El arte de la restauración en el taller de Salomón Chaves

La valiosa colección de litografías de 1897, traídas de Francia, pasa por las manos de este profesor-restaurador, en un espacio que muchas veces pasa desapercibido.

El Taller de Conservación y Restauración de Papel, ubicado en la Escuela de Artes Plásticas, pasa desapercibido porque, visto desde fuera, parece simplemente un espacio de unos dos metros de ancho por unos cuatro de fondo.

En esa aparente insignificancia del taller, el profesor y restaurador Salomón Chaves realiza una labor estupenda: preservar la colección de litografías, compuesta por casi 1.000 dibujos, que antaño perteneció a la Escuela Nacional de Bellas Artes y fue adquirida en 1897 del Taller de Vaciados de la Reunión de Museos de Francia.

Las láminas de hace más de un siglo tienen hoy un gran valor artístico e histórico. Ellas están siendo restauradas en la actualidad.
Las láminas de hace más de un siglo tienen hoy un gran valor artístico e histórico. Ellas están siendo restauradas en la actualidad.

Una vez que se ha entrado en el taller, el valor de los dibujos de más de un siglo y las técnicas que se emplean para conservarlos y restaurarlos cobran vida propia; entonces, se empieza a comprender la importancia que tiene la actividad que allí se efectúa.

Se trata de una colección invaluable de la que se conservan 960 de las 1.000 litografías, pintada por grandes artistas de la época con el fin de enseñar la técnica del dibujo con base en el “Método de Julien”, del profesor Bernard Romain Julien.

Desde que se empezó con el rescate de las litografías en 2014, ya se han restaurado 150, lo que evidencia un gran avance, puntualiza Chaves, quien antes de abrir el taller se especializó en una escuela en Madrid, dado que en el país no existía esa posibilidad.

El primer reto consistió en separar las láminas de las cartulinas a las cuales fueron pegadas, pues, por el tipo de material y su acidez, atraía hongos e insectos, además de que estaban mal preservadas en cuanto a condiciones de aire y humedad.

Esa tarea de arrancar las láminas de las cartulinas requirió de una cuidadosa labor, porque al separarlas se podía destruir el original si no se hacía con las técnicas precisas; para tal fin, Chaves tuvo que capacitar a varios estudiantes.

UNA A UNA

Con la paciencia de orfebre que se requiere y con la sensibilidad del artista, Chaves, quien tiene un doctorado y es profesor e investigador en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Costa Rica (UCR), ha identificado en cada lámina las necesidades de restauración.

“Comparo mi trabajo como cuando uno va a un hospital, en el que cada enfermo requiere una atención específica. Lo mismo sucede con cada obra, si bien hay procedimientos estandarizados, cada una demanda un procedimiento específico”.

Una vez separadas de las cartulinas, el paso siguiente consistía en identificar hongos, daños de insectos, manchas y otros deterioros experimentados por las finas y extraordinarias láminas, que hoy forman parte del patrimonio de la UCR.

Si el secado no se hace de la manera precisa y correcta, la obra puede doblarse de tal forma que se puede deteriorar, por eso usamos papeles especiales y esta plancha que me inventé, para que a la hora de recoger toda la humedad la lámina conserve su estado original”.

 

Gracias a la Vicerrectoría de Investigación, lograron dotar de recursos a este pequeño taller que encierra una grandeza a tal punto que ya se prepara una maestría en restauración, con el afán de preparar a más interesados en fomentar las tareas de preservación de documentos en el país.

La colección de “Yesos” de la Facultad, como también se les conoce, y que se emplean para la enseñanza, también han sido restaurados, pero del total solo se pudieron recuperar unos 460. Esta, junto con la colección de litografías, fue traída en 1897.

“Se llegó a la conclusión de que para la Universidad era mejor crear este taller que tener que pagar por un servicio privado, por demás muy escaso en Costa Rica”.

En la actualidad, Chaves cuenta en su taller con planotecas, que asegura son idóneas para guardar las litografías restauradas, porque tienen un balance adecuado en cuanto a humedad, calor y condiciones de preservación.

El problema con el papel es que es sumamente delicado y atrae, de forma extraordinaria, insectos como la lepisma saccharina y hongos que, en pocos días, pueden destruir una obra de gran valía.

Es común que en las bibliotecas aparezca la lepisma, capaz de “taladrar” el papel con un patrón que, según sea el momento en que se detecte, puede resultar demasiado tarde para reaccionar.

PASO A PASO

El deterioro de las litografías traídas de Francia sucedió porque, cuando se dejaron de usar, se almacenaron tan mal que estuvieron a punto de perderse para siempre.

Es tal su esplendor que, en el 2015, se presentó en el Museo Nacional la exposición “De París a San José. La colección más antigua de la Universidad de Costa Rica”. Lo que no se vio en esa exhibición es que detrás de cada obra restaurada estaba la mano, el empeño y el compromiso de Chaves, un ramonense que comenzó esta labor ad honórem, hasta que decidieron darle mayores recursos y nombrarlo un cuarto de tiempo para que pudiera trabajar en mejores condiciones.

Chaves contó que una vez detectados los problemas de la obra, se le hace un análisis de “solubilidad” para determinar si la tinta se puede someter a la restauración.

“En un 90% de las tintas se puede proceder para, por ejemplo, someterla al lavado y quitarle las manchas”.

Tras el lavado de la obra –uno de los pasos fundamentales–, viene el secado para el que se requieren papeles especiales y técnicas que hay que seguir con la minuciosidad de un reloj suizo, pues de lo contrario la pieza puede echarse a perder.

Y como en los países en vías de desarrollo siempre hay carencias, a Chaves no le quedó más remedio que inventarse una plancha para el secado, la cual ha sido tan exitosa que en los próximos meses la UCR la va a patentar.

“Si el secado no se hace de la manera precisa y correcta, la obra puede doblarse de tal forma que se puede deteriorar, por eso usamos papeles especiales y esta plancha que me inventé, para que a la hora de recoger toda la humedad la lámina conserve su estado original”.

Chaves aclara que las láminas, contrario a lo que podría pensarse, “no pueden secarse al sol”, porque entonces el deterioro al que se somete es superior a la restauración que un principio se pretendía.

“El proceso de secado debe hacerse con tal cuidado que por lo menos cada dos horas hay que revisar si todo está bien para determinar si se debe cambiar el papel”.

Este papel es traído de Estados Unidos y puede reutilizar. Por cada lámina se invierten en promedio dos días de trabajo una vez identificados sus problemas, por lo que la labor es lenta y meticulosa.

“Si no se respetan los tiempos del lavado y del secado, cuando uno se da cuenta es que la obra está llena de hongos; por eso yo tengo ahí un reloj que tiene la alarma puesta cada media hora”.

ESTÉTICA

Chaves destacó que su labor se basa en una técnica que pondera la restauración por encima de la estética, dado que esta última se practica más en el ámbito privado y está más cerca de los fines comerciales.

“De todas maneras, el querer restaurar una obra en un cien por ciento muchas veces atenta contra la propia pieza”.

Así que a veces en las láminas de la colección de la UCR quedan huellas del tiempo que se perfilan imborrables y que le dan incluso ese “toque época” a la obra.

Pese a lo anterior, cuando la litografía presenta, por ejemplo, varios agujeros producto de la presencia de insectos, aquellas son trabajadas con papel japonés.

“Lo que realizamos son injertos con papel japonés, que tiene unas fibras sumamente delgadas y nos permiten tapar esos pequeños puntos negros que se ven en las litografías. Esta es una labor muy cuidadosa, pero que da muy buenos resultados”.

Las fibras, en efecto, parecen imperceptibles pues se ensamblan de manera perfecta a la superficie de las láminas, las cuales, una vez realizada esta labor, deben pasar por todo un lento y riguroso proceso.

En el taller, además de las planotecas, las máquina secadora y otros instrumentos, Chaves cuenta con una “reintegradora de pulpa de papel”, que en diez minutos permite hacer injertos cuando las condiciones de deterioro del producto son muy notorias.

AÑOS LUZ

Países como España o Italia nos llevan años de adelanto en materia de conservación, ya que ahí se manejan documentos que pueden tener 500 o más años de antigüedad; además, unido a su trascendencia histórica, estos países tienen políticas de conservación fuertes y claramente establecidas.

Mientras, en el país, solo tres instancias cuentan con un taller de restauración: el Archivo Nacional, la Biblioteca Nacional y el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).

De ahí que la decisión de restaurar las valiosas litografías adquiridas del Taller de Vaciados de la Reunión de Museos de Francia en 1897 haya sido una oportunidad de conservar, para la Universidad y el país, un material único y de un gran valor artístico y económico.

Todo ello se hace en un espacio de dos metros de ancho por cuatro de largo; en un taller, en apariencia, insignificante, en el que Chaves examina, identifica y restaura documentos de más de un siglo. Lucha contra el deterioro implacable, al que, con técnicas avanzadas y de ingenio personal, combate con la rigurosidad de un relojero suizo y el espíritu de un explorador del tiempo.


Una colección de gran valor

La colección de litografías adquiridas en 1897 en el Taller de Vaciados de la Reunión de Museos de Francia tiene un gran valor artístico e histórico, y si no se hubiera sometido a restauración su deterioro sería irremediable.

Por eso, tanto las litografías como los yesos, que son las esculturas también rescatadas, representan elementos del patrimonio de la Universidad de Costa Rica.

Los dibujos, realizados por grandes artistas de la época, servían para enseñar a los estudiantes y estaban agrupadas por ejes temáticos como paisaje, botánica, arquitectura, anatomía animal, anatomía humana, artes decorativas y copias de pinturas.

De las 960 litografías, ya se han restaurado 150, por lo que aún hay mucho camino por recorrer en esta labor efectuada y dirigida por el doctor Salomón Chaves, con el apoyo temporal de algunos asistentes.

Muchas de las litografías debieron ser rescatadas de sedes regionales a las cuales se habían enviado, donde se conservaban en bolsas plásticas o en otros espacios inadecuados.

El propósito es que, una vez restaurada la colección, sea digitalizada y esté al alcance de alumnos, profesores e investigadores.

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