Cultura

El método antiperiodístico de la entrevista que creó un género literario

Acantilado presenta una edición especial con 100 entrevistas míticas de The Paris Review, lo que constituye un hito editorial del triste y olvidable año del coronavirus.

Mientras en 1953 Estados Unidos elegía a Dwigth Eisenhower como Presidente y en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) moría Josep Stalin, dos jóvenes norteamericanos lanzaban en la capital francesa el primer número de The Paris Review, revista que haría historia al contar la técnica literaria con que trabajaban los grandes escritores de la época.

En noviembre de 2020, 67 años después, la editora Sandra Ollo, de Acantilado, celebraba la publicación de una antología, en dos tomos, de 100 entrevistas realizadas por The Paris Review en sus años de oro, en una colección que abarca 2832 páginas, llamadas a convertirse en un hito, porque nunca antes, en lengua española, se había reunido un material de ese calibre procedente de dicha revista.

Las 100 entrevistas de The Paris Review vienen en dos tomos que suman 1832 páginas. (Foto Internet).

Aquel sueño de George Plimpton, Harold L. Humes y Peter Mathiessen llegaría más lejos de lo previsto, al convertirse en un espacio por el que desfilaban los principales escritores y muchos de los cuales obtendrían incluso el Premio Nobel de Literatura, como sucedió —un año después de haber sido creada la publicación— con Ernest Hemignway, quien fue entrevistado en 1958.

Con este dato se puede, incluso, desmontar un mito que recorrió el espectro literario por mucho tiempo: la idea de que había sido The Paris Review la que había encumbrado a Hemingway al Nobel de Literatura en 1954. El autor de Por quién doblan las campanas fue entrevistado en 1959, cuatro años después de obtener el galardón.

La edición de Acantilado está dividida en dos tomos. El primero abarca de 1953 a 1983 y en él se incluyen 52 entrevistas. El segundo tomo lo complementan las restantes 48 conversaciones. Realizadas entre 1984 y 2012. Del total, nueve escritores contaban sus historias en castellano. A saber: Jorge Luis Borges (1967), Gabriel García Márquez (1981), Guillermo Cabrera Infante (1983), Julio Cortázar (1984), Mario Vargas Llosa (1990), Octavio Paz (1991), Camilo José Cela (1996), Javier Marías (2006) y Jorge Semprún (2007).

Sandra Ollo fue la editora de la edición que por primera vez en lengua castellana presenta la mayor antología de entrevista aparecidas en la revista fundada por George Plimpton, Harold L. Humes y Peter Mathiessen. (Foto: El País Semanal).

CRUCE DE CAMINOS

 Hasta el 2012 la editora Ollo nunca había oído hablar de The Paris Review. Luego, dio con una edición de bolsillo de la editorial Aleph, en la que incluía una recopilación de entrevistas y entonces fue ahí cuando decidió investigar a fondo que era aquel modo de preguntarle a los escritores y poetas.

La historia la contó Ollo a un grupo de periodistas españoles en una cita por Zoom, a la que tuvo acceso UNIVERSIDAD.

Ollo, que en su momento fue la compañera del editor y dueño de Acantilado, Jaume Vallcorba, fallecido en 2014, asegura que quedó “fascinada” con aquellas entrevistas y que a partir de entonces decidió indagar la forma de presentar un mayor número de trabajos de la citada revista norteamericana afincada en Francia.

El camino al que se unía Ollo no era fácil. Primero debió hacer una lectura exhaustiva de cada una de las entrevistas que quería publicar y luego hacer la selección.

Como le gustó tanto el modelo, Ollo explicó que escoger las 100 entrevistas fue una ardua tarea y que a ella le hubiera gustado incluir dos publicaciones de algunos escritores, pero que al final optó por no privilegiar su condición de editora y no repetir a ninguno de los entrevistados.

Ollo especificó que, en los 21 años que tiene de historia Acantilado, este es el libro más voluminoso publicado hasta ahora.

Aunque algunos escritores se expresaban originalmente en castellano, todas las entrevistas debieron ser traducidas, porque en The Paris Review, contó Ollo, no encontraron los originales.

A la editora la movió a la titánica tarea la primera de las entrevistas: la de E.M. Foster. Esa fue hecha por J. H. Haskell y P. N. Furbank. A partir de aquí se marcaría una tendencia, no solo en el modo de llevar a la realidad las entrevistas, sino que por lo general se hacían en grupos de dos. Pocas veces un entrevistador acudía solo.

En 1959, The Paris Review, tras el éxito que significó esa singular forma de hacer entrevistas, publicó la primera recopilación con el título de Writes at work/ The Paris Review interviews. Vendría, entonces, un libro en castellano intitulado El oficio de escritor, publicado en 1968 con traducción de José Luis González.

En el citado tomo en castellano se incluían 18 entrevistas, la ya clásica con E. M. Foster y las de escritores como Thorton Wilder, Lawrence Durrel, Henry Miller, William Faulkner, Aldoux Huxley, Katherine Anne Porter y Francois Muriac.

 PARTICULAR ESTILO

 Desde que Haskell y Furbank visitaron a E. M. Foster en el King’s College de Cambridge, a petición del director, George Plimpton, la tarde del 20 de junio de 1952, se marcó una tendencia: la obsesión de los entrevistadores por saber cómo trabajaban los escritores. La idea era meterse en la cocina de los creadores para saber cómo combinaban las técnicas, los trucos, los ingredientes y cómo de aquello surgían las distintas obras que se abrían paso en el mundo.

“Es interesante señalar, por otra parte, que ninguno de los jóvenes escritores que llevaron a cabo las entrevistas tenían experiencia profesional en el género”, puntualizó González.

Además de esa búsqueda en la técnica, la otra tendencia que surgiría en el estilo de la revista era describir los ambientes en que trabajaban los escritores.

“Para empezar, ¿podríamos volver a preguntarle por qué nunca terminó usted Artic Summer?” Con esta interrogante comenzó lo que más tarde se convertiría en un subgénero de la entrevista literaria.

“Una habitación espaciosa y de techo alto, amueblada al estilo eduardiano. Atrae nuestra atención una sólida repisa de madera labrada que guarda una valija de porcelana azul en sus nichos”, así describían Haskell y Furbank el lugar en el que escribía el autor de El paso a la India, La cosecha de Abinger, Dos vítores para la democracia y Aspectos de la novela.

Lo curioso del caso, y lo resalta Ollo en la citada charla, es que los métodos empleados por The Paris Review eran atípicos para el periodismo.

En primer lugar, la entrevista por lo general respondía a más de un encuentro. En segundo término, muchas veces los entrevistadores le enviaban al escritor las preguntas por anticipado, algo que no se estila en el periodismo. Y el tercer aspecto a resaltar es que una vez efectuada la entrevista, quienes hacían de periodistas le devolvían al creador el texto completo para que lo revisara.

Nada más lejos de lo que históricamente ha practicado el periodismo; sin embargo, la fórmula se perpetuó a tal punto que creó un estilo. El estilo exhaustivo de querer hurgar en cómo los novelistas, poetas, dramaturgos y cineastas producían sus obras. El grial estaba en saber qué estaba detrás de las creaciones.

Ollo reconoció que al tener la posibilidad los entrevistados de corregir no solo las preguntas, sino sobre todo las respuestas, se podía perder naturalidad, pero que ese sacrificio se compensaba con la profundidad que tenían la mayoría de las conversaciones.

Desde su visión de editora, destacó que los textos que finalmente llegaban a los lectores estaban “muy trabajados”, tanto por parte de los entrevistadores, a quienes en los primeros trabajos se les nota su inexperiencia y su juventud, como por los entrevistados, muchos de los cuales no corregían las afirmaciones que podían hacer saltar por los cielos la imagen que tenían de ellos.

La estética de la entrevista y la del contenido iban de la mano, de forma tal que al lector le llegara un producto depurado, cocido desde las entrañas, pero que al mismo tiempo no perdiera naturalidad, sostuvo la editora.

La típica entrevista periodística, que consistía en ese mano a mano en un tiempo determinado, como lo hizo por ejemplo Oriana Fallaci y posteriormente la propia Rosa Montero, no era el camino ni el estilo de The Paris Review. A Plimpton y compañía lo que les interesaba era dejar al descubierto el territorio en el que se movían esos escritores, la mayoría de ellos consagrados.

“Los textos de las entrevistas no son acartonados. No son unos textos perfeccionistas. Sí son perfectos, pero no tienen el toque de escoba. Hay momentos en que el escritor, posiblemente, pudo quitar algo”.

Con ese estilo tan singular, de romper con la típica entrevista periodística y moverse más en un terreno de los preconceptos, en los que no importaba que los entrevistados conocieran las preguntas y que incluso las pudieran retocar, junto con sus respuestas, la revista fue creando un estilo, hasta desembocar en lo que en su momento se consideró una especie de “canon literario”.

Así lo cree Ollo, quien desde que se topó un poco por azar con esa publicación de Aleph, se embarcó en una aventura que le llevaría a ella y a su equipo ocho años de arduo trabajo para producir lo que ya muchos consideran “una joya editorial” de finales de 2020, el año en que el mundo se puso patas arriba, debido a la pandemia que brotó en Wuhan, y que desde ahí alcanzó los rincones más recónditos del planeta, sembrando incertidumbre económica y política, y haciendo de la globalización un tema frágil y de una interconexión como pocas veces en la historia de la humanidad.

Aunque Ollo manifestó que por la calidad del material existente no descartan un tercer tomo, por ahora esta posibilidad tendrá que esperar. Lamentó que tuvieran que dejar por fuera entrevistas de un gran valor y que hoy son testimonio del paso del tiempo y de la forma en que algunos escritores encararon el desafío de la creación.

En la antología de Acantilado no se incluye, por ejemplo, la entrevista realizada al Premio Nobel de Literatura de Francia en 1952, Francois Mauriac, quien hace una serie de revelaciones de un enorme valor desde el punto de vista de la técnica novelística.

“Usted ha dicho que cada novelista debe inventar su propio estilo. ¿Cómo describiría usted el suyo propio?”, le preguntaron.

—Durante todo el tiempo que llevo escribiendo novelas, raras veces me he preguntado sobre la técnica que estaba utilizando. Cuando empiezo a escribir, no me detengo para preguntar si estoy interviniendo demasiado directamente en el relato, o si sé demasiado acerca de mis personajes, o si debo o no juzgarlos. Escribo con completa ingenuidad, espontáneamente. Nunca he tenido una noción preconcebida de lo que se podía o no se podía hacer”.

TENDENCIAS Y PENSAMIENTOS

 Para respaldar la gran variedad de tendencias en cuanto a estilo y pensamientos que se cuentan a lo largo de 100 extensas conversaciones, Ollo enfatizó en que la edición de Acantilado “está cuidada hasta el último detalle”, como una manera de refrendar lo valioso que el material ofrece.

Las ilustraciones de los autores las hizo Perico Pastor i Bodmer, reconocido pintor e ilustrador catalán, con una amplia experiencia.

Ollo precisó que Pastor trabajó durante muchos años para The New Yorker, y que era la persona indicada para ponerle rostro a los creadores que aparecen en las entrevistas.

Las ilustraciones originales, en los comienzos de la revista, las hizo Guy Péne du Bois.

En criterio de la editora de la antología, las conversaciones permiten reconstruir una larga época y son una muestra del pensamiento de los artistas en todos esos años, en que The Paris Review se convirtió en una referencia.

Conforme los entrevistadores fueron desarrollando estrategias y técnicas para su labor generaron textos de gran envergadura. Ollo considera que la antología permite determinar con precisión la “evolución que tuvo la revista en todos esos años”.

De esa manera, si en una primera etapa apareció la entrevista con alguien tan polémico como Louis-Ferdinand Céline, quien apareció en la revista en 1964, posteriormente va a venir alguien incluso con un mayor grado de provocación como Michel Houllebecq, incluido en 2010.

Con el fin de que sea el lector el que vaya marcando los tiempos de esa evolución y a la vez  mida los cambios que experimentaban los creadores, Acantilado decidió no hacer ningún tipo de presentación de la antología.

Por tal motivo, el primer libro entra directamente con la primera entrevista, que es la de E. M. Foster como una manera de rendir homenaje a aquella primera y ahora mítica conversación en el King’s College de Cambridge.

William Faulkner fue entrevistado por The Paris Review en 1956 y está incluido en la antología publicada a finales de noviembre de 2020 por Acantilado.

 VOCES ESPAÑOLAS

 The Paris Review fue concebida como una revista para ubicar en su dimensión a los creadores de habla inglesa, motivo por el cual los escritores de habla castellana no han sido precisamente los protagonistas principales. Pese a ello, dentro de la selección de Acantilado al final quedaron nueve voces españolas. Y esas voces no son indiferentes, porque todas ellas hicieron aportes de suma relevancia en su momento.

Es el caso de Borges, que en 1967 llegó a reconocer que: “Me parece que soy aristotélico, aunque me gustaría ser platónico. Creo que es mi vena inglesa la que me hace pensar que la realidad se compone de cosas y personas concretas, no de ideas generales”.

Y al hablar de la traducción de sus libros al inglés, expresó: “¿Sabe?, el inglés es un idioma hermoso, pero las lenguas más antiguas son más hermosas aún, porque tienen vocales, mientras que en el inglés moderno las vocales han perdido su valor y su color. Mis esperanzas en la lengua inglesa están depositadas en Norteamérica. Los norteamericanos pronuncian con claridad. No veo demasiado, pero, cuando voy al cine, en las películas estadounidenses entiendo todo lo que dicen los actores, y eso no me ocurre con las películas inglesas. ¿Le pasa a usted lo mismo?”

Mientras tanto, Octavio Paz, al referirse a André Breton, manifestaba en 1991:

“En cierta ocasión, un amigo común me invitó a verlo y me dijo que me equivocaba acerca de las ideas políticas de Breton. Yo rechacé su ofrecimiento. Muchos años después lo conocí y nos hicimos buenos amigos. Entonces fue cuando leí con entusiasmo—pese a las críticas recibidas por muchos de mis amigos—el Manifiesto para un arte revolucionario independiente escrito por Breton y Trotski y firmado por Diego Rivera. En él, Trotski renuncia al control político de la literatura. La única política que el Estado revolucionario puede desarrollar en relación con los artistas y los escritores es darles libertad absoluta”.

Y cuando en The Paris Review quieren indagar cuál ha de ser el compromiso del escritor, le preguntaban a Camilo José Cela en 1996: “Según usted, su propósito literario consiste en «poner el dedo en la llaga» y ‘escribir sin el emplasto de la retórica’. ¿Guarda esto alguna relación con su idea de la ‘literatura sin subterfugios’”?

Y respondía: “Pues sí, es a lo que aspiro. No sé si lo consigo o no, pero indudablemente es una de mis intenciones.

“¿Cuál considera usted el mayor elogio y la peor crítica que ha recibido?”

—De mí han dicho de todo, desde que soy un genio hasta que soy un deficiente mental. ¡Al menos una de las dos cosas tiene que ser errónea!

Y en esta cita de 100 entrevistas no podía faltar el Premio Nobel 1982, Gabriel García Márquez, quien fiel a su estilo de no utilizar grabadoras, desafía a su entrevistador en la conversación sostenida un año antes de que lo consagraran en Estocolmo.

“¿Se siente usted cómodo con la grabadora?”

—El problema es que, cuando sabes que la entrevista se está grabando, cambia tu actitud. En mi caso, me pongo de inmediato a la defensiva. Como periodista, me parece que aún no hemos aprendido a utilizar la grabadora para hacer una entrevista. Lo mejor, creo yo, es mantener una larga conversación sin que el periodista tome notas. Después, él debe rememorar la conversación y anotarla tal como la recuerda, sin emplear necesariamente las palabras exactas. Otro método que me parece útil es el de tomar notas e interpretarlas luego con cierta fidelidad a las palabras del entrevistado. Lo irritante de grabarlo todo es que no resulta leal para con la persona entrevistada, porque registra hasta los momentos en los que uno hace el ridículo. Por eso, cuando hay una grabadora, sé muy bien que me están entrevistando; en cambio, cuando no hay, hablo con toda naturalidad y sin pensármelo dos veces”.

A partir de un estilo “antiperiodístico”, porque mostraban las preguntas antes, e incluso enviaban la conversación al escritor para que la revisara previa a la publicación, The Paris Review forjó un género de entrevista literaria ampliamente reconocido, que ahora recoge Acantilado en una edición exquisita, en lo que puede considerarse un auténtico milagro editorial en el gris y funesto 2020.


Curso literario en dos tomos

Los dos tomos con 100 entrevistas publicadas originalmente en The Paris Review son un auténtico curso literario para todos aquellos que quieran explorar cómo grandes autores escribieron sus obras, en un recorrido a lo largo de 60 años.

Título: The Paris Review, entrevistas (1953-2012).

Editorial: Acantilado.

Editora: Sandra Ollo.

Traductores: María Belmonte, Javier Calvo, Gonzalo Fernández Gómez y Francisco López Martín.

Edición: Primera.

Encuadernación: Cartoné con estuche.

Formato: 14 x 22 centímetros.

Páginas: 2832.

Valor: 85 euros.

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