El cuento real y  maravilloso del señor de los libros

El chofer José Alberto Gutiérrez convirtió los libros de los basureros en una gran biblioteca y hoy regala textos por gran parte de la geografía colombiana.

En un ranchito lleno de miseria y pocas luces, una madre lee a sus cuatro hijos historias para calmar las carencias antes de que se duerman.

María Dominga Sandoval no sospecha, ni por asomo, que la semilla de esas historias que convocaban al Gato con botas, a la Gallinita roja y a Simón el bobito, germinará en el futuro de una manera esplendorosa e inverosímil.

Uno de esos niños a los que ella le leía guardó en su memoria el amor por las palabras, por los mundos imaginados y por los paisajes soñados tantas veces al lado de los muchos personajes que iría descubriendo en sus lecturas.

Y un día, el azar, le lanzó a ese niño, ahora convertido en un chofer del camión de la basura, un dardo difícil de captar en medio del frío y en las primeras horas en el barrio Bolivia, al noroccidente de Bogotá.

A veces no tengo ni para llenar la tanqueta, y por eso también hemos estado parados, pero ya hemos llevado y enviado libros a más de 500 lugares de Colombia”.

José Alberto Gutiérrez, EL SEÑOR DE LOS LIBROS

El chofer se topó, mientras ayudaba a sus compañeros a recoger la basura, aunque esa no era su función, con una caja de libros. Fue entonces cuando se le vinieron de golpe aquellos tristes y grises días en que en el ranchito rodeado de miseria, la María Dominga Sandoval les leía entusiasmada historias con las cuales les adormecía las hambres y les encendía la imaginación.

José Alberto Gutiérrez Sandoval, entonces, hurgó con ese raro interés que convoca una caja de libros destinada a ser una basura más y encontró algunos libros que llamaron su atención, entre ellos Ana Karenina de León Tolstoi. Así comenzó una historia épica que dio origen al que hoy es conocido en Colombia y más allá, como El señor de los libros.

A pesar de que José Alberto no estudió más que la primaria y se dedicó a trabajar con su padre en la construcción, siempre estaba al acecho de alguna historia para calmar esa ansia que su viejita le había despertado y de cuya magia nunca se repondría.

Muchos de los pesos que caían en sus bolsillos, pese a que las necesidades brotaban por doquier, José Alberto los invertía en comprar comics, revistas, libros, y así procuraba saciar la sed de lectura que no lo abandonaría jamás.

–A los 13 años me leí La Odisea en una semana. Y claro, desde ahí me convertí en Odiseo, porque me metí tanto en el personaje. Yo seguía buscando libros, incluso compré algunos escritos en otros idiomas por el solo hecho de que me gustaba cómo estaban presentados. Fue un regalo tan fantástico que me hizo mi madrecita: el del amor por los libros.

Así fue construyendo en medio de su miseria, a la que nombra una y otra vez a lo largo de su historia, su biblioteca de dos metros de ancho por uno cincuenta de alto, en la que estaban los infaltables diccionarios: –me sentía muy orgulloso de tener mis libros, porque sabía que eran mi conocimiento y mi salvación.

Miles de niños se han beneficiado con el proyecto en diferentes partes del país. (Foto: Internet).

DE LA BASURA BROTAN LIBROS

La recolección de libros de la basura comenzó cada tres días y se fue intensificando. Era el año 2000 y José Alberto no sospechaba en los senderos en que se metía. Llegó a rescatar tantos libros que debió negociar con Luz Mary Gutiérrez, su esposa y prima segunda, para que le cediera la planta baja de la casa en el barrio La Nueva Gloria de la localidad cuarta de San Cristóbal, al suroriente de Bogotá para armar su biblioteca.

Al verlo con ese entusiasmo y devoción, pronto Luz Mary se vio involucrada en el proyecto y prácticamente renunció a su labor de –modista—(costurera) para ayudar a su esposo a organizar la biblioteca, que con el paso del tiempo empezó a crecer y crecer y crecer, aunque si bien aún no alcanza los 50.000 volúmenes como la de Umberto Eco, sí son entre 25.000 y 30.000 libros de los que disponen todos los ciudadanos de los barrios cercanos para leer y consultar información.

Al ver que crecía la biblioteca, en la que los libros se prestaban a todo aquel que los quisiese, José Alberto tuvo la idea de empezar a llevar libros a barrios marginales de Bogotá. Así fue como comenzó una segunda etapa de este insólito proyecto en el que el motor ha sido, es y, posiblemente será, la voluntad de servir y de soñar con que su historia de niño lector pobre podría replicarse en miles y miles que han recibido los libros.

Hasta ahora, con las excepciones del caso, el proyecto ha tenido que ser financiado enteramente por la familia de José Alberto, y en cuya acción no solo participa Luz Mary, sino también sus tres hijos: María Angélica (30 años), Sebastián (27) y Merilyn Marcela (22), quienes el primer paso  que dieron para contribuir al esfuerzo de su padre fue buscarse una vida aparte y dejarle espacio en la casa.

La Nissan le donó este vehículo en el que transporta libros para regalar en comunidades. (Foto: Fundación la Fuerza de las Palabras).

500 LUGARES RECORRIDOS

 José Alberto y su esposa son en sí mismo un Ministerio de Cultura al completo, con la única diferencia de que no le cuestan al Estado colombiano un presupuesto enorme, ni requieren de asesores, ni cuentan con un presupuesto millonario para hacer su tarea.

De tanto probar, descubrió que lo mejor era empacar los libros en las lonas en que los campesinos de su país empacaban la yuca, dado que este material era más resistente y más cómodo que otros.

La labor silenciosa que había comenzado a desplegar y que era conocida en La Gloria y otros barrios marginales de esa Colombia convulsa, con más de medio siglo de guerra ininterrumpida y con esas abismales diferencias entre las distintas clases sociales, dio un salto cuando J. Mario Valencia, un presentador de la televisión supo de la historia en 2008.

–Temía aparecer en el programa de J Mario porque no tenía ninguna idea de cómo hablar con un periodista y en un medio de comunicación. La historia duró minuto y medio y J. Mario me presentó como un chofer del camión de la basura que reciclaba libros, que creía en la fuerza de las palabras y en la nota dijo que dejaba mi número por si alguien quería donar libros o ponerse en contacto conmigo. Y no me van a creer, desde que salió la información, el teléfono, este mismo en el que estamos hablando, no ha parado de sonar desde entonces.

Luego vinieron muchas notas más tanto en la prensa local como en la extranjera, pero las ayudas oficiales para respaldar un proyecto cultural de la magnitud del que José Alberto estaba impulsando nunca aparecieron.

La Nissan, hace tres años, por recomendación de uno de sus empleados, decidió entregarle una pequeña camioneta y con ella ha recorrido miles y miles de kilómetros para llevar junto a su esposa libros. Como no tienen presupuesto para dormir en un hotel, comen en algún lugar del camino y duermen en el vehículo. El señor de los libros y su esposa sueñan con que un día esos larguísimos recorridos contarán con una pausa y con el dinero para quedarse aunque sea en un hotel modesto y así evitar que el viaje les cobre una mala pasada.

–Luz Mary se encarga de evitar que me duerma mientras conduzco.

LA METAMORFOSIS

 El entrar en contacto con los libros fue operando en José Alberto un cambio interior absoluto, que no solo lo convirtió en un buen lector, sino que descubrió algo aún más importante: –yo descubrí que el amor todo lo puede. Que el verdadero amor puede cambiar el mundo.

La búsqueda que hacía historia tras historia en busca de respuestas en la Divina comedia, Cien años de soledad, La Ilíada, en las crónicas de Germán Castro Caicedo, y en tantos autores que pasaron por sus lecturas, creó una sensibilidad para que su trabajo se convirtiera en una acción preventiva, para que los jóvenes, incluso los compañeros de su hija menor, descubrieran que el mundo del conocimiento y de la cultura rinden sus frutos en el largo plazo.

Aunque se quedó sin trabajo hace ya más de un año, y a sus 56 resulta difícil que alguna empresa quiera emplearlo, José Alberto asegura que la Fundación la Fuerza de las Palabras seguirá adelante.

–A veces no tengo ni para llenar la tanqueta, y por eso también hemos estado parados, pero ya hemos llevado y enviado libros a más de 500 lugares de Colombia. Aracataca, la tierra de Gabriel García Márquez, fue el más reciente lugar al que fueron a entregar libros.

El mundo que ha descubierto en estos 20 años en que ha invertido salud, esfuerzo, dinero a cambio de una sonrisa de algún niño con un libro en la mano, le ha cambiado por completo la perspectiva de vida.

–A veces hay gente que me dice, pero José Alberto, qué ha sacado de todo esto, con qué se ha beneficiado, y es cuando comprendo que no han entendido nada.

La biblioteca, ubicada en el barrio popular La Gloria, en Bogotá, está a disposición de niños y adultos. (Foto: Internet).

EL LIBRO EN CAMINO

 José Alberto adelanta que una editorial italiana le pidió que contara su historia para publicar un libro, de forma tal que él se dio a la tarea de meterse en un campo desconocido pero cuyo desafío le gustaba.

Con disciplina y empeño durante un año narró su historia, que tendrá una ordenación cronológica y que ha contado con el auxilio de un escritor colombiano radicado en Italia y del que no puede brindar el nombre por el compromiso adquirido con la editorial.

En el texto narrará la primera vez que se montó a un avión y los zapatos de puntera que tuvo que llevar porque no tenía otros. El destino de ese primer viaje al exterior fue la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, donde dio una conferencia de una hora para un auditorio de más de 700 personas.

Reconoce que le parecía absolutamente increíble estar viviendo esa fiesta del libro y de la cultura, para él que se dedicaba a manejar un camión de basura y de donde había salido la idea de reciclar los libros que los bogotanos desechaban.

En el libro, también, rendirá homenaje a su madre, porque sin ella la idea de los libros ni siquiera hubiera pasado por su cabeza. La fuerza de las palabras había podido mucho más que cualquier otra atracción a la que pudiera sucumbir un niño pobre como él, y, sin embargo, la mano sabia y tibia de esa mujer que supo sacarlos adelante terminó por señalar un camino y un destino.

–El libro es la gran esperanza, porque en la editorial piensan que puede tener una respuesta extraordinaria. Tendrá unas 300 páginas y desde luego va dedicado a mi madrecita, que es boyacense y que me trajo al mundo un 19 de marzo de 1963. El cura que me bautizó le dijo a mi madre que debía llamarme José en honor a mi santo. Con la plata del libro vamos a fortalecer el banco de libros que quiero hacer para llevar y sembrar una semillita en miles de niños en un país como el mío, que tiene 200 años de atraso, por todo lo que le han quitado, por todo lo que ha hecho mal.

La gente acude a llevar libros para sus casas cuando sabe que llega El señor de los libros. (Foto Fundación la Fuerza de las Palabras).

¿ESTÁ EL SEÑOR DE LOS LIBROS?

 En una final de un torneo infantil de fútbol José Alberto fue uno de los invitados y se llevó una buena cantidad de libros para regalarle a cada uno de los equipos participantes. De esa forma, además de la típica medalla, los niños recibirían un libro. Lo que no tenía previsto era que la gente y los otros infantes que asistieron a la actividad reclamaron los suyos.

Fue entonces cuando les prometió que si iban a la biblioteca él se comprometía con los niños y los papás a alistar todos los libros que fueran necesarios para cumplir con el trato.

Una mañana un enjambre de niños llamaba a la puerta de la casa-biblioteca y el clamor que se oía era este: “está el señor de los libros”.

María Angélica, la hija mayor de José Alberto, atrapó al vuelo la excelente definición y le de dijo: –buscan al señor de los libros. Así debes llamarte.

Y así fue como nació  El señor de los libros, la marca con que ese humilde chofer del camión de la basura iba a dar el salto al mundo, con el único afán de convencer a los otros de que un libro puede cambiar vidas.

El 6 de mayo de 2019 se fue la madrina espiritual de La Fuerza de las Palabras y de esa biblioteca arrebatada a la basura: esa madre que a la luz tenue y frágil, hacía más de sesenta años, le leía a él y a sus hermanos historias que despertaran la imaginación y les permitiera huir de la marginación y la miseria.

–Se me fue la viejita. Se murió en mis manos. Tenía 82 años, dijo con voz nostálgica El señor de los libros.

 


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