tradición que se desarrolló en especial después de la Revolución de 1910 y fue así como luego de 1921 un grupo de jóvenes iba a irrumpir en el arte mexicano.

Entre esos nombres se encontraban Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Federico Cantú y Ramón Alva, entre los más destacados de ese significativo movimiento artístico.

De ese muralismo ha bebido Chinchilla a través del estudio y la contemplación de las obras de esos grandes precursores; sin embargo, su propuesta muralista tiene como eje de partida el mundo prehispánico. De ahí que Chinchilla destaque que lo suyo requiere de la participación de muchos otros profesionales como antropólogos, sociólogos e historiadores, porque sus murales se convierten en auténticas crónicas.

“En mis murales cada personaje tiene su razón de ser. El mural no es pintar figuras grandes; no, no es eso, sino la capacidad de representar en una escala mayor esas ideas que cuentan una historia. Yo, por recomendación de uno de mis maestros, me concentré en el mundo prehispánico, lo que me obliga a que el equipo con que trabajo realice una gran investigación”, dijo.

El artista resalta que las pinturas que precedieron al movimiento que más tarde se conocería como el muralismo siempre respondían a una historia que buscaba informar y educar.

“No se pintaba por pintar. Si se pintaba, por ejemplo, sobre un motivo agrícola, el que iba a ver esas obras en realidad las iba a estudiar. El mural no era un adorno”.

Chinchilla, quien luego de graduarse en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura del entonces llamado Distrito Federal, dio clases en la etapa de Iniciación Artística número 1 de esa casa de enseñanza.

“Mi obra muralística en México son unos 15 grandes murales. En el municipio de Cuajimalpa me pasé trabajando en diferentes proyectos durante 16 años. Hace un año me hicieron un homenaje en el centro cultural de ese ayuntamiento”, señaló.

En este municipio, Chinchilla recuerda que también fue contratado para ilustrar algunas cúpulas de la Catedral Metropolitana: “Trabajé con cúpulas de hasta cien metros. En este caso era muy delicado lo que hacía, porque se laboraba con calicanto y ello tenía que quedar como si fuera del siglo XVI y XVII”.

En el Estado de Campeche, ubicado al oeste en la península de Yucatán a 1.141,9 kilómetros de Ciudad de México, Chinchilla pintó un mural en la biblioteca del municipio que lleva el mismo nombre que el Estado.

“Es una biblioteca que está rodeada de mar. Fue una experiencia muy edificadora. Estuve buen tiempo en Campeche y por eso el poeta Radamés Novelo, muy reconocido allá, escribió sobre mi obra”.

En el Estado de Aguascalientes tiene varias obras muralísticas, dos de ellas en el Palacio Municipal de Jesús María, una realizada en 2014 y la más reciente en 2018. De igual forma, en el municipio de Calvillo, también perteneciente a Aguascalientes, tiene sus murales.

“Hay que explicar que en México hay una gran tradición en la que prácticamente todos los municipios quieren tener sus murales y sus esculturas, por lo que nadie quiere quedarse sin ellos y eso sirve de estímulo al arte”.

El mural “Historia de un pueblo” fue realizado en un lienzo adquirido en Bélgica, mide tres metros de ancho y diez de largo, y se encuentra en el municipio de Jesús María.

UNA DIGRESIÓN NECESARIA

Para ejemplificar cómo trabaja un mural, Chinchilla se apoya en la información de “Historia de un pueblo”, que realizó en 2014 en el municipio de Jesús María.

En él, enfatiza, se abordan tres momentos históricos relevantes: “De la antigüedad a la época prehispánica, de la colonia a la actualidad y de la actualidad al futuro.”

Y siguiendo el guion que se había propuesto al crear dicha obra recurre a un documento que para tales efectos escribió en aquella ocasión y afirma: “Como figuras principales del la primera faceta se encuentran algunas de las divinidades de aztecas que trascendieron cultural e históricamente en lo que hoy forma las insignias en las que se respalda la nación. En el extremo izquierdo del mural y en primer plano podemos apreciar la alegoría de Ometeotl del náhuatl: ometeotl, ‘dos dios’ ‘ome, dos; teotl, dios’ el dios único de carácter dual, el cual puede verse reflejado en la naturaleza” (masculino- femenino, luz- oscuridad, vida – muerte materia-energía, espacio-tiempo, etc.). (Véase foto número 4).

Y agrega:  “Este es un dios antiguo, que no tenía templos, y era casi desconocido por el pueblo, pero muy nombrado en los poemas de las clases altas. Debido a que se lo menciona de una manera que parece ignorar el resto de la Cosmogonía mexica, sugiere que tal vez los sabios mexicas aglutinarían a los demás dioses en esta deidad, la cual suministra la energía cósmica universal de la que todas las cosas derivan, así como la continuidad de su existencia y sustento. Provee y mantiene el ritmo oscilante del universo, y le confiere a cada cosa su naturaleza particular. Es en virtud de estos atributos que se lo llama “El Uno Mediante Quien Todos Vivimos y el quees el verdadero ser de todas las cosas, preservándolas y nutriéndolas”.

Y ya metido en la descripción de su mural, el artista continúa emocionado y guiado por las hojas que mantiene en su mano: “A continuación la representación de Coatlicue (náhuatl: cōātlicuē, ‘la que tiene su falda de serpientes’ ‘coatl’, serpiente; i, su; cueitl, falda; e, que tiene. Esta diosa también recibía los nombres de Tonāntzin, ‘nuestra (to-) venerada (-tzin) madre (nān-), y Teteōīnān, ‘madre (nān-) de los dioses (teteō-)’, y era venerada como la madre de los dioses”.

El mural recoge la idea de que “el culto a la Virgen de Guadalupe podría ser un sincretismo, en antropología cultural y religión; es un intento de conciliar doctrinas distintas con la diosa mexica Tonantzin, que significa ‘nuestra madre’, la diosa de la muerte, la cual se sabe que los mexicas veneraban en ese mismo cerro del Tepeyac”.

Cuando se le hace un gesto para digerir la información, Chinchilla remata con esta cita de Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590): “Cerca de los montes hay tres o cuatro lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios, y que venían a ellos de muy lejanas tierras. El uno de estos es aquí en México, donde está un montecillo que se llama Tepeacac, y los españoles llaman Tepeaquilla, y ahora se llama Nuestra Señora de Guadalupe. En este lugar tenían un templo dedicado a la madre de los Dioses, que ellos la llamaban Tonantzin, que quiere decir nuestra madre. Allí hacían muchos sacrificios a honra de esta diosa, y venían a ellos de muy lejanas tierras, de más de veinte leguas de todas estas comarcas de México, y traían muchas ofrendas: venían hombres y mujeres y mozos y mozas”.

Y la explicación prosiguió, aunque no se cita aquí por razones de espacio, porque Chinchilla quería dejar claro que el muralismo que practica tiene raíces históricas, antropológicas, sociológicas, y que busca recoger todo un acervo cultural para que quienes lo observen se tengan que preguntar de dónde viene, cómo fue el desarrollo posterior a la conquista y qué podría venir en ese futuro indefinido que, sin embargo, deja entrever algunos rasgos.

A PULSO

El pintor y escultor costarricense es un hombre sencillo, de piel morena, tan morena que cualquier pensaría que siempre ha vivido en las cercanías del mar, como si ese fuera una marca del lugar que lo vio nacer –Puntarenas—,aunque en este puerto pasó muy pocos días pues luego fue trasladado a Acosta, tierra a la que considera su suelo natal.

Por esa forma de ser, en la que no le gusta ser el eje de atención, es que quizá su nombre pasa desapercibido en el arte actual en Costa Rica; además de que su larga estancia en México hacen que en ese país lo asuman como un artista local, lo que se refuerza con su naturalización.

“Tengo claro que en Costa Rica mi obra no es conocida, aunque han de haber en colecciones privadas unas quinientas obras; muchas de ellas, al menos trescientas, las adquirió don Mario Rivera, de la óptica Rivera, la cual todavía existe, y quien venía muchas veces a México a encargarme pinturas”.

Recordó que viajó a México gracias al apoyo que recibió entonces  por parte de Guido Sáenz y Alberto Cañas: “A don Guido le estaré eternamente agradecido, aunque el que me tendió la mano, porque creyó en mí en aquel momento, fue don José Figueres. De hecho, estoy seguro de que algún cuadro mío ha de haber allá en La Lucha. Don Pepe me pidió que le pintara unos alambiques, sacas de guaro, y yo con gusto le hice los cuadros”.

Rodrigo Cosali, quien fuera alto funcionario del ya desaparecido Banco Crédito Agrícola, fue otro que le encargó varias obras, y Chinchilla rememoró que en el Banco Anglo le habían comprado varias pinturas.

“Viví una época de mucha actividad en la pintura costarricense. En ese entonces, finales de los sesentas y comienzos de los setentas, había muchas exposiciones. De muy joven trabajé en tienda La Gloria, de Santiago, José María y Rodrigo Crespo. Fue cuando me vinculé a la Casa del Artista”.

Pintor, escultor y gestor cultural: Chinchilla se abrió camino en el ámbito mexicano desde el trabajo constante y el estudio de una cultura que lo acogió con los brazos abiertos y que hoy lo considera un artista suyo, pese a que él conserva en su memoria a los personajes de la Costa Rica en la que creció y en la que se deslumbró por primera vez con los cuadros y los  relieves del viejo boticario Pepe Haug, quien lo hizo soñar cuando él todavía hacía figuras de arcilla.


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