Andando por San José se descubren esas pequeñas ciudades que no vemos

La capital está llena de historias entre sus calles, personajes y rincones, que permiten entenderla mejor y apropiarse de su riqueza cultural y humana

La ciudad se cuenta así misma sin saberlo. Va dejando pequeñas huellas que la van marcando y definiendo en medio de ese caos que es cualquier urbe en el siglo XXI.

Entre anuncios de neón, rótulos artesanales, mensajes eclesiásticos y publicidad de tiendas y emprendimientos, va surgiendo un mundo de signos que, sin pretenderlo, define a la ciudad como un cosmos en el que convergen lo grande y lo pequeño, el glamour y lo marginal, lo que permite una mirada multicolor de esta San José que se escribe y se devora a sí misma cada día.

El escritor español César Antonio Molina asegura que hay que andar la ciudad para descubrirla con todas sus luces y sus sombras, y en sus intersecciones culturales, ideológicas e históricas.

El que camine hoy por esta San José se podrá reflejar en el espejo de sus huellas, las que hasta hace muy poco eran testigo del país más feliz del mundo, del diálogo permanente y pluralista, y todo ello remarcado por el exotismo de ser una ciudad que, allende sus fronteras, está el verde de las montañas que con precisión milimétrica se vende en el exterior.

Y en esta San José, también, se reconoce en el rostro de sus habitantes y transeúntes la frustración, la impotencia y el vacío de un país que fue y que hoy se desvanece entre disputas fiscales y a la sombra de los dictados de los organismos monetarios internacionales.

Donde hasta hace poco la cultura tenía su epicentro alrededor del Teatro Nacional, una turba de manifestantes armó un zafarrancho contra el Presidente de la República, muestra de que desde aquel lejano 1737, cuando se asentaron de forma grupal los primeros pobladores, San José estaba como predestinada para ser el foco de todo lo bueno y lo malo que le sucede al país.

Para conocer una ciudad hay que andar por sus calles y mirar, mirar y mirar, insiste Muñoz Molina, quien en su libro Un andar solitario entre la gente recogió una visión del Nueva York que surge entre sus múltiples caminos.

Por eso, con solo desplazarse hacia la zona sur del distrito Merced, el caminante se topará con un parque mustio, sucio y abandonado, que sirve, paradójicamente, de preámbulo al Ministerio de Salud y es como una especie de patio exterior del Hospital San Juan de Dios. De hecho, el desamparo en que se encuentra este parque por parte del municipio josefino es como si quisiera hermanarse con la desolación de aquellos que tienen que sacar a sus familiares por las puertas de la morgue del histórico hospital capitalino.

La ciudad se cuenta así misma por medio de mensajes y contradicciones. Fotos: José Eduardo Mora.

Sí, aquí, en el propio corazón de la ciudad, se nota esa otra realidad que va permeando y extendiéndose hacia los barrios marginales como el de Cristo Rey o Barrio Cuba más hacia el sur, o la Zona Roja más hacia el norte.

En el parque aledaño al hospital San Juan de Dios pasa, como si fuera una metáfora macabra, una pequeña quebrada con sus aguas negras, que solo ha sido encapsulada con una valla, pero que deja en evidencia, una vez más, ese otro mundo a tan solo cientos de metros de la sede del ayuntamiento y de la ubicación de los principales hospitales del país.

Y, como no podría ser de otra manera, este espacio es refugio de drogadictos desahuciados que escampan ese largo temporal de la vida, mientras se les hace el extraño milagro o les sobreviene la sentencia letal de la oscuridad.

Aquí, a dos kilómetros de la Plaza de la Cultura, donde el transeúnte puede leer el nuevo eslogan josefino “SJOVIVE”, que fue denunciado por los cartagos de habérselo arrebatado a la brava, la marginalidad tiene su cuota de poder y marca los ritmos de la vida citadina.

Una leyenda, escrita en papel, retrata con creces cómo es este otro San José que difícilmente conocerán los turistas: “¡El aroma de la droga no es más que la pestilencia del fracaso!” Y abajo una rúbrica que desvela al supuesto autor: “Arguedas/2007”. En el mismo entorno, el transeúnte puede toparse con otra máxima que parece competir con la anterior, esta vez escrita con carboncillo: “Somos nacidos para vencer y no para ser venc”. Sí, la frase está inconclusa, pero no hay duda de que el lector la termina, como si fuera un juego de interactividad, ahora que están de moda las redes sociales.

A lo mejor, en realidad, al autor no le alcanzó el carboncillo o la vida, nunca se sabrá, para rematarla.

Caminar la ciudad con el afán de descubrirla conlleva a encontrarse con la innegable fuerza que a finales de los años noventa tuvo el nombrar a los bares y a los negocios con alusiones al inglés para que tuvieran más fuerza, más caché, como se decía en las cantinas de entonces.

Y ahí, sobre la Avenida Seis, usted puede, perfectamente, darse una vuelta y comprobar que le espera el Boston Sport Bar, siempre y cuando agudice la mirada y encienda todas las alarmas, porque el entorno avisa de que es una zona de cuidado, donde a pleno día los drogadictos tirados en la acera evidencian los excesos de la noche anterior, y parecen darle la razón a la máxima de “Aguilar” de que las drogas son una carga insoportable y que llevan a un inevitable fracaso.

MULTIPLES TIEMPOS

En la capital conviven varios tiempos a la vez. El tiempo moderno con sus tiendas, sus promociones, sus lujos y sus atracciones, y el tiempo del Mercado Central y el Mercado de la Coca Cola, que son dos paréntesis en esta urbe que carga sobre sus hombros más de dos siglos de historia, pues oficialmente fue fundada en 1848.

Quien alguna vez estuvo en su época de niño en el Mercado de la Coca Cola podrá sorprenderse de que, aunque se haya caído el Muro de Berlín y las Torres Gemelas, el Corazón de Jesús sigue ahí intacto, si bien las sodas de aquellos tiempos ya cedieron el paso a otros negocios.

Como si fuera, una vez más, una coincidencia forzada, cerca del Corazón de Jesús hay una venta de animales, entre los que hay gallos, y uno de ellos canta con una precisión de relojería suiza cada cinco minutos. Hay que mirar alrededor a ver si no existe un aparato que emita el perfecto canto del gallo, que hace más de dos mil años le recordara al arrepentido de Pedro su traición al maestro.

La escena del gallo y el Corazón de Jesús es una buena muestra de que el surrealismo campea en todas partes y a todas horas.

En el Mercado de la Coca Cola, que en otros tiempos fuera referencia obligada de paradas de buses de Puriscal, Acosta e, incluso, de los que iban a la zona Sur, los vendedores tienen una actitud de venta más activa que en el Mercado Central.

Su actitud, sin llegar a la aplaudible agresividad que exhiben mercados como el de San Salvador, por ejemplo, recuerda que el ciudadano de a pie pelea cada pulgada por el sustento de cada día. No da ninguna opción por perdida hasta que la realidad demuestre lo contrario. En este sentido, el Mercado de la Coca Cola sirve como un buen baño de realidad cuando las ínfulas empiezan a asomarse con poder desmedido.

Ambas edificaciones recuerdan a la Costa Rica de la que solo quedan retazos aquí y allá, con su folclor, sus luchas a brazo partido, y recogen una válida muestra de cómo el tico de clase media y baja debe remangarse en cada jornada para llegar a casa y tener, entonces, la autoridad suficiente para mirar a los suyos a los ojos, tras el deber cumplido.

Manuel Francisco Urías Hoover, quien vive en Hatillo, tiene años de ganarse el pan con su acordeón. Es un gran conversador y tiene una excelente memoria.

BACHATAS Y CUMBIAS

Tras el desplome iniciado a partir de los años cincuenta del siglo XX, cuando en palabras del profesor Guillermo Barzuna se convirtió a buena parte de San José en una Miami fea, quedó la idea de que caminar por la capital no solo era inseguro, sino que además aburrido y poco atractivo; pero cualquiera que se arme de curiosidad, paciencia y un poco de tiempo se dará cuenta que los mundos se suceden y se entrecruzan en esta San José que alguna vez quiso ser París.

Y la prueba más evidente es, desde luego, el Teatro Nacional, aunque la procesión no acaba en esa conjunción de arquitectura de diversas corrientes, porque lamentablemente mucha de ella terminó destruida para construir pasajeros.

Y andando la ciudad se puede medir la transculturación en que se ha ido convirtiendo el casco central y este aspecto se puede evidenciar con tan solo escuchar las melodías con que tiendas y comercios procuran atraer a sus clientes.

Predominan las bachatas y las cumbias, las que de vez en cuando se ven sorprendidas por una marimba guanacasteca cuyos integrantes, la mayoría de la tercera edad, no solo le dan una mano al folclor, sino que aspiran a salvar el día con el dinero que recogen de los visitantes.

Y caminando la ciudad, también, se puede comprobar que las historias, los personajes, las tendencias comerciales, las novedades y el ayer y el hoy conviven en este espacio al que a diario entra más de un millón de costarricenses, la mayoría de los cuales no reparan en el arte público ni en las alusiones históricas que les ofrece la capital, incluso a veces cuando el mal gusto es el que predomina.

Y una muestra de ello es la placa que pretende rendirle homenaje a Juan Rafael Mora Porras, el prócer de la guerra del 56, que está instalada en Calle 2 entre avenida 2 y 0, frente a la tienda Feoli.

Esta placa, ubicada sobre un marco de cemento, no solo irrumpe el paso de los josefinos, sino que de ninguna manera honra la grandeza del aludido, y pareciera más bien una afrenta que un homenaje.

En realidad, esto es San José: un lugar para las pequeñas y grandes contradicciones, donde en una cuadra se encuentra una limpieza ejemplar y a la siguiente se acumulan las bolsas de basura putrefacta, y donde los grandes almacenes procuran a traer a sus clientes a fuerza de ofertas y precios bajos, mientras las firmas de ropa fina esperan con paciencia a su cliente ideal.

Y la contradicción, de igual manera, se nota a leguas entre los diferentes períodos arquitectónicos que representa la ciudad con el emblemático Melico Salazar, que al frente, en el Parque Central, tiene un quiosco que no solo arrastra una cuestionable procedencia, sino que revela que sus impulsores poseían un pobre gusto para el espacio público.

COEXISTENCIAS

Andando la ciudad también se descubre que el poder de Internet todavía no es suficiente para seducir a todos los públicos, porque hay algunos que se fían más de los mensajes instalados en los postes del alumbrado eléctrico.

Algunos de ellos invocan servicios de reparación de fugas de agua, goteras y todo lo relacionado con inconveniencias en el hogar, mientras que otros llaman a aliviar los males del corazón y del amor.

Es el caso de una serie de mensajes instalados en los alrededores de Sabana Oeste y el Estadio Nacional. La vida de quienes se dedican a llamar quedará en manos de la “astróloga Angelina”, quien es capaz de realizar trabajos para “el amor, negocios, familia y salud”, y es, además, “especialista en unión de parejas y en la lectura de cartas del Tarot”.

Sí, mientras Internet acapara todo con sus métricas y pone al servicio de los usuarios un universo entero al alcance de un clic, la solución para quienes son capaces de leer el futuro y adivinar los destinos se propone por medio de una publicidad que huele rancia y a siglo XIX.

Andando la ciudad se pueden descubrir numerosos personajes: uno de ellos es Manuel Francisco Urías Hoover, quien se instala en diferentes puntos del bulevar de la Avenida Central, con sus anteojos oscuros –es ciego–, su viejo acordeón, sus más de 80 años y al ritmo de una música que parece salirle más del alma que de las teclas que toca y de las letras que evoca, procura llevar unos colones para seguir haciéndole frente a esta extraña y misteriosa vida.

Quien se detenga a conversar con Manuel Francisco solo requerirá de unos minutos para corroborar que detrás de este hombre, aquejado desde su juventud por una invalidez en sus manos y sus pies, se esconde un alma soñadora, un conversador ameno y cordial, con una memoria de novelista, y que da la impresión, por el calor humano que comunica, de que agradece más que le miren como lo que es: un ser humano en lucha abierta y sin tregua más por la subsistencia que por la donación que le hagan, porque, como decía una olvidada canción, no todo es dinero en la vida.

Sí, andando San José se descubren esas otras ciudades en las que conviven el pasado y el presente, lo moderno y lo tradicional, lo grande y lo pequeño, la luz y la oscuridad, lo marginal y lo pomposo, lo evidente y lo ‘invisible’: todos esos lenguajes que hacen de la capital un eterno collage de historias y de encuentros.


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