Cultura

Ataque al arte en nombre de la salvación del planeta

Activistas irrumpen en los principales museos y galerías del mundo para vandalizar el arte, en pos de luchas ambientalistas y reivindicaciones sociales, cuyo impacto real al día de hoy se desconoce.

En las últimas semanas se han incrementado los ataques a obras en museos y galerías con base en la premisa de que atacar al arte puede ser una vía para salvar el planeta. Al menos esa es la consideración de la que parten los activistas, en especial aquellos que consideran que el cambio climático y el reiterado uso combustibles fósiles es un binomio que va de la mano y que, si no se altera algún factor de la ecuación, las futuras generaciones recibirán una tierra asolada por la desolación y el cataclismo.

La joven de la perla, o Mujer con turbante, como también se le conoce a la pintura de Joannes Vermeer, fue atacada en el Museo Mauritshuis de La Haya, en octubre de 2022. (Foto Internet)

El más reciente ataque a una obra de arte de relevancia se produjo el domingo 28 de enero de 2024 contra La Gioconda, en el Museo del Louvre, en Francia, donde activistas lanzaron sopa contra el cuadro protegido por un vidrio.

Al mantenerse en esa delgada línea entre lo simbólico y lo destructivo, los activistas buscan llamar la atención por redes sociales y medios de comunicación para llevar agua a sus molinos.

“La gente ve el peligro que corren las obras de arte, pero puede atribuirlo a los activistas, no a la erosión planetaria provocada por el cambio climático. No creo que todos entiendan el mensaje”, Sally Hickson.

Las reivindicaciones cada vez son más frecuentes y, entre algunas de las reivindicaciones, apuntan a que de nada sirve preservar el arte si, a fin de cuentas, no habrá ni planeta ni posiblemente humanos que las puedan contemplar, estudiar y asimilar.

Alrededor del fenómeno ―que no es nuevo, pero que con la irrupción de las redes sociales hace que los mensajes se destruyan exponencialmente―, la gran pregunta que surge es si los grupos que convierten al arte en el centro de sus  ataques, alcanzan sus propósitos.

Hasta ahora, y gracias a las precauciones que han tomado los administradores de los grandes museos y galerías del mundo, los daños a las obras atacadas han sido menores y pocos de los activistas han terminado en prisión.

La profesora de arte Sally Hickson, de la Universidad de Guelph, de Ontario, Canadá, reflexionaba en un amplio artículo, publicado en The Conversation, sobre los alcances de poner al arte en el punto de mira para atraer allegados para combatir el cambio climático o para convencerlos de causas de carácter social,

Hickson se cuestionaba hasta dónde el público lograba, a partir de un ataque a una obra de arte, hacer esa traslación y entender las raíces que motivaban a los activistas.

“La gente ve el peligro que corren las obras de arte, pero puede atribuirlo a los activistas, no a la erosión planetaria provocada por el cambio climático. No creo que todos entiendan el mensaje”, expresó en Los ataques de los ecoactivistas a las obras de arte de los museos nos piden que averigüemos qué valoramos.

Si se pretende entender la postura de los grupos involucrados, más allá de una puesta en escena caracterizada por su pobreza teatral, la reflexión de Hickson es capital porque hasta dónde el ciudadano es capaz de asociar que arte y cambio climático tienen alguna relación, incluso de causa y efecto, como algunos quieren hacer ver.

Y, a partir de la premisa esbozada por Hickson, también cabe preguntarse si lo escenificado se queda solo en un acto para el marketing y el ruido en medios de comunicación y, en especial, en redes sociales o si tiene un mayor recorrido.

La profesora canadiense no descalifica, de entrada, las acciones contra el arte, pero concluye que no encuentra que los impactos de los ataques rindan un beneficio real a la causa por la que se producen.

Pueden, incluso, crear un efecto negativo y considera que en el momento en que se consume una destrucción de una obra relevante, el movimiento por sí mismo se podría llegar a descalificar.

“Los incidentes, hasta ahora, han sido actos bastante efectivos e inofensivos. Pero ¿qué pasa si algo sufre un daño irreparable? La gente se indignará, pero seguirá estando indignada por el arte, no por el planeta”.

La línea divisoria entre reivindicación, sentido e impacto no está clara, por lo que todo tiende a quedarse en un acto para el exhibicionismo y el marketing, al tiempo que los ataques sí generan preocupación entre los gestores de los museos y las galerías en las que se preservan grandes obras

A Los girasoles de Vincent van Gogh le lanzaron salsa de tomate en la Galería Nacional de Londres, en nombre de la lucha por el cambio climático. (Foto tomada de RTVE)

Los ataques

El ataque del 28 de enero pasado, contra La Gioconda, le correspondió al grupo Riposte Alimentaire, que denunció que en Francia se desecha el 20 por ciento de los alimentos, con las implicaciones que ello tiene en el ámbito social y para la sostenibilidad del planeta.

Si bien pocos ponen en duda las reivindicaciones de este y de las distintas agrupaciones, lo que sí entra a cuestionarse, por parte de expertos en arte y analistas políticos, es si A lleva necesariamente a B o si el hilo que sostiene a las consignas es demasiado fino e invisible en algunos casos.

En otro acto de vandalización, en mayo de 2022, un visitante le lanzó a La Gioconda una tártara en nombre de la reivindicación ambiental.

Hasta ahora, las consecuencias legales han sido menores para quienes atentan contra las obras de arte. Así, por ejemplo, Shakeel Ryan Massey, quien atacó, en la Tate Modern de Londres, la obra Busto de mujer, de Pablo Picasso, causándole daños a la pieza, solo fue sentenciado a 18 meses de prisión.

Massey sostuvo que, en realidad, lo que estaba haciendo era una perfomance en el momento en que rompió el cristal que protegía al cuadro y al que llegó a dañar. La pintura está valorada en $26 millones.

Según un artículo difundido por ArtNews, el 26 de agosto de 2020, el juez Jeremy Donne, en su alegato del por qué le imponía una pena de cárcel a Massey, explicó: “He concluido, sin dudarlo, que el impacto sobre el público y la gravedad de este delito, junto con la necesidad de disuadir a otros de esta forma de conducta, requiere la imposición de una pena privativa de libertad inmediata”.

La medida, como acto disuasorio, parece no haber calado entre los diferentes activistas, que han convertido a los museos y a las galerías en el centro de sus acciones para llamar la atención.

Así, en octubre de 2022, dos activistas de Just Stop Oil lanzaron salsa de tomate sobre Los girasoles, de Vincent Van Gogh, en la Galería Nacional de Arte, en Londres, sin que causaran daños directos a la pintura, dado que esta se encontraba protegida por un cristal.

Los girasoles fue pintada en 1888 por Van Gogh, quien moriría dos años después. De esta obra se tienen noticias de cinco versiones conservadas en distintos puntos del planeta, una de ellas en la Galería Nacional de Arte de Londres.

Y, como en las anteriores ocasiones en que este grupo ha actuado, las dos jóvenes activistas se plegaron al cuadro para que estas imágenes fueran recogidas en videos y difundidas de inmediato por redes sociales.

Las dos detenidas serán encausadas por “daños criminales y allanamiento agravado”, de acuerdo con Scotland Yard. No obstante, hasta ahora no habido, excepto por la citada de Massey, penas que contrarresten las acciones descritas.

El colectivo británico Just Stop Oil ha sido, en los últimos dos años, el más activo en materia de perpetrar atentados contra el arte, pero no es el único.

En medio de los actos descritos y otros más, la pregunta filosófica que permea en el ambiente es qué correlación hay entre Los girasoles y el cambio climático.

Una de esas claves para entender el fenómeno en estudio, la dejó patente Mel Carrington, relacionista público de Just Stop Oil, al argumentar que eligieron “una obra icónica de un pintor icónico”, de acuerdo con una cita de El País.

La declaración de Carrington pone en perspectiva los ataques y deja entrever que, detrás de todo, lo que prevalece es la publicidad que se le pueda dar al acto. Con ello, entronca los cuestionamientos a los que sometía este tipo de actos Hickson, desde la Universidad de Guelph, en Canadá, quien considera que al público no le queda claro la acción y los motivos de los ataques.

El ataque a obras de arte en grandes salas y reconocidos museos puede inducir a error sobre cómo se valoran las actuaciones de quienes incurren en este tipo de acciones.

Esa es la conclusión a la que llegó el periodista especializado en arte, Thim Brinkhof, del medio Big Think.

“Algunos han etiquetado a estos activistas como “iconoclastas”: personas que dañan o destruyen símbolos e íconos visuales que otros consideran significativos. Esta comparación, aunque tentadora, no es del todo exacta. Una razón es que ninguna de las pinturas resultó dañada; los activistas apuntaron a obras protegidas por vidrio o se pegaron a marcos o paredes adyacentes”.

Se añade un nuevo elemento a esta discusión: ¿cuál es la coherencia entre el mensaje que se quiere dar y los medios empleados? Y, de inmediato, surge una nueva pregunta en este contexto: ¿se justifica atacar el arte y generar incertidumbre en las galerías y museos para reivindicar una lucha que se puede hacer por otros canales y que podría, incluso, alcanzar un mayor impacto?

Cabe escuchar, entonces, las razones de los activistas en esta confrontación construida entre el arte y la preservación del planeta.

Con motivo del ataque a Los girasoles, una de las participantes, Phobe Plummer, deslizó los siguientes cuestionamientos antes de ser detenida: “¿Qué vale más: el arte o la vida? ¿Vale más que la comida? ¿Vale más que la justicia? ¿Qué nos preocupa más, la protección de una pintura, la protección de nuestro planeta o de la gente?”.

Las palabras de Plummer son significativas porque, a pesar de que las sustenta una retórica que puede sensibilizar al público que las atiende, en el fondo, cuando ese ciudadano reflexione en torno a las conexiones entre uno y otro asunto, descubrirá, probablemente, que lo que hay es una escenificación para llamar la atención sobre las graves consecuencias que atraviesa el planeta, producto de una industrialización a la que solo le interesa la generación de capital y en la que, como demuestran los hechos, poco importan las condiciones de la Tierra desde el punto de vista climático y el agotamiento de los recursos naturales.

El argumento de Manssey, de que lo que él hacía cuando atacó el cuadro de Picasso era una perfomance, cobra sentido a la luz de las expresiones de Plummer, pero en la ecuación faltan elementos para completar la visión que quieren transmitir.

Los almiares, de Claude Monet, tras ser atacado con puré de papa en el Museo Barberini de Potsdam, por el grupo alemán Última Generación. (Foto Infobae)

Crece la inseguridad

Por la naturaleza del fenómeno en estudio, no existen datos de cuánto podría ser el impacto real entre esa vinculación de vandalizar el gran arte como bandera para salvar el planeta, en el que las grandes potencias como Estados Unidos y China todavía se niegan a impulsar en sus economías prácticas más sostenibles.

En ese contexto, lo que sí queda claro es que la seguridad de los principales museos del mundo, así como galerías especializadas y con exposición de gran obra, han visto vulneradas sus medidas de protección.

Hasta ahora no ha habido una destrucción real de una pintura o escultura, lo que ha hecho que no exista una clara oposición contra los activistas, así como que las penas por los delitos cometidos se consideren menores.

La inseguridad de los museos los ha llevado a expresar de manera pública su descontento, puesto que, en un futuro, ello podría obligarlos a ejercer medidas coercitivas para los visitantes, con el consecuente alejamiento de estos.

Frente a este panorama, que todavía se mueve entre el escándalo mediático y su viralización en redes sociales y la posibilidad de que un altercado termine mal para las partes, los museos han realizado un llamado para que se destierren este tipo de prácticas.

En noviembre de 2022, el Consejo Internacional de Museos difundió un mensaje redactado por su representante en Alemania, en el que instaban a un alto en los ataques que, en años recientes, se han intensificado.

“En las últimas semanas hubo varias agresiones a obras de arte en museos internacionales. Los activistas responsables subestiman la fragilidad de estas irreemplazables obras de patrimonio cultural mundial, que deben ser conservadas. Como directoras y directores de museos responsables de las obras, su peligrosidad nos ha conmovido profundamente”.

Esta primera parte de la declaración pone en perspectiva que, si los activistas pasan de elegir obras protegidas a aquellas que no lo están, las consecuencias podrán ser de una envergadura totalmente distinta, lo que pondría en jaque a museos y galerías con piezas de gran valía, tanto desde el punto de vista artístico como cultural y económico.

“Los museos son lugares en los cuales las personas con diferentes fundamentos pueden entrar en un diálogo y, con ello, hacen posible el discurso social. En este sentido, las tareas centrales del museo como institución (coleccionar, investigar, compartir y preservar) son ahora más relevantes que nunca. Continuamos ocupándonos de inmediato al acceso hacia la herencia cultural y mantendremos el museo como un espacio libre para comunicación social”.

Conocidos los hechos posteriores a esta declaración, se comprueba que, para los activistas, no cuenta, dado que la práctica de vandalizar el arte para ganar visibilidad, cuyo impacto real se desconoce, sigue vigente y quienes perpetran dichos actos entran en los museos como Pedro por su casa, ante las insuficientes medidas de seguridad.

La pregunta que revolotea a esta altura de la edad moderna es si los activistas se creyeron el efecto mariposa y parten del principio de que sus asaltos a galerías y museos pueden cambiar el curso de la historia y salvar el planeta, explotado hasta el extremo por la industria y el capitalismo.

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