Chico Perico mató a su mujer o la cicatriz del femicidio

Las cuatro escuelas de artes de la Universidad Nacional conmemoran su 45 aniversario con un espectáculo interdisciplinario para reflexionar sobre la violencia estructural y machista que provoca el femicidio.

Una canción infantil, que de manera inocente cantan los niños mientras hacen ronda, dice: “Chico perico mató a su mujer, la hizo pedazos y la fue vender, nadie la quiso por ser mujer”.

La letra macabra y violenta del juego evidencia de forma simbólica la grave problemática del femicidio, que, según registros de la Fiscalía Adjunta de Género en Costa Rica, cobró la vida de ocho víctimas hasta agosto de este año.

En el 2018 el dato, según la misma Fiscalía y la Subcomisión Interinstitucional de Prevención del Femicidio, fue de 26 femicidios de 65 homicidios contra mujeres.

Con elementos escenográficos como un cubo, una escalera y una silla, el elenco baila la problemática de la violencia contra las mujeres y el femicidio. (Foto: Esteban Chinchilla).

Esta realidad contrasta de forma perversa con la aparente ingenuidad de una canción de ronda que permea a la sociedad con la misoginia y el machismo criminal, y que normaliza la violencia contra las mujeres, incluso los asesinatos por razones de género.

Tanto la canción sobre la esposa asesinada por Chico Perico como la historia de “Barba Azul” del francés Charles Perrault -otra perversa historia sobre un caso de femicidio múltiple-, sirvieron como fuente de consulta e inspiración para el proceso creativo de la obra Cicatriz, que las escuelas de artes de la Universidad Nacional (UNA) presentan en celebración del 45 aniversario de su fundación.

A partir de 1995, las unidades académicas se juntaron en el Centro de Investigación, Docencia y Extensión Artística de la Universidad Nacional (conocido por sus siglas Cidea), plataforma que les permite realizar trabajo artístico en colaboración.

Las funciones del espectáculo serán en el Centro de Convenciones de la UNA, ubicado en San Pablo de Heredia, del jueves 17 al lunes 21 de octubre próximos, en distintos horarios (ver recuadro aparte) y la entrada es gratuita.

Herida violenta

Cicatriz es una propuesta artística interdisciplinaria codirigida por Nandayure Harley, de la Escuela de Danza, y Reinaldo Amién, de la Escuela de Artes Escénicas, que busca  sensibilizar y activar a los espectadores en torno a la problemática de la violencia, a partir de un enfoque de género, diversidad y derechos humanos.

“La obra está enmarcada en la declaratoria de la UNA de igualdad, equidad y no violencia de género, y ante semejante declaratoria no nos quedaba más que trabajar el tema”, indicó Harley.

La codirectora explicó que a la entidad que representa le correspondió el presupuesto  anual para llevar a cabo una obra con las demás escuelas de arte. “Entonces quisimos juntar el aniversario y hacer este espectáculo en donde estuvieran representadas las cuatro”.

La obra fue construida mediante un proceso colaborativo que implicó un diálogo entre los lenguajes escénicos de la danza, el teatro, la música y la multimedialidad.

Por esta razón participaron, además, el compositor Carlomagno Araya de la Escuela de Música, quien estuvo a cargo de la banda sonora, y Amién, quien asumió la dramaturgia y la dirección del espectáculo junto a Harley.

A la vez fueron convocados estudiantes de la Escuela de Arte y Comunicación Visual, que se encargaron del diseño gráfico de los afiches y del programa de mano, así como los de la Escuela de Danza, quienes realizaron los videos.

El elenco de Cicatriz está conformado por los bailarines de la Compañía UNA Danza Joven, y estudiantes de la Escuela de Artes Escénicas y de la Escuela de Danza.

La preparación del espectáculo inició el año pasado con la realización de conversatorios, charlas y conferencias con funcionarios del Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu), de la UNA, y del Instituto Costarricense de Masculinidad, Pareja y Sexualidad (Instituto Wem), quienes retroalimentaron al equipo creativo con información, datos y videos acerca de la situación actual de la violencia en el país y en particular en contra de las mujeres.

Posteriormente, en mayo de este año empezaron el montaje de la obra. “De entrada costó mucho porque la gente se cuestionaba cómo se iba a abordar. Entonces, partimos de la violencia en general para que nos relajáramos y poco a poco se perfiló la violencia contra las mujeres”, detalló Harley sobre la puesta en escena.

Así, si bien se presentan escenas sobre violencia entre hombres –cómo se emborrachan y pelean a golpes entre ellos–, la coreografía se decanta por reflexionar en torno a la violencia machista contra las mujeres.

“Es la que está en la picota, y es lo que ha existido durante siglos porque lo hemos arrastrado a lo largo de toda la historia de la humanidad. En Costa Rica, actualmente, cada semana, cada hora, cada día desaparece una mujer; la matan; el marido le pega”, se lamentó Harley.

Las cuatro escuelas de arte de la UNA, hoy unidas en el CIDEA, conmemoran su 45 aniversario. (Foto: Esteban Chinchilla).

Barba Azul

Para abordar el proceso creativo, Harley y el elenco trabajaron en improvisaciones hasta construir la escaleta, para lo cual se alimentaron de la historia de “Barba Azul” en sus versiones de cuento de “hadas” y para adultos, y de las coreografías de la alemana Pina Bausch sobre el siniestro personaje grabadas en video.

“Cada uno hizo su investigación de “Barba Azul” y de ahí salió el dúo (de los bailarines): a veces vos ves a parejas que aparentemente se llevan muy bien, pero de repente ves actuaciones raras y el hombre le hace un daño solapado”, señaló Harley.

La escena de los dos intérpretes que representa el ciclo de la violencia doméstica contra las mujeres es el clímax de la obra y sucede sin música, pues intencionalmente se busca concentrar la atención de los espectadores en la dinámica corporal e intensidad emocional para que produzca una catarsis.

De acuerdo con Harley, rescataron canciones infantiles como la de Chico Perico mató a su mujer, ya que se acordaba de cuando sus hijos la cantaban y ella los cuestionaba sobre cómo no se percataban de que la letra hacía referencia al femicidio.

Al respecto, la codirectora dijo que a lo largo de la historia la humanidad ha agredido a la mujer “y ni siquiera nos lo cuestionamos y lo aceptamos como una cosa impuesta, ni siquiera nos damos cuenta de que eso está pasando”.

Avanzado el proyecto, Reinaldo Amién se hizo cargo de la dramaturgia y codirigió el proceso con Harley.

Acerca del comportamiento violento de las personas, Amién se preguntó “si el ser humano lo es por naturaleza y si más bien hay personas que se salen de eso y se comportan de manera más afable”.

“No creo que sea una construcción social y cultural, aunque quisiera creer que sí; pero repasando la historia y los diferentes contextos, el ser humano se enfrenta, se conflictúa, domina al otro, agrede al ambiente y a sí mismo”, comentó.

Amién confesó que él como hombre debe revisarse para liberar y aplacar la violencia en espacios como la paternidad: “yo tengo un hijo y trato de educarlo para que él tenga conciencia de eso y no lo replique”.

Asimismo, puntualizó que si los hombres no se dan cuenta es porque no quieren, o están del lado del agresor o son muy ignorantes.

“La violencia está latente en las acciones más evidentes, pero también en las más solapadas. Por lo tanto, hay escenas que he querido trabajar en donde la gente la perciba de una manera más sutil y logre reflexionar que también en los pequeños actos se refleja esa opresión”, manifestó Amién.

El artista escénico desea generar pequeños activadores de conciencia. Los seres humanos “venimos de una mujer, todos tenemos relación con ellas; y estamos en un momento particular en el que la rebelión o lucha por evidenciar y liberarse de todo esto está mucho más presente porque los canales de comunicación ahora son apropiados por cada quién”.

Para Amién, precisamente a raíz de ese flujo de información los hombres tienen mayor conciencia sobre la violencia ejercida contra las mujeres.

“La ignorancia o la repetición de patrones son heredados por los papás porque no existía otro parámetro; sin embargo, ahora los hombres tienen más información para poder corregir sus caminos”, apuntó.

La dramaturgia de la obra, según Amién, la remitió al ciclo de la violencia que empieza con momentos de tranquilidad, seguidos por pequeños brotes violentos que van generando una bola de nieve de tensión.

“Primero, la pareja está bien, hay abrazos, besos, hay comprensión; pero se producen pequeñas incomodidades o tensiones que se van acumulando y acumulando y cada vez son más fuertes hasta que sucede el estallido más violento y explota”, explicó.

Y aun cuando la violencia puede llegar al femicidio, en la escena decidieron cortar esa acción “para dar a entender que esos ciclos existen pero que nosotros tenemos la posibilidad de cortarlos”.


Cuerpo y empatía

Los bailarines de la Compañía UNA Danza Joven, Heriberto Calderón Villalobos y

Alejandra Núñez Moya, conversaron con UNIVERSIDAD sobre sus interpretaciones, emociones y corporalidad en la escena del dúo del hombre que agrede a su pareja.

“Lo difícil es la parte interpretativa, porque es muy loco bailar la violencia. Uno baila lo que le gusta, lo que lo hace sentir bien pero qué duro bailar algo que vos sabés que está mal, que no tiene ni pies ni cabeza: agredir a otra persona, sea hombre, mujer, niño, adulto mayor. Para mí eso es lo difícil; no la parte física, sino la parte de recreación de personaje o movimiento. Cómo encontrar un motivador para ser tan sádico. El artista tiene la responsabilidad de no solo enseñar lo que está pasando, sino de proponer caminos para cambiar. Es la sutileza a la que puede llegar la violencia, que en cosas mínimas como una canción infantil está cargado a la décima potencia de violencia; cómo estamos de normalizados”, Heriberto Calderón Villalobos, bailarín.

“Aunque no te haya pasado ese tipo situaciones, te conectás porque igual has vivido otras violencias. Lo difícil es llevarlo a la interpretación y al cuerpo, y para lograrlo tiene que existir una empatía de parte nuestra con eso que sucede en la realidad, con la persona que realmente pasa por eso. Se requiere una madurez para esto porque son temas muy fuertes y delicados. A mí me pasa que en el momento de la interpretación entramos en un ride que nos creemos que eso (la violencia) está pasando y cada golpe y empujón realmente yo lo estoy sintiendo, aunque yo sé que Heriberto no me quiere agredir. Creo que la interpretación en la mente y el corazón viene de lo corporal, de esa reacción que estamos teniendo en lo físico”, Alejandra Núñez Moya, bailarina.


 

No son cuentos de hadas

Al 6 de agosto de 2019,  la Fiscalía Adjunta de Género había registrado ocho femicidios, de los cuales siete fueron tipificados por el artículo 21 de la Ley de Penalización de Violencia contra las Mujeres (LPVcM) y uno fue clasificado como de tipo ampliado.

Seis de las víctimas eran costarricenses y dos nicaragüenses. De esos crímenes dos ocurrieron en la provincia de Guanacaste, dos en Puntarenas, dos en San José, uno en Limón y otro en Alajuela.

En 2018,  según datos de la misma Fiscalía y la Subcomisión Interinstitucional de Prevención del Femicidio, se  contabilizaron 26 femicidios de 65 homicidios contra mujeres.

El femicidio es la más grave de las violencias de género, en la cual una mujer es asesinada, por su condición de mujer, usualmente a manos de su pareja actual o pasada, o de otro hombre con quien no tiene o tuvo una relación de pareja.

No es un homicidio común, sino producto normalmente de una violencia escalonada y una relación desigual entre la mujer y el hombre femicida.

En Costa Rica, del 2007, año en que se promulgó la Ley de Penalización de la Violencia contra las Mujeres (LPVcM), al 31 de diciembre de 2017, hubo un total de 313 femicidios,  según el informe No. 165-ES-2018-B  del Subproceso de Estadística de la Dirección de Planificación del Poder Judicial.


 


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