Cultura

Catalina Murillo: “Donde hay felicidad no hay comedia”

La escritora costarricense Catalina Murillo, es la autora de Dulcinea Herstoria, obra que puso en escena la Compañía Nacional de Teatro en su cincuentenario y que en agosto retomó el programa “Érase una vez” del Ministerio de Educación con el Teatro Nacional con funciones virtuales y unas pocas presenciales que satisficieron al público. Con ella conversamos sobre su ingeniosa propuesta.

Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no parece!, así sentencia don Quijote los malos agüeros que acechan su ventura a su regreso a la aldea. Vuelve vencido, en su derrota la decisión de hacerse pastor, amargo porque a su amada alguien la ha encantado y convertido en una mujer vulgar y él no logró, ni con todos sus esfuerzos de caballero, agenciarle su libertad.

Dulcinea del Toboso es como el delirante don Quijote ha llamado al objeto de su amor, pero, como la Beatriz de Dante en La Divina Comedia, solo puede ser motivo de un amor cortés, idealizado. La realidad degradada de su fantasía es Aldonza Lorenzo, una mujer humilde, labradora, arisca y fortachona que se ha hecho ante las adversidades de sus muy reales circunstancias.

La escritora Catalina Murillo, fiel discípula de Cervantes, se arriesga en una propuesta con muchas reflexiones y mucho humor. (Foto: Uruk Editores).

Los amantes imposibles Dulcinea y don Quijote, Aldonza Lorenzo y Alonso Quijano, por el sueño, la locura y el fantaseo literario estos personajes se extrapolan, se transforman en otros y son a través de otros. Su realidad es eminentemente literaria, está en la propuesta de un juego de imaginación y libertad.

Sobre la trama de unos personajes se escribe la trama de otros, que interpretan a otros personajes, así se sumó al juego Catalina Murillo desde su propia lectura provocadora de otras lecturas.

“Lo que sí hice al final es dejar sembrada la idea de qué sería hoy una Dulcinea protagonista”.

Dentro del programa “Érase una vez” que busca acercar a la población joven y estudiantil al teatro y a algunas obras clásicas que se incluyen en sus cursos, el MEP le propuso a la escritora la representación de una obra para público juvenil estudiantil acerca de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes. Este reto muy serio, la escritora se lo tomó con humor, a la vez que tomó la comedia muy en serio.

 

La carcajada delirante de Dulcinea del Toboso

 

El encantamiento que ha sufrido Aldonza Lorenzo, por la mirada que quiere ser caballeresca de don Alonso, o al revés, el que sufrió Dulcinea del Toboso envilecida por el verismo de Sancho que perturba a don Quijote, es la puerta giratoria por la cual entra y sale don Quijote de la locura que lo obliga a armarse caballero andante.

Pero en la novela, ni Aldonza ni Dulcinea son protagonistas, casi ni aparecen en el texto. ¿qué tendrá que decir la tantas veces aludida? Esa es la pregunta que surge cuando se vuelve la mirada hacia ella.

Esa inquietud le sirve de provocación para una obra que desde el humor logra importantes reflexiones que incluyen temas del debate contemporáneo, literarios, filosóficos, sociales, históricos, que llevó a las tablas la Compañía Nacional de Teatro con la dirección de Mabel Marín.

“Lo que sí hice al final es dejar sembrada la idea de qué sería hoy una Dulcinea protagonista.”

Fiel y aventajada discípula de Cervantes, Catalina Murillo logra una obra sustentada en el humor, en la diversión, sin perder ni un instante, a veces con ironía y otras en el discurso explícito de personajes o de la narradora-protagonista (que no es Dulcinea), la posibilidad de crítica, de ser punzante, de incomodar o simplemente de provocar la reflexión. Además, tiene la virtud de hacerlo en un lenguaje de fácil lectura.

Quien ha tenido la dicha de haber leído un libro tan maravilloso como El Quijote y siente el feliz impulso de querer compartir con alguien, ojalá joven, ese humor que provoca carcajadas hasta las lágrimas y esas sabias y socráticas reflexiones, pero encuentra difícil recomendar un texto de 1400 páginas escrito en un castellano de hace cinco siglos, encontrará en Dulcinea Herstoria un ingenioso recurso.

Me da la impresión de que el leitmotiv de la obra es la libertad, que está en la reflexión de todos los aspectos que toca la obra ¿así se lo planteó al escribirla?

—No me lo planteé así previo a escribirla, ¡lo descubrí en el camino! Y más aún después. Ya acabada, viendo además la acogida disímil que ha tenido, me di cuenta de que escribir es un ejercicio de libertad… O no es escribir.

“Escribir es un ejercicio de libertad… o no es escribir.”

La estructura de la obra es compleja. ¿Escribirla implicó un estudio particular de dramaturgia para lograrla?

—Ah, me sorprende esta afirmación, pues más bien tiene una estructura férrea clásica en tres actos, con sus dos puntos de inflexión clarísimos. La libertad que sí me di fue la de meter una narradora oral (no sé si esto es redundancia) y los pasajes seleccionados de El Quijote están tan libres como en el libro.

Hay una especie de palimpsesto escénico con la forma en que se presentan los personajes. ¿Es deliberada esa complejidad o solo un riesgo de puesta en escena?

—Bueno, aquí donde ves palimpsesto yo veo más bien extrapolación… Sí estuve a punto de proponer que Quijotico y Pancho lo hicieran también las mujeres de la Asociación Dulcinea, pero por ahorrar actores. Afortunadamente no lo hice ni fue necesario. Al final, en el tercer acto, sí hay una segunda vuelta de rosca y el tándem loca–simple lo encarnan dos mujeres, la patrona y la empleada.

Grabado de Dulcinea, Aldonza Lorenzo, por Auguste Doré.

¿Presenta la obra realmente el punto de vista de Dulcinea?

—Esa es la pregunta que más se me ha hecho y mi respuesta es: sí y no. Dulcinea no existe (el Quijote tampoco, ya sé, ni siquiera Alonso Quijano, pero ella es menos que todos). Dulcinea es la idealización de Aldonza Lorenzo, ¡ella es la semilla de todo! y a veces creo que —Cervantes me perdone—, ni él se dio cuenta.

Así que el punto de vista de Dulcinea, ¿qué habría sido, poner a Aldonza de protagonista? ¿O inventarme yo las aventuras de Dulcinea? Eso habría desembocado en un chiste tan fácil como malo, y en vez de acercar a los jóvenes al libro, los habría terminado de espantar.

Lo que sí hice al final es dejar sembrada la idea de qué sería hoy una Dulcinea protagonista. Una dama —digamos— que se vuelve loca furiosa y justiciera y sale por estas calles de Dios, seguida de su empleada doméstica, a deshacer entuertos y, sobre todo, a ser libres como el viento, porque por cierto yo creo que otro mensaje del Quijote es que no hay nada menos libre que trabajar.

¿Cómo seleccionó las partes a las que hace referencia de El Quijote: la cueva de Montesinos, los gigantes, los galeotes, etc?

—¡Ay! El MEP mandó la lista de los pasajes que no podían faltar. Aquí quiero romper una lanza por Karina Salguero, directora del TN, que ante esta burocracia me buscó para que yo hiciera algo menos… escolástico, por decirlo en fino.

¿La satisfizo la puesta y el resultado?

—Sí, Mabel Marín, la directora, entró de inmediato en el juego y el tono.

Aclara que no es parodia sino traslación, ¿podría explicar eso un poquito?

—¿Pero es que puede parodiarse una comedia? O como comentaba antes: ¿iba yo a enmendar una obra cervantina? Eso habría sido un legítimo domingo 7. Realmente solo quise trasladar. Hay diálogos en mi pieza que son literales del libro. Haciendo ese ejercicio de traslación entendí más y mejor por qué El Quijote fue un éxito.

Como lectora y como devota del texto, ¿tiene El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha un final feliz?

—Claro que no. Donde hay felicidad no hay comedia.

 

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