Cultura Una mirada al cine

Club Zero

Club Zero, el más reciente largometraje de la austriaca Jessica Hausner, es claramente una obra que busca desafiar a la audiencia, tanto por su temática como por el tratamiento visual.

El colegio The talent campus es un centro de enseñanza que parece tranquilo, es de esos de gente acomodada, donde el dinero lo compra todo. Su última adquisición es la señorita Novak (Mia Wasikowska), la nueva docente que llega —nueva de paquete— a guiar adolescentes hambrientos de conocimiento.

La señorita Novak también parece tranquila y, para la administración del colegio y el comité asesor de padres, elegirla fue simple, lo que ellos no saben es que, a veces, los caminos simples conducen a error y, para estos padres acomodados, el error puede costar la vida de sus preciados hijos. Estamos ante un moderno Flautista de Hamelín con un desenlace, igual que el clásico, aterrador.

La directora lleva a los personajes en una carrera acelerada hacia un abismo que se mantiene fuera del ángulo de visión hasta que sucumben a lo desconocido, en aras de buscar una felicidad que posiblemente no existe en el mundo real. La inocencia de este grupo de estudiantes les hace seguir, con fe ciega, lo inalcanzable, y esa fe es un combustible peligroso.

La cineasta austriaca ya había explorado los pormenores del tránsito entre pubertad y madurez cuando dirigió su primer largometraje: Lovely Rita. En esa ocasión, abordó de forma potente el despertar sexual de Rita (Barbara Osika), una joven sensible, pero incomprendida, en medio de una sociedad conservadora y mojigata. La cinta quedó relegada a los archivos de los cinéfilos más curtidos.

Hausner también había incursionado en el cine de suspenso (al estilo más clásico de los grandes maestros) en varios de sus trabajos, como Little Joe, una brillante y siniestra historia en la que Hausner mezcló los colores vivos de las flores con la fría esterilidad de los laboratorios de investigación y vertió el compuesto resultante en sus protagonistas, Alice y Chris (Emily Beecham y Ben Whishaw). Posiblemente, el uso de este par de británicos, “pesos pesados” del cine y TV, logró que la cinta obtuviera más impacto dentro del mundo de la pantalla de plata.

Ahora, en Club Zero, completamente decantado su estilo, la austriaca une ambos mundos de la forma en que solo los grandes artistas saben hacerlo y nos da una pieza de primera calidad en la que sondea al sistema educativo, la sociedad, la crianza y la familia. De forma aséptica disecciona las relaciones de los núcleos humanos y la interacción en el universo escolar; nos presenta las luchas de poder entre las castas económicas de los diferentes padres y la vida vacía, pero con acceso irrestricto. Sin embargo, este frío panorama lo engalana con colores, ¡y qué colores!, cada escena es un estudio tonal, cada matiz ocupa de forma sutil, pero orgullosa, el espacio que le fue asignado por la armonía, cada acento de color tiene una misión en el gran tejido de su historia.

Y, como si fuera poco, ni siquiera dejó de lado el suspenso e incluso lo grotesco tiene cabida en su filme, como la famosa escena del vómito que generó amplios comentarios por parte de la crítica especializada, tanto a favor como en contra; es decir, que a final de cuentas, el famoso vómito estuvo en boca de todos.

En resumen, su cine incomoda, pero lo hace de forma gentil; sus películas tienen la personalidad de la autora: con voz suave, cándida y humilde, pero con palabras que penetran como ácido, llegan profundo y queman.

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