Opinión

Alianzas para la conservación: ¿Por qué no?

Cuando hablamos de reducción de impactos del cambio climático, la primera idea que tenemos posiblemente es la conservación de los bosques

Cuando hablamos de reducción de impactos del cambio climático, la primera idea que tenemos posiblemente es la conservación de los bosques y la fijación de carbono. Pero cuando tratamos acciones dirigidas a los ecosistemas de humedal, el cambio climático tal vez no sea la idea que nos domine; pero esto debe cambiar.

Según el IPCC[i] , en su Quinto Informe de Evaluación, cita con un nivel de confianza muy alto que los impactos de los recientes fenómenos extremos conexos al clima, como olas de calor, sequías, inundaciones, ciclones e incendios forestales, ponen de relieve una importante vulnerabilidad y exposición de algunos ecosistemas y muchos sistemas humanos a la actual variabilidad climática. Entre los impactos de esos fenómenos extremos conexos al clima, figuran la alteración de ecosistemas, la desorganización de la producción de alimentos y el suministro de agua, daños a la infraestructura y los asentamientos, morbilidad y mortalidad, y consecuencias para la salud mental y el bienestar humano.

Los sistemas costeros, entre ellos los manglares; los sistemas marinos, como los arrecifes de coral y los recursos de agua dulce como las turberas, enlistan los ecosistemas con mayor vulnerabilidad ante el cambio climático por variables climáticas; y para Costa Rica la situación no es diferente.

En el caso de las turberas, encontramos estos humedales de altura en la Cordillera de Talamanca; entre el Parque Nacional Chirripó, la Reserva Forestal Los Santos y Parque Nacional Tapantí-Macizo de la Muerte; todas estas áreas silvestres protegidas que cumplen una función como sitios de recarga acuífera, donde estos reservorios proveen la cantidad y la calidad de agua necesaria para ser captada y traslada hasta la planta de tratamiento ubicada en Tres Ríos y así, abastecer a más de 1.500.000 de habitantes de la Gran Área Metropolitana. Así que solo basta imaginar el impacto que ocasionaría la reducción espacial de estos ecosistemas, su degradación ecológica y la cuota de liberación de carbono a la atmosfera después de haber acumulado materia orgánica compactada y mineralizada atrapando también el carbono orgánico por cientos de años. Sin duda, la función de estas áreas silvestres protegidas  no podría estar mejor fundamentada.

Los arrecifes de coral y los manglares cumplen una función de retención de oleaje, minimizando la erosión en las costas del país, evitando pérdidas de áreas de playa, sitios de anidación de tortugas y minimizando los riesgos de inundaciones; impactos que  suceden con mayor frecuencia en el Refugio Nacional de Vida Silvestre Gandoca Manzanillo también declarado sitio Ramsar desde el año 1995.

La pérdida de manglares en el territorio ha sido una realidad; áreas silvestres protegidas como el Humedal Estero de Puntarenas, Humedal Nacional Térraba Sierpe, Humedal Estero de Puerto Soley y otros, han sumado la cuota de degradación de estos ecosistemas, significando una pérdida de los servicios ecosistémicos que proveen y por ende la capacidad de absorber las alteración sin perder ni su estructura básica o sus modos de funcionamiento, ni su capacidad de auto-organización, ni su capacidad de adaptación al estrés y al cambio.

En un período de 34 años, los manglares en el país se han reducido cerca de un 42% con relación a la extensión de 1979, así lo publica el informe del Estado de la Nación para el año 2014;  los manglares pasaron de 64.452 ha en 1979, a 51.361 ha en 1992 (Sinac-Minae, 1999) y en el 2013 se reporta una remanencia del ecosistema de 37.420 ha (Sinac, 2014).

Los páramos pasaron de 13.500 ha en 1992 a 10.000 ha en 2013, significando que la gestión para la conservación de ecosistemas prioritarios no se desenvuelve en su mejor nivel y esto puede tener una relación con la carencia de una sistematización y monitoreo sobre el estado de la biodiversidad y sus amenazas.

Durante el año 2014, el proyecto “Adaptación del Sector Biodiversidad al Cambio Climático” financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y ejecutado por el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) y la Dirección de Cambio Climático,  desarrollaron la investigación “Actualización y rediseño de dos medidas de conservación para la adaptación del sector biodiversidad ante el cambio climático”; los resultados obtenidos muestran una propuesta de aumento de 151.000 hectáreas, para los sistemas terrestres y de  8.000 hectáreas para aguas continentales, a los sitios de importancia para la conservación propuestos en el 2007; con el fin de mantener muestras representativas de la biodiversidad bajo escenarios de cambio climático. En el caso del sistema marino-costero, se propuso nuevas áreas de protección del territorio costero tierra adentro, principalmente en aquellas zonas con potencial de albergar humedales. Entonces, por un lado se cuantifica la pérdida incontrolada de ecosistemas de humedal y por otro se identifica la necesidad de aumentar la cobertura de estos ecosistemas; en definitiva la matemática no está calzando.

El índice de Vulnerabilidad al cambio climático para América Latina y el Caribe[ii] posiciona a Costa Rica en el puesto 26 de 33 en una categoría de vulnerabilidad baja, aunque  Costa Rica también se clasifica como ‘riesgo alto’ en el Índice de Sensibilidad y, además, se encuentra en la posición 14 de riesgo de exposición más elevado para toda la región de ALC (3,70 alto). Sin embargo, esa posición se equilibra con las buenas perspectivas de adaptación, ya que Costa Rica ocupa la posición treinta en el Índice de Capacidad Adaptativa. Estos resultados no deberían darnos tranquilidad, por el contrario, el análisis de riesgo de exposición elevada ante los impactos del cambio climático, nos inducen a contar con la ejecución puntual de medidas de adaptación nacionales y un enfoque viable resulta ser la adaptación basada en ecosistemas, utilizando los beneficios ambientales que ya de por sí brindan los humedales.

Esta debe ser una oportunidad para un país líder en propuestas innovadoras de conservación, donde todos los sectores identifiquen, ¿por qué no?, un beneficio particular para su actividad, sea esta privada, pública, académica, o comunal, donde se construyan alianzas para operativizar una primera medida de adaptación al cambio climático futuro, que consista en reducir la vulnerabilidad y exposición a la variabilidad climática actual. Definitivamente todos ganamos y ahora sí, se puede pensar en humedales saludables y cambio climático.

[i] Panel Intergubernamental de Cambio Climático

[ii] Banco de Desarrollo de América Latina, 2014.

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