Dibujante de crímenes en la Tiquicia adormecida

Elefantes de grafito es la segunda novela de Warren Ulloa Argüello, en ella continúa determinado a destapar el paraíso perdido de la Costa Rica mojigata.

Esa escritura trepidante de la novela negra Elefantes de grafito, de Warren Ulloa Argüello, se parece a su modo de expresarse cuando habla.

Como si tuviera el pie en el acelerador del pensamiento, el joven escritor de Bajo la lluvia Dios no existe (Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2011) explica sin rodeos las razones que lo llevaron a escribir esta segunda propuesta en clave de novela negra.

Ulloa presenta su libro Elefantes de grafito −editado por Uruk Ediciones− en el Instituto de México este jueves 19 de noviembre, con la intervención del escritor Carlos Cortés, la periodista y académica Lorna Chacón, y el escritor y crítico Álvaro Rojas.

C12-Warren1¿Por qué escribir una novela negra?

−El proceso de esta novela negra ha sido como una manera de desintoxicarme del lenguaje verbal, oral, que me dejó contaminado de Bajo la lluvia Dios no existe. De los géneros que mejor se acomodaban era la novela negra, una novela callejera, citadina, de personajes de un montón de tipos, oscuros. Luego, con las lecturas que empecé a tener para referenciar las entrevistas y el proceso investigativo, me di cuenta que la novela negra era lo que quería desarrollar.

Es una novela extensa e intensa. ¿Cómo abordar estas características? ¿Fue un reto?

−Fue un reto, porque cuando empecé a escribir la novela nunca me plantee un mamotreto de 400 páginas. La novela tomó posesión de mi proceso creativo, por la cantidad de tramas y personajes; pero lo que más me preocupaba es que mantuviera el ritmo del inicio.

La mejor manera cuando son novelas tan voluminosas es ir in crescendo, que al final se dispare, que el lector lea y no se dé cuenta de la cantidad de páginas que está leyendo. Estaba asustado de lo que estaba escribiendo−así manejan la psiquis las musas−. Cuando vi que la novela no tenía final por la página 230 o 240 y todavía me faltaba más material para ir cerrando, me fui liberando, porque pensé: si va a quedar grande que quede grande; luego habría un proceso de edición.

Construir personajes con un recorrido tan extenso requiere de una conexión entre las acciones y sus personalidades. ¿Cómo darles congruencia?

−Para generar una congruencia hay que darle una historia a cada uno, y cuando estas se entrelazan y se entrecruzan es cuando ves que el personaje adquiere vida propia, y el personaje se me sale de las manos. Uno piensa muy racionalmente un texto y conforme van pasando y narrando, los personajes se desligan y me dejan botado; nada más transcribo −cual médium diría (André) Breton− lo que ellos están haciendo. Entonces, el proceso creativo es una epifanía: algo te embarga, te posee y vas escribiendo, y en el proceso racional ves qué personaje tenés que pulir, cuál hay que quitar. Una técnica puede ser la fragmentación de historias y la posterior complementación que se da al final del texto, que hace que el personaje crezca con el lector, conmigo y con la historia.

¿Entonces tenías claro qué era lo que querías contar, a dónde querías llegar?

Fijate que no. Digamos que el final me llegó. Cien páginas antes de terminar el proceso de escritura vi el final; tenía varias ideas con algunos personajes, pero el personaje principal no sabía cómo iba a terminar.

Trabajaste diferentes niveles de la realidad. ¿Cómo llevar a buen término esa carretera con varios carriles?

−Fue un proceso desgastante, porque tuve que investigar sobre diferentes situaciones de los personajes, como las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, los procesos investigativos judiciales, con colegas periodistas en cómo es el día a día de un ‘sucesero’, y conjugar todo eso en una novela es bastante difícil. La novela es una crónica de quitarle a Costa Rica esa imagen −ya lo dijo la BBC− de que dejó de ser la Suiza centroamericana y ser el país que estamos condenados a ser −en el entendido de que somos un puente migratorio−, un puente de drogas; es el destino de Costa Rica al estar al norte con México y Estados Unidos y al sur con Colombia. Lo que quise demostrar es que a pesar de que no somos grandes almacenadores del crimen organizado, tenemos el crimen que junta las boronas de lo que va dejando ese tránsito enorme de drogas, armas, personas.

Y la corrupción en el poder judicial…

No solo en nuestra esfera política, sino en la internacional, con Estados Unidos. En el poder judicial que está tan cuestionado hoy en día, todos los cargos son muy políticos, los tecnicismos y la burocracia y sus incoherencias y absurdos. Lo que yo reflejo es parte del deterioro institucional y estatal que estamos teniendo, propio de nuestra época.

Y también hablás del ser humano en ese contexto…

−Sí, también, del ser humano que transita a través de esa novela; mientras los escombros del Estado van cayendo, ellos se van quitando los pedazos para sobrevivir.

¿Son víctimas y victimarios a la vez?

−Totalmente. En esta novela no hay ni santos ni diablos, no hay ni buenos ni malos, son seres humanos. Tengo muchos defectos y virtudes como escritor, y entre mis virtudes está crear buenas historias y personajes, y en este caso logré que no tengan ninguna ética superior a los demás; son personajes muy contradictorios, como somos nosotros: ambiciosos, amables, tiernos, crudos.

 

Primera página de <em>Elefantes de grafito</em>

Mauro Pacheco sopla el grafito que queda en el papel. Mira durante unos segundos el retrato recién finalizado y se siente conmovido. La mujer dibujada lo seduce, desde la otredad.

−¿Estamos listos, Pacheco?− pregunta el investigador Javier Brenes interrumpiendo la meditación del dibujante.

Javier Brenes toma el retrato y se lo muestra al único testigo: el guarda del motel.

−¿Es esta la mujer que usted vio salir la noche en que mataron a Arthur Sullivan?− dice.

El hombre, un nicaragüense de avanzada edad, saca los lentes del bolsillo de su camisa, se los pone y observa detenidamente el retrato.

Pues… −duda− se parece mucho.

Javier Brenes jala la silla acercándose aún más y dirige, alternativamente, la mirada al dibujo y a los ojos del guarda. El bigotillo hitleriano, el rosario de plata que le cuelga del cuello y la arrogancia que refleja su placa de agente judicial son sus rasgos más sobresalientes.

−Pero –insiste− ¿no está seguro?

−Como le digo: se parece; es que mire usted, esa mujer salió como cuecha de mono, si acaso le pude ver la cara.

−¿Cómo llegó ella al motel?

En la camioneta del gringo.

El agente judicial continúa con el interrogatorio, preguntas dirigidas a la obtención de una pista importante sobre quién podría ser la sospechosa. Pero todo parece muy difuso y, para complicar la escena, la mujer abordó, una vez cometido el crimen, un carro que la estaba esperando afuera. No poseía placas y el guarda no estaba seguro del color, ya que sus ojos no alcanzaron en la noche ni siquiera a distinguir le modelo.

Luego de otra serie de preguntas, el guarda se muestra un poco inquieto. Javier Brenes, a sabiendas de que las próximas interpelaciones llevarían a un callejón sin salida, lo deja ir, no sin asegurarse de que la dirección del domicilio y el número telefónico que le había dado el guarda eran los correctos. Lo llama antes de que se marche y le advierte que esconderse le traería graves problemas con la fiscalía. El guarda se pone de pie con la dificultad de la edad y abandona la habitación.

−¿Usted fue el que cubrió la muerte de Sullivan?− dice el dibujante.

 

Dibujo de escritor

Warren Ulloa Argüello nació en San José, en 1981. Ha publicado con Uruk Editores el cuentario Finales aparentes (2008) y la novela Bajo la lluvia Dios no existe (2011).

Su cuento “Sacrofetichista” fue incluido en la antología Un espejo roto, de Sergio Ramírez, y traducido al alemán para la antología Zwischen Süd und Nörd, Neue Erzähler aus Mittelmaerika. Es director de la revista literaria centroamericana www.literofilia.com, además de locutor y director radial en Literofilia Radio, transmitido por Radio Nacional. Escribe columnas sobre fútbol y literatura para varios medios digitales e impresos.


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