Exministro Edgar Mora: “La Iglesia Católica tiene siempre especial interés en el MEP”

Habla de lo que quiso impulsar en el MEP y no pudo continuar por presiones múltiples. Señala también curiosos movimientos posteriores a su salida y una grave fractura desde el sistema educativo.

Diez días después de leer su carta de renuncia como Ministro de Educación, Edgar Mora aún masculla sus 14 meses en el cargo, la alineación de fuerzas que lo sacaron del gabinete y cómo queda el sector al que su amigo, el presidente Carlos Alvarado, le encargó como una prioridad del Gobierno.

Ahora está sin trabajo y alejado de la alcaldía de Curridabat donde estuvo hasta la víspera de irse al MEP, pero aferrado al discurso de que la prioridad gubernamental por la educación sigue vigente. Lo dice sin dejar de ampliar el foco y abrir espacios para una crítica firme al sistema, por ser la cuna de la desigualdad social, tal como afirma Mora.

Quiso torcer el curso histórico de la educación, sostiene junto a su biblioteca, en el segundo piso de la casita morada –muy suya- en un barrio bien de Curridabat. Quiso, pero topó con dificultades y una suma de factores que superaron al Gobierno.

Habla muy despacio y dando vueltas a las palabras, revisándolas, repasándolas, corrigiéndolas, como evitando salirse de los límites que se autoimpuso para esta entrevista. Advirtió que no diría nada de cómo se fraguó su salida ni de las intimidades del gabinete, aunque algo se adivina entre sus explicaciones. Tampoco quiere criticar a los sindicatos, aunque no deja de hacerlo.

Da esta entrevista poco antes de confirmarse que lo sustituye al frente de la cartera de Educación Pública Giselle Cruz Maduro, su viceministra académica, quien anunciaría que seguirá adelante con varias de las políticas que impulsaba Mora.

Durante su gestión, Mora anunció la implementación de las pruebas FARO que dan un giro radical a 30 años de evaluación educativa. (Foto: Katya Alvarado).

¿Cómo escribiría usted en su diario las razones de su salida del Gobierno?

-Yo salgo del MEP casualmente para que después de mi salida, que fue solicitada por diversos grupos en protesta, se pudiera abrir una avenida de diálogo que permita comprobar o no una hipótesis: aquellos que están interesados en mi salida no tendrán excusa para no colocarse en defensa de los principios fundamentales del país.

¿Lo que ha pasado después le confirma la hipótesis?

-Es una hipótesis que requiere más tiempo que los pocos días que han pasado para ser comprobada; sin embargo, veo ingentes esfuerzos del señor Presidente de la República para reestructurar una base de diálogo nacional y una participación mucho más tranquila, y calma de otros sectores que mostraron agitación en las semanas anteriores.

Si su salida representaba abrir espacios, significa que su presencia implicaba un obstáculo para el diálogo. ¿Por qué?

-Yo no tengo todos los elementos para poder contribuir con esa respuesta y los que tengo están permeados por mi subjetividad, pero a mí me parece que un factor determinante es haber mostrado mi verdadera forma de ser y mi cuadro de creencias. Eso puede haber conducido a una parte de quienes protestaban a pensar o resentir de algún modo unos gestos de libertad que posiblemente son ofensivos para algunas personas, sin ser gestos que afecten la decencia pública ni mucho menos; es decir, son gestos de una persona que se muestra normalmente como es.

Dos días después, el Presidente hace una visita a la Conferencia Episcopal y vemos una posición ciertamente distinta a la que se había visto en otros momentos. ¿Tiene algo que ver?

-A mí me parece que todo lo que emerge y revienta en una crisis o momento crítico, como el de la semana pasada, tiene algún vínculo con algo, pero no se me puede pedir a mi una visión objetiva de lo que sucedió.

Pero habiendo estado ahí, tiene usted más información que cualquier ciudadano que vio las noticias por la televisión.

-Lo que yo pienso y percibo es que el señor Presidente de la República está buscando vías de comunicación y diálogo, y esta visita a la Conferencia Episcopal no deja de ser llamativa e interesante si se considera que la propia iglesia Católica se había colocado en una posición de actor, de jugador, muy recientemente a favor de los grupos sindicales y en contra del Gobierno, solicitando una serie de condiciones para el país que fueron explicadas en un acto público con presencia de autoridades eclesiales y de estos grupos sociales. Este tránsito de la iglesia Católica de ser un jugador activo y de pronto aparecer con uniforme de árbitro o moderador, abre la posibilidad de entender que hay un enroque.

¿Sabe si la Iglesia Católica tiene algo que ver con su salida?

-Yo sé que la Iglesia Católica tiene siempre especial interés en el Ministerio de Educación Pública; ha sido notorio a lo largo de la historia del país. Ellos -apenas una semana después de haber iniciado yo funciones como ministro de Educación- me hicieron saber a través del arzobispo su interés de que se contratara por inopia a miembros de sus pastorales. Esto también planteaba un problema serio. ¿Cuál es la distinción entre un miembro de una pastoral católica y un pastor evangélico? Era difícil distinguirlos, pero recuerdo que en ese momento el arzobispo (José Rafael Quirós) mencionó la posibilidad de que ellos podían tomar un acuerdo para tomar un tipo de pauta al respecto. Yo por supuesto no creo que ese fuera el camino adecuado.

Leonardo Garnier, con un pensamiento similar al suyo, logró estar en el MEP ocho años y usted apenas llegó a uno. ¿Puede pensarse que una diferencia era la fortaleza relativa de un Gobierno para poder sostener a un ministro que piense así?

-Evidentemente, la imposibilidad de continuar este cierre de caminos sucede porque al Gobierno mismo se le van apagando las luces respecto de la posibilidad de que yo continúe en el Ministerio de Educación. Deja de haber una posibilidad de continuar adelante sin que eso implique una dificultad de diálogo con algunos sectores que bien reclaman ser una parte activa del diálogo o bien ofrecen una mediación oportuna para el diálogo por venir.

Más allá de lo que usted representa en términos de progresismo, ¿hubo un conflicto interno en el Gobierno que debilitara las posibilidades de cumplir sus proyectos en el MEP?

-El proyecto educativo de este gobierno es un proyecto robusto hasta el día de hoy, con metas cumplidas y proyectos muy firmes, de alta prioridad para el señor Presidente. Por ejemplo, la evaluación docente, los cambios radicales en la evaluación de los estudiantes, la propuesta que estaba a punto de ser anunciada sobre educación para adultos. También hay una máxima dentro de la administración pública y la gobernanza que dice que en la vida pública lo que no está en el presupuesto no existe. Entonces es importante tener en cuenta que el presupuesto de cada una de las instituciones es una versión numérica de su plan de trabajo. Evidentemente yo dejé un plan de trabajo con mucha puntualidad, pertinencia y ambición de metas; ahora hay que traducir eso en una congruencia con el presupuesto de la República.

¿Quién lo va a defender?

-El Presidente de la República, como lo ha hecho desde la campaña, en la toma de posesión, antes y después de la huelga y lo afirmó en su primer informe a la nación, el 2 de mayo.

¿A pesar de la diversidad que contiene el gabinete?

-Siempre ha sido un bastión de su propuesta.

¿No cree que tiene la última palabra el Ministerio de Hacienda?

-Bueno, el Presidente de la República tiene siempre la última palabra. Es la forma en que está estructurado el Estado. Es quien decide de manera definitiva, en la medida de sus posibilidades, que son diversas según el momento.

‘Yo sé que la Iglesia Católica tiene siempre especial interés en el Ministerio de Educación Pública; ha sido notorio a lo largo de la historia del país. Ellos -apenas una semana después de haber iniciado yo funciones como ministro de Educación- me hicieron saber a través del arzobispo su interés de que se contratara por inopia a miembros de sus pastorales”.

Edgar Mora Exministro de educación

EQUILIBRIOS Y TENSIONES

Si es un proyecto de gobierno no debería depender solamente del ministro del sector y del Presidente, sino que todo el equipo debería estar en esa sintonía, ¿no?

-Una de las cosas que hace difícil la gestión en el escenario actual es la necesidad del Gobierno de dedicar buena parte de su esfuerzo a la situación fiscal, que lo ha absorbido. Tiene más prevalencia que otros. He visto al Presidente esforzarse por generar equilibrios entre sectores y entre ministerios. En el Consejo de Gobierno el puesto del jerarca de Hacienda está junto al de Educación y eso es significativo. Esa relación se pretende armoniosa, pero no deja de tener dificultades, sobre todo en momentos de crisis. A veces hay acople y a veces tensión.

Pero más allá de las tareas, ¿hay una visión común de defender la educación pública como columna fundamental del país?

-Este es un momento particular con tensiones presupuestarias importantes y me da la impresión de que la defensa práctica de la educación ha recaído más en disposiciones conjuntas entre el MEP y la Casa Presidencial que en otros actores.

¿Está diciendo que ha habido un pulso natural?

-Es normal en un gobierno con dificultades presupuestarias serias, pero que a pesar de las restricciones impuestas por Hacienda sí ha crecido en plazas y los límites no han sido de la misma magnitud.

¿Entendían esto los sindicatos?

-Las discusiones con los sindicatos nunca fueron profundas sobre la educación. Esta relación está atrapada en un ámbito muy corto en el plano laboral. Los sindicatos no son contraparte en la discusión sobre el modelo educativo y más bien a veces bajan la discusión sobre si debe haber drones para uso en colegios agrícolas. Lo normal es que el sindicato sea un gestor de condiciones laborales y eso no se agota por una ley o una sentencia judicial.

¿Es cierto que usted no se relacionó con los sindicatos?

-No. El Ministerio siempre se mantuvo conversando con ellos. Creo que a esta altura también hay que valorar que el año fue muy agitado y convulso y esto generó distintas circunstancias en distintos momentos. La primera dificultad que se tuvo con los sindicatos fue la reacción de ellos al hecho de que yo hubiese mostrado mucho interés de conversar con los maestros y profesores (directamente), incluso abriendo mecanismos virtuales. Igual recuerdo la sorpresa de ellos de poder entrar al despacho del ministro y ser recibidos en mi oficina. En general yo daría como respuesta las distintas situaciones que se presentaron durante un año y algo más. Esas relaciones normalmente son dinámicas y, en el caso del Ministerio de Educación Pública, en el año y dos meses que yo estuve ahí, estuvieron determinados por conflictos que más pertenecían a la política nacional que a la gestión propiamente del Ministerio de Educación, aunque por supuesto siempre había asuntos internos. Todos ellos fueron abordados a tiempo. Por supuesto que la huelga fue determinante en esa relación, porque con la huelga se abrieron vías de conflicto y algunas de ellas no se cerraron después.

Ahora mencionaba lo de los drones. ¿Sirve como ejemplo para ver problemas que tuvo usted en la comunicación?

-Lo que creo es que vivimos tiempos de dicotomía entre las posibilidades de la comunicación formal y la informal. Si yo envío una directriz por los correos formales, solo la lee el 15% de los funcionarios. Algunos de ellos interpretan lo que dice la directriz y lo trasladan a un comentario en WhatsApp y a partir de ahí lo que dice la directriz es lo que dicen que dice en el WhatsApp, que a su vez es reinterpretado múltiples veces. Esta cadena está sobrepasando a los medios formales oficiales. También es más difícil cuando hay prejuicios, como los ha habido sobre mi vida y sobre quién soy yo. Una impermeabilidad al dato real por creencias o intereses personales.

Estas dinámicas tan actuales son sabidas. ¿Lo descubrió usted esto siendo ministro?

-Es que detrás de todo esto hay una gestión política que lo aprovecha. Grupos interesados en tomar poder mediante formas anónimas o no en la informalidad.

Bien, hay una gestión política de ese lado o esos lados. ¿No es esperable que haya una gestión política del lado en el que usted estuvo?

-Debería haberla, pero es difícil enfrentarlo desde lo oficial. Enfrentar las redes sociales es un determinante de la época aquí y en todo el mundo.

Lo que usted dice es que la misma suerte que la suya tendrá quien lo sustituya a cargo del Ministerio de Educación.

-Quien llegue tendrá dificultades extraordinarias para la gestión del programa de Educación que está en el Plan Nacional de Desarrollo.

¿Ve a alguien dispuesto a defender el proyecto en estas condiciones?

-Confío en que haya quien lo haga y mucho mejor que yo. Contará con el Presidente como el principal defensor del proceso educativo, porque su convicción no me hace dudar. Por eso puedo sobrellevar volver a mi condición de ciudadano y apoyar desde aquí todo lo que pueda hacer por el diálogo y por el proyecto educativo.

El exjerarca asegura que el derecho constitucional no debería ser entrar a la escuela, sino salir con frutos del sistema educativo. (Foto: Katya Alvarado).

UN SISTEMA QUE PROMUEVE LA DESIGUALDAD

Habiendo pasado por el MEP, ¿coincide usted con la idea mítica de que este es un país convencido del papel fundamental de la educación pública universal como camino para el desarrollo?

-Primero volvamos a lo que pasó hace 161 años con una ley que hacía la educación obligatoria para niños de 7 a 12 años y de todas las clases sociales. Después se integraría a la Constitución con cuatro factores: obligatoria, inclusiva, gratuita y costeada por el Estado. Era sobre todo una propuesta de cómo estructurar la sociedad, era una columna vertebral en lo político, pero se seguía adelante con un modelo regido por el principio de “la letra sin sangre no entra”. Fue una educación planteada para estratificar a la sociedad entre unos que conseguían éxito y otros que no. Se le decía a todos que el derecho universal es para entrar al sistema, no para salir con los frutos. Esto nos acompañó por muchos años hasta hace poco, que se quiso transformar para que la sociedad entera recoja el valor de cada individuo que pase por el sistema.

Con una gran resistencia.

-Sí hay dificultades, porque es trabajoso impulsar un nueva currícula si no se cambia el modelo de evaluación, porque a final de cuentas es la evaluación la que todos perseguimos, la idea popular de estudiar para sacar una nota examen. Entonces cambiar el modelo de evaluación es una propuesta que yo defendí mientras estuve en el MEP y estoy seguro que seguirá adelante. Así surgen las pruebas FARO en sustitución del viejo bachillerato que castigaba al que quedaba debajo de una línea, una nota, congelado para el resto de su vida.

Eso generó mucha discusión y conflicto. Por eso le pregunto si es generalizado el compromiso romántico nacional sobre la educación de calidad.

-Ya he dicho que la educación aquí es un derecho constitucional, pero ha sido la matriz de la desigualdad en el país. De 1980 a la fecha hemos dejado atrás a dos millones de personas que entraron al sistema y que este artefacto de movilidad social los dejó a mitad del camino.

Eso no se cambia de la noche a la mañana, ni de una década a otra.

-Es difícil, pero es necesario, diría que urgente. Solo tenemos dos recursos reales en este país: el paisaje natural y el paisaje educativo. Hay países que lo hacen bien, sin dejar a nadie atrás, abriendo puertas hacia la democratización económica de la sociedad.

¿No son las universidades las que logran esto último?

-No, eso no es problema de las universidades. Durante todo el siglo XX entendimos la educación como un artefacto de movilidad social, sí, pero elitista, porque se promovía la idea de que el único camino para las oportunidades económicas era entrar a la universidad. Defenderé siempre las universidades, pero no son parte de la educación universal, sino que es selectiva por definición, lo cual no está mal. La sociedad le dio a la educación superior el monopolio de la formalización y eso no ha contribuido a las universidades ni al resto de la educación.

¿Graduarse de la secundaria debería bastar para acceder a las oportunidades económicas?

-Es que hay profesiones que se podrían formar en el proceso de educación universal. Por ejemplo, yo en el MEP no podría contratar como profesor a un especialista graduado de un colegio técnico del MEP, en refrigeración por ejemplo, donde hay mucha demanda. No, tengo que esperar a que alguien se haga ingeniero en una universidad, pero ya después no querrá venir al MEP a trabajar.

¿Es como que el sistema educativo no cree en el propio sistema?

-Es que no cree. Es un descalce. La secundaria ha funcionado como una plataforma para que la gente vaya a la universidad. ¿Y qué pasa con los que no van? Después hay presión a las universidades para que reciba a todo el mundo y tampoco eso es posible, porque las universidades tiene características que no son propias de un sistema universal, que es el que debe procurar todas las vías posibles para un acceso franco a la economía. Eso no ha sido así en los últimos 150 años.

Ni lo será en los próximos 150, a juzgar por lo que vemos.

-Porque tenemos una sociedad partida. Los resultados de la educación son la cara menos amable de la educación costarricense. Tenemos un millón de niños y adolescentes en las aulas y cada uno de ellos tiene dos personas muy cercanas, muchos padre y madre, que no acabaron el proceso educativo y que enfrentaron luego dificultades económicas y psicológicas, en muchos casos severas, que a veces se atenúan porque el Estado ha prestado más atención a sus hijos. Esas personas rezagadas tienen fuerza y habilidades, pero están estancadas, y dicen a sus hijos “yo aquí me quedo, pero sigan ustedes”. Ese sacrificio se explica por un modelo que ha estado diseñado para excluir y crear una sociedad donde unos tienen éxito y otros no. Aquí hay dos millones ahí atrapados y dos millones que nos hemos promocionado. Esa es la fractura. Por eso digo que sostenemos  la educación como parte del discurso cuando hablamos de equidad, pero puede que estemos yendo en la dirección contraria, y yo lo creo.

¿Dónde se puede ver eso?

-Se ha abierto una gran distancia entre nosotros y ellos y casi un antagonismo. Por ejemplo, una diputada propuso crear un colegio de profesionales en estética y los primeros que reaccionan con burla son quienes están colegiados. Entonces la crítica no era a la colegiatura, sino a considerar el estilismo como una profesión. Bueno, yo creo que un buen estilista es un profesional, le concedo un rango profesional, aunque no estoy de acuerdo con la barrera de la colegiatura. Igual en programación de computadoras o en periodismo.

Pero también hay un desprecio al conocimiento generado en las universidades y al que poseen quienes ahí estudiaron.

-Es que hay un ataque constante a la ciencia en la sociedad, se demoniza, y entonces se forma un espejo perverso. También de este mismo grupo de diputados surgen propuestas que pretenden obligar a las universidades a poner sedes donde ellos decidan, sin considerar que las universidades tienen otro propósito. Si se quiere fortalecer la educación en esas regiones, se debe fortalecer el sistema universal del MEP con mejores talleres, más recursos, más y mejores profesores, para que los estudiantes se puedan profesionalizar en distintas áreas.

Este grupo político, de bandera religiosa, fue uno de los factores en su vida como ministro y en su fin en ese cargo. ¿Ve posibilidad de que el Gobierno se entienda con esos diputados, con el excandidato o con los líderes religiosos?

-Sí, urge un punto común en el futuro que interese a la partes, con un futuro común a pesar de ser una sociedad fragmentada por las oportunidades educativas y laborales. Es que el derecho constitucional no debería ser entrar a la escuela, sino salir con los frutos. No podemos darnos por satisfechos con ver a los chicos ponerse un uniforme. Debemos entender que se trata de crear oportunidades para todos, porque nos necesitamos todos, con una noción mínimamente común sobre la libertad y sobre la libertad del otro, en un marco de referencia que son los derechos humanos.

Usted dice “dialogar y trabajar juntos”, pero quienes sí lograron hacerlo en este mes fueron las fuerzas sindicales con los grupos políticos y religiosos.

-Es que todos tenemos la habilidad innata de la cooperación. Incluso si ellos urdieron un plan para excluirme del Gobierno, como lo fue, se dio porque entre ellos colaboraron. Yo también puedo cooperar de manera constante en una visión de mundo. El problema es que solo cooperamos dentro de nuestro grupo de referencia sin saber que también con el otro grupo hay posibilidad de colaborar. Lo más importante es definir cómo colaborar de manera cruzada entre grupos, entre la Costa Rica dinámica y la rezagada, según lo que extraigo de mi paso por el Gobierno.

¿Piensa igual ahora que antes de conocer por dentro al sistema educativo?

-Esto es una paradoja, porque de manera coincidente a mis señalamientos sobre la brecha originada en la educación es que caigo yo. Sigue siendo una educación que castiga a la persona que regresa, que niega las habilidades del adulto obtenidas fuera del sistema. Se pretende devolver a la persona al grado del que se fue y así no podemos recuperar a nadie. Por eso la gente de más de 35 años deja de insistir, rompe la ilusión y pasa a ser una persona que más bien desprecia al sistema educativo.

¿Cómo le contestaría a un chico de cuarto grado de un escuela que le pregunte por qué usted se fue?

(Piensa 25 segundos) Caray…

¿La tienen difícil los maestros?

-(Piensa 25 segundos más) Yo le diría: me fue fui porque quienes pidieron que me fuera prometieron que iban a impulsar tu proceso como un escenario de paz y de progreso. Es decir, me fui creyendo que otros pueden cumplir un compromiso que manifestaron tener.

¿Van a impulsar otros lo que usted impulsaba?

-Bueno, también le diría que permanece la persona que frente a mis ojos ha tenido el mayor de los compromisos con la educación, que es el señor presidente de la República.

Su amigo.

-¡Mi amigo!

¿Tan amigo como antes?

-Yo no me fui sin un abrazo suyo ni con resentimiento. Me fui devolviendo a mi amigo el mandato que él me dio, convencido de que a él debemos ayudarle. No me aterroriza cumplir mi papel como ciudadano.



Educadora toma riendas del MEP

Una semana después de la salida del exministro Edgar Mora del Ministerio de Educación Pública (MEP), el presidente de la República, Carlos Alvarado, decidió designar en su lugar a la experimentada educadora Giselle Cruz Maduro.

La nueva jerarca tiene una trayectoria de 30 años en el MEP, donde ha ocupado distintos puestos: desde maestra de primaria hasta viceministra de Educación.

“Doña Giselle es una educadora de amplísima trayectoria el campo educativo. Tiene más de 30 años de experiencia, iniciando desde la educación primaria pero con una carrera en ascenso, con experiencia en materia de evaluación, curricular, experiencia en el Consejo Superior de Educación, asesorando en el Ministerio de Educación y siendo viceministra”, destacó el presidente de la República, Carlos Alvarado, tras anunciar la designación de Cruz.

La ministra continuará la hoja de ruta del Gobierno, teniendo como norte tres prioridades: fortalecimiento del cuerpo docente y atención a las personas excluidas del sistema educativo, digitalización e infraestructura educativa.

“Como educadora manifiesto total confianza en el cuerpo docente. Sé que en horas decisivas para el país es capaz de responder con los más altos valores de la educación costarricense y que, como ha sido siempre, seguirá conduciendo desde las aulas a la niñez y a la juventud, con responsabilidad y sabiduría”, señaló la nueva ministra.


 


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