Festival Centroamérica Cuenta

Antigüedades Macondo

Unos jarros con figuras de animales, unos aparatos de radio de inicios del siglo pasado, muebles hechos a la imagen de formas poco comunes,

Unos jarros con figuras de animales, unos aparatos de radio de inicios del siglo pasado, muebles hechos a la imagen de formas poco comunes, unas lámparas que podrían haber adornado cualquier casa colonial, maderas arregladas y todo tendido a media calle entre Masaya y Granada, bajo el sol de Nicaragua que a mediodía golpea con democracia y no deja a salvo ni al señor que atiende la venta de antigüedades bajo unas latas de zinc y una gorra de beisbolista.

Macondo, la palabra que acompaña a las antigüedades, podría no significar nada para alguna gente a pesar de su sonido profundo y de su vínculo interno con un mito continental. Y eso es lo que le pasaría al mundo si un día la literatura desapareciera, si un día por desgracia dejara de existir; las cosas, las personas, dejaríamos de tener sentido, moriríamos en lo esencial. Sin los libros todo sería peor y de seguro se parecería mucho a las redes sociales o a la televisión, a pesar de lo que digan los fanáticos de las “series” y del Facebook. Un mundo sin literatura sería un mundo sin personas.

A pocos kilómetros de esa venta extraña y novelesca, tal vez sin que lo supiera su regente, se celebró en Managua el principal festival literario de nuestra región. Entre el 22 y el 26 de mayo tuvo lugar el V encuentro de narradores Centroamérica Cuenta 2017, organizado por un hombre que se entregó a la literatura en cuerpo y alma cuando las puertas de la política se le cerraron. Y bueno, ahora agradecemos que eso haya sido así y que podamos contar con todas esas novelas, cuentos y relatos suyos y con el impulso vigoroso que él, Sergio Ramírez Mercado, le da a la literatura con festivales de este tipo, lamentablemente tan escasos en el istmo por razones que vale la pena que exploremos, descifremos y superemos.

Por su parte, el vendedor de antigüedades no sospecha que en Managua la gente se reúne para celebrar durante una semana los cincuenta años del lugar que le da nombre a su venta, los cincuenta años de Macondo, de Cien años de soledad y los cien años de Juan Rulfo y el centenario del novelista paraguayo Augusto Roa Bastos y que en las salas del festival no cabe la gente que oye y ve a más de noventa narradores de distintas partes del mundo hablando de literatura, de su relación con el cine, con la música, con el periodismo, con la vida.

Leonardo Padura de Cuba, Rodrigo Rey Rosa de Guatemala, Leila Guerriero de Argentina, Renato Cisneros de Perú, Alberto Salcedo y Jaime Abello de Colombia, Jorge Volpi de México, Eduardo Sacheri de Argentina, Carlos Franz de Chile, Luis Leante de España, académicos de la talla de Werner Mackenbach, quien dirige la cátedra Wilhelm y Alexander Von Humboldt en Humanidades y Ciencias Sociales en la Universidad de Costa Rica y muchos nombres más. Nombres de periodistas, de críticos, de traductores, de editores, de novelistas, de cuentistas de Suramérica, de Centroamérica, del Caribe, de España, de Holanda, de Francia, que llegaron a Nicaragua para hablar de sus trabajos y llegaron, de esto a nadie le cabe ninguna duda, respondiendo al extraordinario poder de convocatoria de Sergio Ramírez.

“Después de un festival de poesía en Granada, me pregunté por qué no podíamos hacer uno así pero de narradores; y ya llevamos cinco y cada vez somos más. Aquellos que alguna vez estuvieron en contra de este festival ahora saben que nos hemos vuelto invulnerables gracias a la cantidad de gente que nos apoya. Cada vez seremos más, el próximo año seremos más”, dijo Ramírez en una de las ceremonias del festival.

Y es que Centroamérica Cuenta es una verdadera fiesta de la literatura, un lugar que facilita el encuentro mutuo entre escritores que de otra forma no se conocerían. Un lugar para presentar libros o para recordar a autores fallecidos como Franz Galich o Ignacio Padilla; para dar talleres de crónica y periodismo como los impartidos por Leila Guerriero o Alberto Salcedo; para ver películas y documentales como los que traían en su maleta cubana Padura y Lucía López Coll; para hablar de la sombra del padre en las novelas tal y como lo hicieron con maestría Renato Cisneros, Héctor Aguilar Camín y Jorge Volpi. Para pensar si es cierto que la literatura cura, para saber de esos libros que se escriben desde el dolor como Lo que no tiene nombre, de la colombiana Piedad Bonnet, quien narra de manera sobrecogedora la muerte de su propio hijo.

En fin, Centroamérica Cuenta es un paraíso para todos los que amamos la literatura y para los que nos gustaría vivir siempre así, desayunando, almorzando y cenando entre conversaciones de libros y de temas tan fascinantes como la relación entre el viaje y la ficción. O ese que se trató en un simposio organizado por la Cátedra Humboldt de la Universidad de Costa Rica y que se presentó en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica en estos mismos días, llamado Del Popol Vuh a Ixcanul, las representaciones del otro en la literatura y el arte centroamericano contemporáneo.

“Yo me leí Cien años de soledad hace muchos años”, me dice el señor que usa gorra de beisbolista.

En una mesa del festival, Leila Guerriero, Alberto Salcedo y Jaime Abello conversaron con Carlos Fernando Chamorro sobre “Gabo periodista” y en otra, Carlos Franz, Piedad Bonnet, Edgardo Rodríguez Juliá y Héctor Aguilar Camín, en representación de su esposa, la novelista Ángeles Mastretta, y también a nombre propio, conversaron con Sergio Ramírez sobre Gabriel García Márquez como creador de un mundo literario más allá de la realidad.

Cuando una novela marca tanto el discurso de los escritores como el de los críticos, cuando le da nombre a mesas de discusión y al mismo tiempo está en la calle, en la mente de la gente, en el nombre de una venta de antigüedades perdida en una calle de un país centroamericano, es porque esa novela ya lo ha ganado todo.

“No te perdás este libro”

“Esa era una voz que venía resonando por todo el continente”, le dijo Sergio Ramírez a un auditorio repleto que volvía a recordar su experiencia personal con Cien años de Soledad.

Ramírez Mercado cuenta que lo leyó por primera vez en Costa Rica y que pensó que ese libro era veneno para cualquiera que estuviera empezando a escribir. “Muchos murieron imitándolo”, dijo.

Y si hablamos de los que, en esta región, están empezando a escribir o a publicar, que no es lo mismo pero es igual, Centroamérica Cuenta es un escenario privilegiado para que se muestren obras nuevas, para que conversen e intercambien sus obras escritores de todas las edades, desconocidos entre sí a pesar de lo pequeño del istmo. Centroamérica Cuenta es un lugar perfecto para que las editoriales independientes se fortalezcan y retroalimenten, en fin, este festival y la generosidad de Sergio Ramírez le ayudan a todo el mundo.

El árbol del lenguaje

En los últimos años algunas de las principales calles de Managua han sido sembradas con árboles de metal adornados con luces eléctricas, les llaman los árboles de la vida y están inevitablemente presentes en esa ciudad caliente que crece a las orillas de un lago vaporoso cargando con ella todo un pasado novelesco y heroico. Pues bueno, el novelista chileno Carlos Franz se sorprendía con estos árboles falsos puestos en un país con tantos árboles de verdad, se sorprendía y decía que el verdadero árbol de la vida era el lenguaje. Centroamérica Cuenta sigue a pie juntillas esa idea de Franz y con el esfuerzo que un festival así supone, llena de esperanza al mundo de los libros y de la literatura en una región que tanto lo necesita y que a veces también lo agradece.

“Si me voy a ese festival que decís, ¿quién me cuida la venta?”, me dice el señor de las antigüedades. Centroamérica Cuenta se realizó sin él, aunque tantas cosas tuvieran en común.

La semana se acabó con el pesar de todos los asistentes, los libros se agotaron en las librerías de Managua; y allá, cerca de Granada, en el camino que viene desde Masaya, en un cartón con letras rojas sigue escrita la palabra “Macondo”, como para recordarnos a todos que la literatura y la vida están unidas por hilos misteriosos y poderosos, que si se llegasen a cortar el mundo se convertiría en un lugar más triste de lo que ya puede ser. Por suerte, existen este tipo de festivales literarios, para espantar esos fantasmas y para celebrar la imaginación, la creatividad y el encuentro de los escritores.


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