El eterno calvario del antiguo templo de Puriscal

No se perfila en el horizonte una salida que lo rescate por la alta inversión, por el deterioro y porque ninguno de los entes llamados a hacerlo cuenta con los recursos y la claridad para rescatarlo.

El nivel laberíntico en que se encuentra el antiguo templo de Puriscal es de tal magnitud que ni la mejor de las definiciones del Realismo Mágico ni todo lo esbozada por Alejo Carpentier en su teoría de lo Real Maravilloso, alcanzarían para asomarse al callejón sin salida en que se encuentra el inmueble, para el que se requerirían, solo para su estabilización, entre $3 y $18 millones.

A esa situación se le pueden agregar algunas gotas amargas de surrealismo que permiten constatar que el templo, que se empezó a construir en 1937 y se concluyó en 1954, no se utiliza desde 1990. Por ello, los organismos encargados de velar por su preservaciónal, día de hoy, desconocen con certeza cuál es el verdadero estado arquitectónico y estructural.

La maleza ha empezado a invadir  el templo, como se puede apreciar en la gráfica. (Katya Alvarado).

Hoy el templo no tiene ningún uso, porque al desconocerse su real estado, tampoco puede servir para atraer turistas locales y nacionales, dado que una malla lo rodea para evitar que la población se acerque.

Cuando sobre el templo Santiago Apóstol de Puriscal pesaba una orden de demolición, el Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio tomó el acuerdo de declararlo patrimonio histórico y arquitectónico, lo que se verificó en La Gaceta el 3 de agosto de 2012, con lo que hizo que el inmueble se mantuviera en pie. Sin embargo, de esa fecha a la actualidad ninguno de los entes involucrados ha hecho nada por rescatarlo.

El edificio, que fuera diseñado por el arquitecto y artista nacional Teodorico Quirós, pertenece a las Temporalidades de la Iglesia Católica, pero esta sostiene, por medio del canciller de la Arquidiócesis de San José, Rafael Sandí López, que no está en condiciones de asumir la inversión que se requiere para estabilizar y restaurar el templo, cifra que para el primer rubro en 2012 se consideraba era de $3 millones (¢1.794 millones, al tipo de cambio actual).

Dicho monto solo contempla la estabilización del templo, que se encuentra en una zona con una gran inestabilidad, como lo demuestran diversos estudios, entre ellos el del ingeniero Roy Acuña Prado, el cual fue emitido en marzo de 2010, a petición de las partes y respaldado por el Colegio de Ingenieros y Arquitectos.

Ante este horizonte, dos entes que podrían alzar la mano para rescatar la obra se muestran incapaces de hacerlo por los montos económicos que representan. Ellos son tanto el Centro de Patrimonio, como la Fundación para la Restauración de la Catedral y otros Monumentos y Templos Católicos, esta última creada mediante la ley 7266 de 1991, tras los graves daños que sufrió la Catedral Metropolitana luego del terremoto de abril de 1991, con epicentro en Limón.

Alrededor del templo giran cuatro entidades que en su medida han determinado las decisiones que se han tomado tras el enjambre sísmico que afectó a Puriscal en 1990,  pero que como lo indica el estudio de Acuña y otros anteriores, no puede ni siquiera establecerse una correlación directa con el desplazamiento que sufre la edificación. Dichas instancias son el Área Rectora del Ministerio de Salud de Puriscal y Turrubares; Temporalidades de la Iglesia; el Municipio de Puriscal y el Centro de Investigación y Patrimonio.

Mientras esas instituciones no se pongan de acuerdo para definir el rumbo del templo que hoy se encuentra cerrado al público, y sin que se conozca cuánto deterioro ha acumulado desde que fuera declarado patrimonio, la Fundación asegura que no está en condiciones de financiar, a través de las empresas donantes, un monto de $3 millones.

En lo que se aclaran los ya largos nublados del día, Temporalidades lo que hizo fue acatar una orden de cerrar el perímetro de la Iglesia, el cual busca resguardar la seguridad de los habitantes de la zona, según se desprende de un documento emitido por la Curia Metropolitana ante una consulta de UNIVERSIDAD.

VIRTUD Y TRAMPA

En la respuesta a la consulta realizada al Centro de Patrimonio se puede constatar que hubo un afán inicial de preservar la obra, sin que se consideraran los factores que la declaratoria traería y que tenía como fin neutralizar la orden sanitaria del 18 de septiembre de 2009, en la que se apelaba a la demolición en un plazo de 30 días hábiles.

La orden sanitaria rezaba: “Proceder a efectuar la demolición de la antigua iglesia católica de Santiago de Puriscal por encontrarse en estado ruinoso y peligroso, para lo cual deberá de contar con equipo especializado”. La orden iba respaldada por los ingenieros Alain León y Marvin Boza, así como por el médico Guillermo Flores, entonces director de la Región Central Sur del Ministerio de Salud.

La iglesia fue diseñada por Teodorico Quirós y esta es una vista lateral de cómo está en la actualidad.  (Foto: Katya Alvarado).

“El terreno en que se encuentra construido dicho inmueble está atravesado por una falla geológica que es la causante de los daños estructurales que muestra el inmueble, y por los cuales fue desalojado, pues representa un riesgo para la vida humana. La declaratoria se dio para proteger de la demolición al inmueble, que, a pesar de los daños, sigue teniendo importancia simbólica para los pobladores de Puriscal. Además, el valor histórico-arquitectónico del inmueble es innegable, principalmente por haber sido una obra de estilo neorrománico, diseñada por el arquitecto Teodorico Quirós”, sostiene el director del Centro de Patrimonio, Diego Meléndez.

Lo que llama la atención de todo lo relacionado con el citado templo es que de la fecha de la declaratoria patrimonial a la actual no se ha avanzado en ningún aspecto, excepto en el hecho de que obligaran a las Temporalidades de la Iglesia Católica a poner una malla perimetral para evitar que curiosos trataran de ingresar al templo.

“De acuerdo a la ley 7555 el responsable de mantener y cuidar un inmueble patrimonial es el propietario registral. No obstante, en su preocupación por el reguardo de dicho inmueble, se contrató al ingeniero estructural Miguel Cruz para que hiciera un diseño de intervención estructural que preserve el edificio tal y como lo conocemos y que garantice que no sucumba por el paso del tiempo y por futuros sismos. Cabe aclarar que no se buscó restaurarlo al estado anterior a los daños estructurales, sino solo consolidarlo y mantenerlo en su estado actual sin que avance el deterioro”, dijo Meléndez.

El propio director de Patrimonio aclara que la Ley 7555 no faculta a dicha dependencia para obligar a un propietario a intervenir un determinado edificio patrimonial o histórico, por lo que entre la decisión de demoler y de conservar se empiezan a establecer contradicciones, sin que el pueblo puriscaleño tenga voz ni voto en el asunto.

“El costo de hacer dicho reforzamiento es de  $3 millones y no incluye ningún tipo de restauración interna ni externa, solo consolida lo existente; de manera que es casi imposible que el propietario registral pueda afrontar dicha inversión. El Centro de Patrimonio Cultural se rige por la ley 7555, y no tenemos potestad legal de obligar a los propietarios a incurrir en semejante inversión, máxime que con su costo únicamente se resuelve el tema estructural, pero no quedaría habilitado para cumplir funciones utilitarias”, expresó Méndez.

$15 MILLONES MÁS

 A pesar de que la declaratoria patrimonial obliga a preservar el templo, ello, como se explicaba líneas arriba, no establecía ninguna directriz que exigiera al propietario a tener que invertir dinero alguno en preservar, rescatar y restaurar el inmueble.

Ante las cifras esbozadas hace siete años de $3 millones solo para estabilización, Sandí sostiene que esas cifras están fuera del alcance de la Iglesia Católica.

“Si bien se impone la obligación al poseedor del inmueble a conservar, preservar y mantener adecuadamente el inmueble, lo cierto es que el costo de dicha conservación es sumamente alto y no cuenta Temporalidades de la Arquidiócesis de San José con los recursos para ello”, indicó.

El templo tiene un estilo románico con otras infuencias y fue declarado patrimonio en 2012 para evitar su demolición, pero hoy nadie sabe qué hacer con él.  (Foto: Katya Alvarado).

El canciller lleva el asunto a un plano todavía más complejo y lo hace basado en el informe de Acuña de 2010, para quien la causa principal, incluso por encima de los sismos registrados a lo largo de los años y que se han documentado desde mediados del siglo pasado, es el nivel freático (de aguas) que afecta la zona donde está construido el templo.

“Las investigaciones geotécnicas han demostrado que el nivel freático (tres metros de la superficie) es el parámetro principal dentro de las causas del deslizamiento. Si este nivel pudiera modificarse para ubicarle a una profundidad mayor se podría controlar los movimientos del terreno, para ello habría que construir galerías de drenajes y trincheras de estabilización que según el mismo informe del ingeniero Acuña tendrán un costo adicional para el año 2010 de  $15 millones”, remata Sandí.

Si en Costa Rica se ha desatado una polémica, que apenas comienza, por el controversial proyecto de invertir $32 millones en el Teatro Nacional, que se considera no solo el emblema de la entonces burguesía que lo construyó en 1887, sino el principal edificio patrimonial de la nación y no se vislumbra acuerdos al respecto, ¿cabe pensar que el país invertirá entre  $3 y  $18 millones en un pueblo ubicado a 42 kilómetros al suroeste de la capital, para rescatarle un templo con el que no sabe qué hacer desde hace tres décadas?

La diplomacia con que aborda el asunto el canciller de la Curia Metropolitana no es suficiente para que se genere una esperanza: “desde siempre la Arquidiócesis de San José se ha mostrado interesada en conservar y restaurar los templos declarados patrimonio histórico que se encuentra dentro de su territorio, siempre y cuando las condiciones estructurales lo permitan. En el caso del templo antiguo de Puriscal es necesario contar con los elementos que demuestren la viabilidad de una eventual restauración y el apoyo esencial de toda la comunidad para llevarlo acabo”.

LARGA HISTORIA DE DESENCUENTROS

El informe de Acuña, que sintetiza cómo estaba en 2010 la iglesia, presenta perlas que parecen inverosímiles, como aquella que asegura que a finales del siglo XIX se había construido en ese mismo lugar un templo que debió ser demolido.

“El templo está construido —el actual— en una de las cuadras que presenta más evidencias del deslizamiento de Santiago. Son notorios los hundimientos y los desplazamientos en las aceras, los jardines y los pisos de la edificación. (…) En este mismo sitio fue construida una iglesia a finales del siglo XIX, que fue demolida en la década de 1920 debido a los daños irreparables. Los sismos de 1924 (Orotina) y 1961 (Los Santos) produjeron activación del deslizamiento y el agretamiento del terreno en esta zona. Los daños en el actual templo hicieron necesario que se realizaran trabajos de refuerzo de la estructura a partir de 1963”.

Es decir, que quienes impulsaron la construcción del templo de Santiago Apóstol, dos décadas después de que habían derribado al primero, o desconocían la situación descrita o se hicieron de los oídos sordos y las consecuencias se vendrían a manifestar menos de medio siglo después.

Aunado a los factores naturales y de incidencia humana, como la desforestación en el distrito central de Puriscal, cabe citar la pobreza de algunos materiales empleados en la edificación.

“La construcción, iniciada en 1937, utilizó masivamente ladrillos de barro en las paredes y, lamentablemente, pocos elementos de concreto, de muy baja resistencia y con muy poco refuerzo longitudinal y transversal”, aseguró entonces Acuña.

El deslizamiento que hoy afecta al templo es conocido, según el referido estudio de Acuña, desde 1918.

La iglesia de Puriscal –que fue construida por el ingeniero Jacinto Rodríguez, quie había tenido a su cargo levantar el templo de San Isidro de Coronado— responde predominantemente a un estilo románico, pero con influencias del gótico y con decorados renacentistas, de acuerdo con lo escrito por Acuña.

El inmueble tiene un área interna de 720 metros cuadrados, pero el espacio total suma 1550 metros, y en ello se incluye la capilla, la sacristía, el mezanine, las torres y los vestíbulos.

Para tener claro que el enjambre sísmico de 1990 fue un factor, pero no el más determinante respecto de la condición del templo, conviene añadir la siguiente cita de Acuña: “En 1962 la compañía Sittenfeld y Echandi realizó una mención de los desplazamientos de las torres y encontró desplomes en la torre norte de 22 cms (centímetros)  hacia el oeste y hacia el norte, y en la torre sur desplomes de 13 cms hacia el oeste y 8 hacia el norte”.

No hay informes recientes sobre el estado del templo, en su momento presentaba agrietamientos en el piso, desniveles, así como daños en las paredes, en la unión de secciones de estructura, y la fachada principal evidencia  una “pérdida de verticalidad en las columnas, aunque no se observan daños estructurales”.

“Las paredes de las fachadas laterales tienen múltiples daños tanto en la zona inferior como en las ventanas y paredes ubicadas sobre las columnas internas a los lados de la nave central. Estos daños se deben principalmente a los desplazamientos relativos de las cimentaciones de los sectores separados por las grietas principales”, refería Acuña.

De la pormenorizada descripción sobre el estado del templo cuando se evaluaba cómo preservarlo, se desprende que solo el mezanine, la capilla y la sacristía estaban en buen estado. Hoy se desconoce con precisión el real estado del inmueble.

Ante tal Estado, ¿cómo fue declarado de valor patrimonial e histórico? Y en las circunstancias actuales: ¿hay una esperanza para salvar el templo?

LA FUNDACIÓN TAMPOCO PUEDE

En este complicado contexto en que se encuentra el templo de Puriscal, podría contemplarse la posibilidad de que la Fundación para la Restauración de la Catedral Metropolitana y otros Monumentos y Templos Católicos contribuyera o asumiera la recuperación de ese inmueble, pero en entrevista con este medio, su presidente, el presbítero Germán Rodríguez, descartó por completo que esa vía fuera posible.

El primer argumento es que la Fundación no maneja montos de esa envergadura para poder solventar la estabilización y la restauración.

La Fundación fue creada tras el sismo de 1991 en Limón, sobre todo para restaurar la Catedral Metropolitana y para ello el Congreso creó la Ley 7266 el 11 de noviembre de 1991, la cual consta solo de cinco artículos, más un reglamento publicado en 2005.

Aunque es un ente que capta recursos de procedencia pública y privada, cuando se le consultó un detalle de los últimos años al Ministerio de Hacienda, esta fue la respuesta: “En relación con su consulta, nos indican de la Dirección General de Tributación que, conforme con el principio de confidencialidad que se encuentra regulado por el artículo 117 del Código de Normas y Procedimientos Tributarios, la información suministrada por los obligados tributarios en sus declaraciones de impuestos, no se debe revelar en forma individualizada, por lo que se sugiere gestionar ante la Fundación para la Restauración de la Catedral Metropolitana y otros Templos”.

Entre los años 2016, 2017 y 2018 la Fundación captó el monto de ¢975.256,88 y en ese mismo lapso invirtió un total de ¢1.542.837,99, según datos de dicha entidad.

El mecanismo de operación es el siguiente: las empresas que invierten en la restauración de templos que están a nombre de las Temporalidades de la Iglesia Católica consiguen a su vez que esos montos se les descuenten del impuesto sobre la renta.

“Nosotros somos una ventanilla de Hacienda. Para que un templo reciba inversión tiene que obtener una calificación de idoneidad. Este es el primer paso. Esto lo aprueba la Junta Directiva de la Fundación. Por lo general se captan por año entre ¢600 y ¢800 millones”, afirmó Rodríguez.

Hasta la fecha, desde su creación, Rodríguez dijo que han invertido en 500 templos, lo que incluye a los declarados patrimonio y a un amplio grupo que no cuenta con esa categoría.

Precisó que actualmente la Fundación realiza una inversión de ¢500 millones en la Catedral de Cartago, pero que por lo general no manejan montos de ese tipo, sino menores que oscilan entre ¢30 millones, y en la mayoría de casos entre tres y cinco millones.

En este contexto, lo que sucede con el templo de Puriscal excede las posibilidades de la Fundación, enfatizaron Rodríguez y Rodrigo Gutiérrez Schwanhäuser, este último es el asesor legal de la Fundación desde que esta fuera creada.

“En el caso de la Fundación, con respecto al templo de Puriscal, nosotros tenemos que esperar a que haya un acuerdo de voluntades entre Temporalidades de la Iglesia, el Ministerio de Salud, el Centro de Patrimonio y la comunidad, y después ver cómo podemos aportar, pero todo dependerá de los montos que se manejen”, puntualizó Gutiérrez.

En la Asamblea Legislativa, el entonces diputado del Movimiento Libertario Otto Guevara presentó el proyecto 19844 que tenía como fin eliminar la Ley 7266 y por ende dejar sin efecto la Fundación,  la cual se queda con el 10 por ciento de lo captado.

Consultado respecto de por qué de ese 10 por ciento se lo deja la Fundación, Rodríguez lo defendió así: “Eso fue una idea de monseñor Román Arrieta Villalobos (ya fallecido) para destinarlo a templos de comunidades pobres. De ese 10 por ciento distribuimos por año un promedio ¢110 millones, en donaciones de un millón aquí, dos millones allá”.

En medio de este panorama, con ya tres décadas sin uso, sin nuevos estudios, sin vías claras para financiar su recuperación, el templo de Puriscal prolonga su largo calvario, sin que el horizonte ni Patrimonio ni Temporalidades ni la propia comunidad perfilen una salida que le devuelva el esplendor y la utilidad que tuvo en sus primeros años.


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