Cuando la guajira dejó de soñar

El filme colombiano Pájaros de verano es la segunda aparición del dúo de directores colombianos en el Costa Rica Festival Internacional de Cine

La película Pájaros de verano dirigida por el dúo de dirección que conforman Ciro Guerra y Cristina Gallego vuelve a mostrar una combinación exitosa de talento detrás de cámaras y una apasionada exploración intelectual de las culturas amerindias de nuestro continente.

Ambos directores fueron (juntos) el cerebro detrás de sus dos últimos filmes: Los viajes del viento, y El abrazo de la serpiente, este último  reconocido con la nominación al Óscar a mejor película extranjera en 2015.

También Pájaros de verano fue elegida entre las 9 precandidatas para ese mismo premio este año.

Una vez más, Guerra y Gallego nos llevan a un lugar inaccesible de Colombia: la península de La Guajira. Los amantes del vallenato habrán escuchado  hablar muchas veces de esta región colombiana, pero es posible que desconozcan el origen de su nombre: la población indígena Wayuu, una de las más numerosas tanto en Colombia como en Venezuela.

El filme nos informa del origen y la estirpe guerrera de los Wayuu, que nunca fue doblegada ni por los conquistadores españoles, ni por los piratas que saquearon las costas caribeñas.  

La Guajira es uno de los famosos “extremos” de la tierra. Es el punto más al norte de Suramérica, de influencia caribeña y su clima es inhóspito (hay varios periodos de sequía y lluvia cada año) y su tierra árida. La población Wayuu ha sabido dominar este mundo extraño, casi alienígena, durante cientos de años, y en Pájaros de Verano se nos sumerge en el imaginario cultural y cosmológico que le da sentido a su existencia en ese lugar.  

El tejido y el tiempo, la palabra como elemento sagrado, el diálogo con los sueños y la repetición de la muerte, son pinceladas narrativas de lo que distingue, de entrada, a su población de los llamados alijunas, es decir, los descendientes de españoles. (En Costa Rica, los bribris utilizan un término parecido, sikwa, para referirse a los otros “blancos”).

Al igual que en El abrazo de la serpiente, somos testigos en el filme de cómo el entramado complejo de saberes y prácticas wayuu se va desmoronando con la ascenso del mercado de marihuana en la región (llamada marimba) a finales de los años sesenta.

Es un acierto de los directores el construir el filme inspirándose en el género del crimen y la mafia, y es imposible no encontrar similitudes enormes con la saga familiar de El Padrino.

Los Wayuu son una población construida en torno al cumplimiento de las deudas y el respeto del honor, y de ahí que el encargado de “portar la palabra” entre los diferentes clanes sea visto como un miembro especial, sagrado, de su sociedad; los palabreros son intocables, y su único fin es llevar las noticias y las mediaciones de la manera más clara posible, y así facilitar el mantenimiento de estas deudas y acuerdos orales.

Pajaros de verano se estructura a través de cinco episodios o “cantos” en los que vemos el ascenso de un matrimonio y alianza entre dos clanes wayuu. Rapayet (José Acosta) y Zaida (Natalia Reyes) son los protagonistas que abren la puerta a una serie de negocios clandestinos en los que el cultivo y tráfico de droga se convierte en una posibilidad de ascenso social entre las familias.

El rol que conecta los diferentes episodios es la matrona de la comunidad, Úrsula (en una actuación sobresaliente de Carmiña Martínez), protectora del saber ancestral y la tradición. Ella tiene la tarea de vigilar que el pueblo no se vea transgredido por la constante amenaza de la riqueza desmedida y ambición exterior de los alijunas y el deseo de venganza que traen consigo.

Los directores exponen el lento decaer de una comunidad bajo el ritmo vertiginoso de un mercado capitalista caníbal —solo es permitido el aumento de la producción— , que conduce a un pueblo a consumirse a sí mismo sin posibilidad de retorno.

El filme sigue rítmicamente las vendettas entre los clanes, sus relevos generacionales, y su transformación en imperio criminal, y con la aparición de cada canto parece emular más la estructura de repetición de las canciones del vallenato (o las futuras narco corridas, en contraste con el antiguo canto hablado de los palabreros.

El resultado narrativo no siempre es el idóneo para poder seguir el desarrollo individual de cada personaje, pero la imitación del pasado parece estar relacionada con los ritmos de vida y muerte de los wayuu, que incluso realizan una segunda sepultura de algunos de sus miembros.

No obstante, la película es elevada por una asombrosa puesta en escena y una representación de La Guajira con tintes épicos, sobrenaturales. Así, esta historia de crimen en el rincón más insospechado del mundo contempla la decadencia de un mundo colorido, lleno de sonidos y bailes, que lentamente se transforma en una mansión fría, rodeada de lujos y armas automáticas, pero donde ya no es posible soñar, tejer ni articular palabra alguna.

País: Colombia. Año: 2018. Director: Ciro Guerra, Cristina Gallego. Productoras: Snowglobe, Blond Indian Films, Ciudad Lunar, Pimienta Films. Guion: María Arias, Jacques Toulemonde Vidal Fotografía: Montaje: Miguel Schverdfinger. Música: Leonardo Heiblum. Duración: 125 minutos


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