Descubra el espíritu del Cascanueces tras bambalinas

Una puesta en escena con 100 bailarines por espectáculo define a la producción cultural más ambiciosa del país, en la que sus gestores invierten este año ¢182,9 millones.

Cuando el 1° de diciembre se abra en el Teatro Melico Salazar la temporada número 10 del Cascanueces, a los ojos de los espectadores parecerá que el espectáculo se repetirá una vez más, pero nada más lejos de la realidad, porque cada año participan nuevos bailarines, se ajustan o renuevan las coreografías, el vestuario, y la técnica de los ejecutantes también es diferente.

En 2018 el Cascanueces pondrá en escena a 400 integrantes, distribuidos en cinco elencos, de 35 escuelas nacionales de ballet, en las 12 funciones que brindará entre el 1° y el 9 de diciembre, en una megaproducción cultural considerada por las gestoras Patricia y Flor Carreras, de Interamericana Producciones, como la más grande que se realiza en el país.

Ariela Álvarez interpretando el papel de Clara. (Foto: Cortesía de producción).

Cuando empiece esa función, a las 3 p.m., decenas de ensayos, que comienzan en mayo con las audiciones, servirán de base, así como un sinnúmero de gestiones que conllevan pequeñas y grandes acciones, que tienen como fin último una puesta en escena que evidencie el valor del ballet clásico con una obra que en decenas de ciudades en el mundo se ha vuelto imprescindible en época de Navidad.

Y como nadie sabe qué puede pasar realmente en escena, Patricia Carreras explica que incluso detrás del escenario cuentan con máquinas de coser, por si a última hora algún traje sufre un contratiempo.

La repetición, corrección, realización y vuelta de nuevo al punto cero de las escenas es moneda corriente entre mayo y diciembre, lo que obliga a una logística demencial, que involucra a participantes directos e indirectos como los padres de familia.

Muchas escuelas, ahora que el Cascanueces es ya una realidad y empieza a ser una tradición, preparan a sus alumnos para que cuando lleguen a las audiciones cuenten con una formación oportuna, dado que el nivel de exigencia de Wes Chapman, el otro director artístico, es cada vez mayor, precisó Patricia Carreras.

Chapman y Patricia Carreras piensan durante todo el año en cómo mejorar una escena, qué tipo de vestuario podría modificarse o cambiarse, y cada innovación que acuerdan desencadena un efecto dominó y obliga a que se articule un amplio trabajo de equipo que implica a muchos colaboradores.

Wes Chapman y Patricia Carreras (centro), directores artísticos, durante el ensayo del sábado 24 de noviembre, a una semana de la primera función del espectáculo en el Teatro Melico Salazar. (Foto: Cortesía de producción).

TÍMIDO COMIENZO

Patricia Carreras recordó que la primera que hizo una fragmento del Cascanueces en Costa Rica fue la coreógrafa rusa María Monáhova, en 1994, quien tres años antes había organizado junto con ella la Escuela de Ballet Clásico Ruso de San José.

“Las primeras veces que hicimos el Cascanueces, con bailarinas nuestras y con coreografía hecha aquí, fuimos nosotras en la Escuela de Ballet Clásico Ruso”, dijo.

Luego de ese primer esfuerzo, recalcó, el Teatro Nacional decidió montar el Cascanueces completo y para ello invitó a varias academias a que participaran con sus bailarinas; sin embargo, después de tres temporadas, dicha institución decidió echar marcha atrás y dejó de lado la obra.

Fue entonces cuando la Escuela de Ballet Clásico Ruso decidió asumir la producción total con la idea de que fuera una convocatoria abierta a las distintas academias.

“Para nosotros hacer el Cascanueces, con la participación de las diferentes escuelas, tiene el sentido de que se beneficie una gran parte del ballet de Costa Rica. Ese es el gran sentido que le vemos, porque creemos en el valor transformador del arte”, destacó Patricia Carreras.

En el 2007, tras el retiro del Teatro Nacional, no hubo Cascanueces y en el ambiente del ballet hubo una especie de sismo y frustración, precisó Flor Carreras, hermana de Patricia y productora de la obra, gracias a su experiencia en este campo artístico.

“Se sintió la ausencia del Cascanueces y fue cuando decidimos que la Escuela de Ballet Clásico Ruso iba a producir la obra. Nos había encantado la proyección social y cultural que representaba y por eso nos metimos en lo que hoy es la mayor producción cultural que tiene el país”, dijo Flor Carreras.

“En el primer año tuvimos un déficit grande desde el punto de vista económico, por lo que nos cuestionamos mucho si íbamos a seguir con la obra; no obstante, la retribución cultural y emocional, gracias a la participación de las familias, hizo que decidiéramos continuar”, expresó Flor Carreras, quien se dedica a traer artistas internacionales por medio de Interamericana de Producciones.

Llevar a escena a 400 participantes, reunidos en cinco elencos, más vestuario, escenografía y bailarines invitados conlleva hoy una inversión de $300.000 (¢182,9 millones al tipo de cambio actual), puntualizó Flor Carreras.

Y agregó: “Pasamos entre tres y cuatro años con pérdidas. Hoy el Cascanueces es autosostenible. Generamos para pagar refrigerios, almuerzos y los tiquetes de avión de los bailarines invitados”.

En la décima temporada participan cinco elencos para un total de 400 integrantes del ballet. (Foto: Cortesía de producción).

REFUERZOS DE LUJO

Como en el país hay un déficit de bailarines y como uno de los objetivos es que los artistas extranjeros contribuyan a una mayor exigencia de los artistas locales, en 2018 el Cascanueces contará con 14 invitados.

Entre los bailarines que vendrán para este 2018 se encuentran Zigmars Kirilko, bailarín principal del Teatro Nacional de Letonia, Denis Karakachev, reconocido bailarín de San Petersburgo y Moscú; Michal Štípa, de la República Checa; y bailarines de Centroamérica como William Herrera, Ervin Vallecillo y Braulio Mena.

A ellos se unirán como bailarinas principales Camila Fernández, hoy en una compañía en Bulgaria y quien se hizo a través de los años en la Escuela de Ballet Clásico Ruso, detalló Flor Carreras.

En dicho papel, como son 12 funciones, también estarán Mariana Lizano y María José León.

RIGUROSIDAD

El jueves 22 de noviembre, al mediodía, se verifica un ensayo con las bailarinas principales del Cascanueces del presente año. En un espacio fuera de la pista de baile se encuentra Chapman con una grabadora mediana desde la que controla la música de Piotr Ilich Tchaikovsky y los pasajes que le corresponden a las bailarinas estelares.

En la pista, junto al bailarín Gustavo Vargas, está Camila Fernández, quien tan solo hace algunas horas había regresado de Bulgaria, a donde se trasladó hace un año para integrarse a una compañía de ese país.

Fernández baila con concentración, técnica y entrega, como si fuera la puesta en escena de su papel. Chapman le suelta frases cortas en inglés para decirle cómo va representando su rol. La bailarina respira con dificultad, está agotada, pero todavía tiene la disciplina y el ánimo para un ensayo más como lo quiere el director.

Para llegar en las mejores condiciones a la realización de la obra, el elenco en total se entrega en múltiples ensayos.

Vargas, bailarín que participa en las pruebas desde mayo a noviembre, a la espera de que lleguen los artistas invitados, también da muestras de cansancio, pero sigue en su faena de acompañar a las jóvenes bailarinas.

Ahora le toca el turno a Mariana Lizano, quien le imprime su sello al papel de bailarina principal y lo mismo hará minutos más tarde María José León. Las tres tienen el anhelo de demostrar que el ballet clásico en Costa Rica es posible y que rinde frutos.

Mediante la rutina de muchos ensayos, cargados de esfuerzo y paciencia, tanto por parte de los bailarines como de los directores artísticos transcurren los meses hasta que llega diciembre y la salida al escenario está al alcance de la mano.

EL DIRECTOR INVISIBLE

Quienes aprecien el Cascanueces no sospechan que detrás hay un director artístico que viene cada año al país porque asumió un compromiso especial para impulsar el ballet clásico en Costa Rica.

Chapman es un reconocido exbailarín y director, oriundo de Alabama, Estados Unidos,  quien ha participado en todas las puestas en escena del Cascanueces, y quien confesó a UNIVERSIDAD que no puede concebir la Navidad sin este espectáculo. Actualmente es el director de la Compañía de Ballet de Alabama.

Chapman dijo que a él solo le interesan dos cosas: el equipo de fútbol de Alabama y el Cascanueces, sin el cual ya no puede concebir un diciembre.

“El otro día vi a los bailarines y creo que se han vuelto mucho mejores. Ahora podemos ver a las niñas que empezaron como angelitos y hoy tienen el rol más importante. Como me he esperado, he podido ver esa evolución”.

El compromiso asumido por Chapman, destaca Carreras, es de tal magnitud, que ya no pueden imaginarse qué pasaría si un día el director les dice que no vendrá más al país a codirigir la parte artística.

Para cada obra,  Chapman realiza al menos tres estadías en Costa Rica, la más larga de ellas en el mes previo a la realización de la obra.

Sobre el nivel que tiene el Cascanueces en Costa Rica, comparado con el de otras latitudes, aseguró que es difícil de establecer, porque “no somos Nueva York”.

“Es algo que realmente no se puede comparar. Lo importante es que se pone en escena una producción que entretiene y le fascina a la gente”, expresó.

En relación con el valor social del Cascanueces, comentó que “ya ha tenido un impacto en la gente y  en el ámbito cultural”, y que eso se percibe incluso en la calle, cuando él escucha a personas que se refieren al espectáculo.

ACERCAR ARTE AL PUEBLO

Patricia Carreras destaca el entusiasmo que tras diez temporadas ha despertado el Cascanueces en las diferentes escuelas de ballet ubicadas en las distintas comunidades del país.

Eso hace que muchos de los padres, cuyos hijos se involucran en la obra, se acerquen por primera vez en sus vidas a un teatro como el Melico Salazar y a la vez tengan una experiencia singular con el arte.

Para 2018 más de 35 escuelas han enviado a sus representantes para las audiciones. Entre ellas se encuentran la Academia de Ballet Danza y Movimiento, la Academia de Ballet Ingrid Cruz, la Academia de Ballet Marta Prado, la Academia de Ballet Nuova Danza San Ramón, la Academia de Baile Olé, la Academia Dance 4 Real, la Academia de Danza Kabriole, la Academia de Danza Raquel Piedra, la Academia de Danza y Arte, la Academia Superior de Ballet Clásico Ruso de CR,  la Academia Villa Danza, Body Language Dance Estudio, Ciccio Studio,  la Compañía de Cámara de Danza de la Universidad Nacional, el Taller Nacional de Danza, el Conservatorio Castella, la Escuela Municipal de Artes Integradas (EMAI, Santa Ana) y así muchas otras organizaciones que participan del Cascanueces cada año.

A la larga lista anterior hay que añadir una experiencia particular, que es la de la Fundación Casa de los Niños, en Tirrases de Curridabat, mediante el programa Soñamos juntas, que incluye a niñas de esta zona marginal de dicho cantón.

“Impulsamos el proyecto de las niñas en Tirrases, porque queremos cambiar vidas y varias de ellas están en el Cascanueces”.

LIBRETO ORIGINAL

Patricia Carreras resaltó que la historia del Cascanueces que producen, basada en el cuento de Ernest Theodore Amateus Hoffmann, respeta el libreto original de Ivan Vsevolozhsky. Aquí hay que aclarar que según Carreras, el libreto no fue escrito por Marius Petipa, como se ha atribuido por tanto tiempo y por tantos años, aunque Petipa sí participó en la producción que se materializó con el estreno de la obra el 18 de diciembre de 1892 en San Petersburgo. Por esa razón es que en el programa que entregan a los espectadores el crédito se le da a Vsevolozhsky.

La historia del Cascanueces, obra en dos actos, se da cuando el alcalde de la ciudad convoca a una fiesta de Navidad a la que llegan los invitados con sus respectivos hijos. De esta manera, Clara, Fritz y sus amigos están pendientes del regalo que les hará su padrino, el mago Drosselmeyer. Todo cambia cuando Clara recibe como obsequio un Cascanueces. Al final de la fiesta Clara se duerme abrazada a su obsequio. A eso de la media noche se despierta sobresaltada y todo empieza a cambiar porque la casa es tomada por la magia del mago y un gran número de ratones llenan la sala, crece el árbol de Navidad. Los ratoncillos quieren acabar con todo, pero los soldaditos de Fritz cobran vida y entran en batalla. El Cascanueces de Clara se enfrasca en una pugna con el rey ratón, que lo lanza al piso y da la sensación de que ha muerto. Entonces, interviene de nuevo el mago Drosselmeyer y salva al Cascanueces, que se convierte en un príncipe, quien a su vez transforma a Clara en su princesa.

Toda la historia transcurre con la maravillosa música que para la obra creó Piotr Ilich Tchaikovsky, considerada una de las composiciones magistrales de todos los tiempos.

Clara y el príncipe viajan al país del Hada de Azúcar de Ciruela y ella hace que bailen para sus anfitriones la Danza del Chocolate Español, la Danza del Té Chino, la Danza del Café Árabe, la del Dulce de Regaliz de Rusia y las Flautas del Almíbar de Francia.

Para dotar de magia al libreto basado en el cuento de Hoffmann, se requiere de un enorme trabajo que va desde los directores artísticos hasta el más humilde de los padres, quienes a su vez hacen milagros para que sus niños participen en cada uno de los muchos ensayos que preceden a la obra.

Tras bambalinas se cuece mucho esfuerzo y los más pequeños se mueven como ratoncillos extraviados, corren los del vestuario, están atentos las costureras para cualquier emergencia y muchas organizaciones aportan a sus alumnos para que se cumpla con el libreto a cabalidad y con exigencia, y todo ello es posible, sostienen Patricia Carreras y Chapman, porque la obra es magia, y quien la ve una vez volverá cada año al teatro, debido a que es imposible no rendirse a esa forma de soñar superior que es el arte, que aspira a ir más allá del tiempo y el espacio, dado que no es moda, es ballet, es el Cascanueces, con más de un siglo de ser representado en los escenarios del mundo entero, y hoy Costa Rica forma parte de esa magia que precede y engalana la Navidad.


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