Secuela del film clásico de Ridley Scott

Adentrarse en un mundo agónico

Es un mérito de Blade Runner 2049 el saber prolongar y enriquecer el universo propuesto por el primer filme.

Nos encontramos con al menos tres desafíos en los primeros minutos de Blade Runner 2049. El primero está en el argumento: K. (el actor Ryan Gossling), replicante de la policía de Los Ángeles, quien se dedica a cazar a otros replicantes (es decir, es un “blade runner”), encuentra los que parecen ser los restos de una androide que murió treinta años antes, después de dar a luz. Un hecho insólito, pues la concepción no está entre las posibilidades de los replicantes. Se le encomienda encontrar ese niño, cuya existencia trastoca el delicado equilibrio entre humanos y no humanos.

El segundo reto se encuentra en la producción del filme, y se le presenta al director canadiense Denis Villeneuve (el de Incendies (La mujer que cantaba, 2010) y Arrival (La llegada, 2016)): ofrecer una secuela digna de Blade Runner (1982), de Ridley Scott, una obra cuya relevancia no requiere ser explicada. De esto se sigue el tercer desafío, en este caso para el público: ¿Cómo apreciar este nuevo filme? ¿Cómo disfrutarlo, o ser justo con él, sin que nos contamine el recuerdo del de Scott, tantas veces visto y pensado?

Un mismo mundo

Desde sus primeras imágenes, Blade Runner 2049 hace alusión al primer filme. Como aquel, comienza con la imagen de un ojo, órgano que distingue los humanos de los no humanos. De inmediato, la música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch evoca los hipnóticos sintetizadores de la banda sonora de Vangelis, utilizada en la película de Scott. Los elementos que reflejan el parentesco con la obra precedente no se detienen: un héroe estoico que recibe una golpiza después de otra; los inmensos anuncios publicitarios que prometen una imposible felicidad (y otra vez, uno de Coca-Cola); las visitas al oscuro mercado de material genético; las instrucciones en voz alta a máquinas que dividen el mundo en cuadrantes; las seductoras replicantes semejantes a muñecas o maniquíes.

El argumento brinda también continuidad al del primer filme. No solamente porque Deckard (Harrison Ford), protagonista de aquel, reaparece acá, sino por los motivos que el guion de Hampton Fancher y Michael Green brinda al nuevo héroe, K.: mientras que Blade Runner cerraba con la aceptación de la muerte (y, por tanto, de la finitud) por parte de un existencial replicante, Blade Runner 2049 acompaña a otro replicante, quien se cuestiona sobre la realidad de sus recuerdos y la posibilidad de un alma para los no humanos.

El ensanchamiento de este universo se da asimismo en el personaje de Wallace (el siempre excéntrico Jared Leto), cabeza de la corporación encargada de fabricar los replicantes, quien posee la misma actitud de demiurgo que Tyrell, su equivalente en la primera película. Por dentro y por fuera, el edificio que alberga Wallace Corporation recuerda la del anterior fabricante, si bien la dirección artística insiste en este caso en la evocación del mundo digital, a través de formas que semejan circuitos y celdas.

La narración modela un mundo que ya existía en el filme procedente, en ocasiones solamente en potencia: el planeta, contaminado y sobrepoblado, continúa su agonía; el estado, a través de los blade runners, dicta la ley sobre los productos de las empresas fabricantes de androides; los replicantes, llamados despectivamente “portapieles”, son discriminados.

Denis Villeneuve y su equipo son efectivos en la pretensión de prolongar el universo propuesto por el filme de Scott, quien es uno de los productores. Sin embargo, Blade Runner 2049 es más que un ejercicio de nostalgia y cinefilia. Como mencionamos, la banda sonora vuelve a Vangelis, pero muy pronto suma elementos que le son ajenos a esta y ofrece su propia sonoridad.

El universo se expande: la ciudad es la misma, oscura, húmeda y hostil, pero K. se interna en otros espacios, en los que caben la luz y otros colores: una granja en la que se produce proteína (lombrices); una inmensa chatarrera que alberga un orfanato; una desértica zona que hoy está contaminada por la radiación, pero ayer fue Las Vegas. Para redondear la transformación, el desenlace se desarrolla en medio de nieve, llenando la pantalla de un blanco por completo ausente en el primer Blade Runner. Estos detalles de la imagen, junto con los cambios en el tipo de vestuario, conllevan que el vínculo de Blade Runner 2049 con el cine negro del Hollywood clásico sea menos explícito que en la película de Scott.

Tenemos además personajes que encarnan nuevos conflictos. Para empezar, K. no es Deckard, y su trabajo como cazador de replicantes resulta más contradictoria. El guiño kafkiano de su nombre −que sugiere tanto el absurdo como la oposición entre un individuo y un sistema opresivo e inconmensurable−, es confirmado cuando su novia le llama Joe, es decir Joseph, como los personajes de El proceso y El castillo. Esta novia, Joi (la actriz cubana Ana de Armas), permite hacer más densa la reflexión respecto a lo humano: K. es, al menos, un replicante, una conciencia dentro de un cuerpo sintético; ella, en cambio, es un holograma, poco más imagen y respuestas programadas. En cualquier caso, la existencia de ambos está marcada por la conciencia de ser artificiales.

A esta línea argumental, que merodea la antropología filosófica, se suma la historia de opresión que el primer filme apenas sugería: los humanos han contenido durante décadas una revuelta, y el acontecimiento de un replicante nacido y no fabricado podría propiciar su explosión definitiva. En este sentido, de una manera más explícita que la película de 1982, esta enfatiza los rasgos religiosos del argumento: “milagro”, “alma” y “creación”, entre otras palabras cargadas de significado, son empleadas para describir este nacimiento.

Blade Runner 2049 nos confirma la riqueza del sombrío y barroco universo concebido en el primer Blade Runner, tanto en argumento y personajes, como en la coherente representación de una distopía. Esto era una oportunidad y un peligro para Villeneuve y su equipo de producción: por un lado, el material para trabajar era abundante; por el otro, cualquier resultado sería evaluado con dureza. El director canadiense no falló y Blade Runner 2049 es una buena película de ciencia ficción, sí, pero es principalmente una buena secuela. Esto era, finalmente, lo que querían quienes mejor recuerdan el filme de 1982.

Blade Runner 2049. Realización: Denis Villeneuve. Guion: Hampton Fancher, Michael Green. Música: Hans Zimmer, Benjamin Wallfisch. Fotografía: Roger Deakins. Estados Unidos 2017.


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